miércoles, 1 de febrero de 2012

Paño Verde (1955), Roger Pla

P A Ñ O    V E R D E,  R O G E R          P L A

BIBLIOTECA DE
NOVELISTAS ARGENTINOS
E d i t o r i a l Ámbar S. R.L. — B u e n o s Aires
E D I T O R I A L Á M B A R S . R . L .
 e d i c i o n e s  d e l INSTITUTO AMIGOS DEL LIBRO ARGENTINO
Portada de José León Bustelo
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene la ley.
Copyright by Editorial Ámbar S. R. L. - 1955.



Saliendo del recinto de
la ciudad, todo cambia de
aspecto...
SARMIENTO, "Facundo".
PROLOGO - EPILOGO
Creo necesario advertir
al lector que los personajes y los hechos
que figuran en esta novela son, en el fondo,
absolutamente verídicos. Es claro que no me
he limitado a relatarlos, pues mi objeto fue
reconstruirlos imaginativamente, al menos en
las partes más esenciales que, en su tiempo,
los compusieron personajes, ambientes,
situaciones, trasfondos psicológicos, todo
ello con el muy limitado y modesto propósito
quisiera dejar esto claramente asentado
de intentar tan sólo un simple brochazo
de caracteres típicos y de color local.
No estoy muy seguro de haberlo conseguido,
pero sobre esto deberá juzgar el lector.
Lo que aquí quiero señalar es que el café
de Ambrosio existió, como así también el
"corralón" de los Acuña, donde, cuando Miguel
era aún adolescente, se construyó un cinematógrafo.
Este cinematógrafo todavía exis-
9
te, aunque muy cambiado. Lo mismo ocurre
con el café de Ambrosio, en realidad, pero
no se llama ya "El Mayoral" ni el edificio en
que estuvo primitivamente emplazado consta
ya de una sola planta. Hoy han edificado varios
pisos sobre él, y la misma avenida que
recorriera Acuña tantas veces se ha convertido
en un cuidado bulevar. Todo ha cambiado,
por cierto, en los años que han transcurrido
desde que las siniestras hazañas de El Púa
y Bocanegra conmovieran a nuestra ciudad.
A este respecto, creo que en la mente perturbada
y sin embargo extrañamente lúcida de
Acuña, germinaba un tipo especial de delincuente
que es esencialmente nuestro, un tipo
de "hombre bravo" que tiene sin duda sus
antepasados en la psicología de un Juan Moreira,
de un Hormiga Negra, o, aún, de un
Santos Pérez; y en cuya agresividad antisocial
debe verse no tanto el producto de una
brutalidad temperamental o de una codicia
desenfrenada, sino más bien la forma elemental
de una negativa rotunda a aceptar un cambio
social e histórico ante el que este sujeto
se siente y quiere sentirse, probablemente
inadaptado. Los oíros motivos de rencor,
de venganza personal —el asesinato del padre
10
de Acuña, por ejemplo—, no son más que factores
subsidiarios, en todo caso desencadenantes,
pero no esenciales. Lo esencial parece
ser esta obstinada negativa a aceptar un cambio
histórico y por lo tanto inapelable—,
que amenaza con reemplazar un estilo de vida
por otro que, en este caso, el desplazado se
niega a admitir. Pero así como en Don Quijote,
por ejemplo, el mismo fenómeno se sublima,
en su época, en la maravilla de un ensueño
bello y generoso hecho acción, en estos
resentidos y enérgicos fanáticos sólo puede
exteriorizarse en la obscura negatividad del
crimen, en la sórdida vehemencia del mal. Si
hoy resucitara Juan Moreira, sin duda cambiaría
también al fin su cuchillo por la pistola,
y como Acuña arrojaría, en un momento
dado, su puñal a una zanja.
Mientras tanto, ya hemos dicho que el tiempo
ha seguido su obra. No debe buscarse hoy
el altillo pintado de rojo: ha desaparecido.
Buena parte de esas zonas del sudoeste de
Buenos Aires, que en el plano se veían hasta
hace poco pintadas de verde, están urbanizadas.
Aun aquel zanjón, al que Acuña arrojó
una noche el cuchillo heredado de su padre,
ha quedado cubierto por un piso de piedra.
11
Pero también es cierto que entre las junturas
de estas piedras, como ocurre en tantas calles
y avenidas de nuestro arrabal, sigue creciendo
todavía hoy el indomable pasto, ese pasto
que no es otra cosa que el yuyo salvaje de la
pampa. Y cuyas raíces envuelven quizás, en
este sitio, la empuñadura y la hoja del cuchillo
enterrado...
12



I
Miguel Acuña empezó
a descender la escalerilla, de modo que a
sus espaldas los peldaños rojos fueron subiendo
rítmicamente hasta disolverse al fin en la
plataforma horizontal, donde el altillo erguía
su extraña arquitectura de madera. Era un
ritmo que reproducía en realidad el andar de
este hombre alto, delgado, de hombros anchos,
rostro triangular y moreno de frente recta,
bajo la que brillaban unos ojos singularmente
inmóviles, que no parpadeaban casi nunca.
—Buenas noches, Miguel.
—Buenas, Acuña.
Los saludos le llegaban con un retintín deferente,
especie de tácito homenaje que era
una atmósfera habitual en torno suyo, y que
no estaba exento de cierta inflexión de temor.
Contestó con algunos gruñidos, sintiendo que
le miraban, como siempre, el traje flamante,
la corbata de seda, y avanzó hacia la puerta
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haciendo crujir bajo la suela de sus zapatos,
recién lustrados, los granos de las glicinas
que caían en una pausada lluvia de gotas azules
desde la enredadera que techaba el patio.
Los cuartos de inquilinato, también de madera
pintada y alineados a los flancos del patio
de ladrillos, cesaban en la parte anterior de
la casa donde el corredor, cubierto por un parral
de uva diminuta, remataba en una puerta
de hierro que tenía un dintel en forma de dos
eses acostadas. Marta, a la que también llamaban
Chola, estaba en esa puerta, ahora en la
verdosa penumbra de una noche de luna, esperando.
Apretó las espaldas contra el pilar,
irguió el mentón, y miró a Acuña que pasaba
a su lado, rozándola.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas —contestó Acuña, y siguió de largo,
indiferente y a la vez ignorante del modo
en que a sus espaldas la muchacha se quedaba
mordiéndose los labios. Tenía otras cosas en
qué pensar, esta noche, que era una noche a
la que había esperado durante largo tiempo,
con una paciencia reconcentrada y salvaje:
Podía pensar, por ejemplo, en el sobre que
había dejado en su altillo, bajo la almohada,
y en cuya cara exterior había escrito con
grandes letras de imprenta: "Para entregar
a Ambrosio, si me matan".
En la calle de tierra, el verano mezclaba
sus miasmas y sus perfumes, revolviéndolos
en una atmósfera donde la luz lunar parecía
brotar de la misma quietud de las cosas. Un
zanjón profundo, en el que sobrenadaba una
verde natilla gelatinosa, corría junto a la angosta
acera de ladrillos rojos arrojando su
adormecido aliento a podrido y a jalea, que
parecía acentuarse, espesándose, al pasar bajo
los puentecillos de madera que lo cruzaban
de cuando en cuando y en cuyos márgenes
asomaban los espinosos nervios de los cardos,
disolviendo ahora la agresiva belleza de sus
flores rojas en la misma penumbra lunar donde
también iniciaban su sueño las manzanillas,
la pequeña flor de los abrojos, o las margaritas
silvestres. Y a medida que la noche de
arrabal se fue perdiendo a sus espaldas, en el
descampado, Acuña sintió como otras veces
que desde allí parecía llegarle una especie de
clamor remoto pero insistente. Vibraba en el
croar de las ranas y el canto de los grillos;
se agitaba en el aire verde y caliente de verano;
soplaba desde la luna mansa y enorme,
y estaba también hecho de olor a glicinas y
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madreselvas en la noche, de parpadeos de estrellas,
de charcos de agua iluminándose de
pronto como espejos rotos. Pero ahora este
clamor parecía arañarle las espaldas, perseguirlo,
alargar una mano hasta su hombro y
detenerse allí, sujetándolo. Hizo un movimiento
rápido, como si la mano estuviera
realmente en su hombro, y saltó sobre un
puentecillo de tablas. En seguida marchó por
otra calle de tierra, mirando brillar a lo lejos
las luces de la avenida, donde daba comienzo
el empedrado. Allí, formando ochava en una
esquina, estaba su bar, es decir, el viejo café
de Ambrosio. En ese café había un billar, que
era como suyo, desde la adolescencia, y un
taco en cuyo mango estaba grabado su nombre,
a punta de cuchillo. Hasta ese bar llegaba
a veces, de muchacho, descolgándose
por los techos, que conocía como la palma de
la mano, cuando por algún motivo huía del
corralón de su padre, situado a mitad de cuadra,
saltando a la azotea del galpón vecino y
de allí a los techos de las casas próximas, para
dejarse caer, al fin, en el patiecito interior
del café de Ambrosio, donde el viejo estaba
siempre dispuesto a protegerlo. Catorce años,
más o menos, y con un cuchillito ya molestán-
dolé el vientre bajo la faja, cuando no era
dueño todavía del facón criollo que más tarde
heredaría de su padre. Ese facón que hoy,
por excepción, —pues hacía meses ya que lo
tenía guardado—, se había puesto debajo del
chaleco, ajustado por el cinturón.

---

—¡Cómo se construye! ¿Viste? Casas nuevas.
En la puerta del café, Marcial Juárez miraba
alternativamente una casa contigua en
construcción y el alfiler de corbata de su
primo Acuña.
—Ahá, casas nuevas —dijo Acuña, y escu
pió—. Vos trabajas ahí, creo —añadió, mi-
rando el fuego de su cigarrillo.
Marcial lo observó un instante, como si dudara
entre responder o quedarse callado.
—Sí —contestó al fin. Y de pronto: —Podríamos
hacer un billar— dijo, señalando hacia
adentro. Pero Acuña movió la cabeza, en
un gesto rápido.
—No. Voy a jugar solo.
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La "casa nueva" le había hecho pensar en
la obra en construcción donde estaba de sereno
el italiano Folco. Allí lo esperaban, dentro
de dos horas. Le pareció ver de nuevo el
rostro achinado de Galíndez, su sonrisa burlona:
"Dice El Cafre que a las once. Obedece
o cuídate".
Marcial seguía mirándolo. Pero Acuña no
lo veía. Estaba como siempre con su mirada
inmóvil, como si tuviera los ojos volcados para
adentro. Marcial se encogió de hombros,
de repente, y escupió como lo había hecho antes
el mismo Acuña.
—Por mí podes jugar hasta morirte —dijo.
Y añadió, alejándose: —Solo.
Acuña levantó los ojos. Sobre la avenida,
recién empedrada, la luz del farol proyectaba
la sombra de las altas piernas de Marcial,
desplazándose como un compás en movimiento.
"Paciencia", murmuró usando una palabra
que resumía toda su posible filosofía, y volvió
el rostro hacia la izquierda porque en ese
instante, a mitad de cuadra, empezó a vibrar
el timbre del cinematógrafo, que llamaba a
la función nocturna. Entonces pensó en ese
cine, donde antes estuviera instalada la caballeriza,
el "corralón", corno se le llama, que
18
fuera de su padre. Podía imaginarlo, con la
estructura casi intacta del antiguo galpón.
Traspuso el umbral del café, recordando vagamente
la muerte de su padre, frente a ese
mismo cine donde ahora chillaba un timbre
desafinando. Hacía de esto mucho tiempo. En
ese galpón había ido don Pedro Acuña, su
padre, a anclar, como quien dice, su vejez de
gaucho fracasado. Como este mismo Ambrosio,
por otra parte, que ahora estaba mirándolo
desde el mostrador, el único amigo de su
padre, además, que quedaba vivo. Para ese
tiempo también Ambrosio había puesto este
café que conservaba su antiguo nombre: "El
Mayoral". La muerte de su padre: delante de
ese corralón ahora pintarrajeado y cubierto
de cartelones de colores, convertido en cine,
haciendo frente con su viejo facón criollo a
dos tipos armados de revólver. Y había caído,
acribillado a balazos, porque, como decía Ambrosio,
"no había querido transar con el revólver".
—Qué tal. Buscas tu billar, imagino.
Ambrosio estaba mirándolo, con su redondo
rostro carnoso en el que brillaban gotas de
sudor, su pelo blanco casi al rape, duro como
un cepillo. Le hablaba con ese tono resentido,
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esa mirada de reto que tenía para él desde
que cambiara de ropa, y con la que ahora escudriñaba
su traje de sarga azul, a la última
moda, su cuello planchado y su corbata de
seda, el clavel en la solapa. Porque Acuña
había vestido hasta muy poco antes con traje
negro, pantalón angosto y pañuelo al cuello.
Bajo el saco entallado, a la derecha, solía verse
el relieve que formaba el mango del cuchillo,
y todo el mundo sabía que ese cuchillo
era el mismo que había heredado de su padre,
el mismo, también, que había cimentado
su tremenda fama. Pero un día, de repente,
el café de Ambrosio se había visto sacudido
por un hecho inaudito. Acuña se había presentado
vestido como ahora, cuello duro y
pelo engomado de cosmético, traje a la moda
y corbata de seda, en la que estallaba el punto
luminoso de un brillante. Desde entonces
Ambrosio lo miraba así, como todos. "Parece
que el hombre ha rumbiao pal centro",
decían a sus espaldas. A sus espaldas, porque
el asombro de todos, si se exceptuaba el de
Ambrosio, que era como si fuera su padre,
y el de Marcial, que era su primo, no había
tenido hasta ahora el coraje de ir más allá
de esa mirada. Que se apagaba en seguida,
20
además, cuando él ponía sus ojos negros en
la gente, como preguntando. Ninguna explicación
había dado Acuña de su cambio de ropas.
Ninguna. No era él un hombre de los
que explican.
Oyó que Ambrosio seguía gruñendo, aludiendo
como siempre a "mujeres", "juegos",
("es una vergüenza, si pudiera verte tu padre,
parece mentira lo que puede hacer la
ciudá, con la gente"), y sin contestarle le dio
las espaldas, murmuró "paciencia", para sus
adentros, y pensando en la carta que dejara
para él en su altillo avanzó hacia el billar.
Había resuelto destinarle esa hora que le quedaba
libre, y todo el mundo sabía que era
peligroso molestarlo, cuando decía esa frase
que ahora repetía a Sebastián, el mozo, lo
bastante alto como para que todos la oyeran:
"Voy a jugar solo". Tomó el taco que le daba
el mozo, comprobó de una ojeada su nombre
grabado en el mango, y miró sin ver a un
grupo de gente que empezaba s, rodear la mesa,
contemplándolo. "Va a jugar solo", decía
Sebastián en ese momento, y los demás seguían
agrupándose, quedándose inmóviles, de
pie, o sentándose en silencio, por allí cerca.
"Va a jugar solo", repetía alguien en voz ba-
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ja, de un modo adulón. Y Acuña, que estaba
haciendo chirriar la puntera del taco en la
tiza, pensó de pronto con vehemencia que si
lo de esta noche salía bien, necesitaría un
hombre, un hombre de verdad, para llevar a
cabo su largamente proyectado plan. Dejó entonces
la tiza, y paseó la mirada por el corro
de rostros atentos, pañuelos al cuello, sonrisas
y ojos entornados, como buscando a ese
hombre. Pero en seguida chasqueó la lengua,
miró su reloj pulsera, y con un ademán lento
estiró los brazos, volcando el busto sobre la
mesa de billar de modo que el taco quedó
sostenido horizontalmente, sobre el delicado
apoyo del dedo mayor y el índice encorvado.
En ese momento, entraba al café Américo
Grassi, campesino, hijo de chacareros, recién
llegado a la ciudad.
22
II

Una hora después
Acuña se descolgó del ómnibus con un leve
movimiento del cuerpo hacia atrás, de modo
que las piedras desiguales de la calzada frenaron
su salto bajo la suela del zapato. Miró
la calle, con sus adoquines de granito desnivelados,
y retiró la vista como el que arranca
la atención de un recuerdo que quema. En/
estas calles de la periferia sudoeste de la
ciudad, los grandes adoquines grises de la calzada
entre cuyas junturas brotaba, como negándose
a morir, el pesto salvaje de la "paja
brava", traían siempre para Acuña la imagen
de su padre, con su clavel en la oreja, y su
látigo, el alto pescante y el tronco de percherones
empinándose a cada grito estentóreo,
la montaña ensogada de los fardos de pasto.
Avanzó hacia el sur, evocando ahora el rostro
rubio y aniñado de Américo Grassi, ese gigantón
que había conocido una hora antes.
23
Estaba él ensimismado en su juego, como
siempre, encerrado en el embudo de luz amarilla
que arrojaba la lamparilla eléctrica, colgada
por un sucio cordón del centro de la
claraboya de vidrio, ese embudo de luz quej
parecía taparlo, a él y a su destreza de juga-t
dor perfecto, como una campana de cristal.
Es el momento en que apenas llegan hasta
sus oídos, desde afuera, los murmullos de admiración,
las aisladas exclamaciones de aplau-'
so. Porque sólo está atento a la presión de
la mano contra el taco, al roce ocasional y
tierno del peño cosquilleándole en las yemas
de los dedos, a la tersa superficie verde donde
las carambolas de lujo trazan su geometría
exacta, y las barandas elásticas despiden las
bolas de marfil en contracciones nerviosas,
vivientes, que tejen con su entrechocar apagado
el perfecto capullo de soledad que va
ciñéndolo voluptuosamente, y en el que se
queda al fin instalado, como el molusco en
su valva. Pero sin embargo, desde hacía un
instante, una voz, enviada por esa lejanía
proscrita, ese mundo que en estos momentos
jamás se atrevía a molestarlo, estaba insistiendo
en un pedido insólito, incomprensible:
"¿Quiere que juguemos?"
24
Al fin apoyó el taco en el suelo, mirando
al recién llegado. Los demás se apartaron, observándolo
con los ojos que se usan para las
catástrofes, y Acuña quedó en silencio.
—Ya sé que juega bien, pero no importa
—el tipo sonreía, inclinándose. Y como si hubiera
advertido algo, añadió sin dejar su sonrisa:
—Yo no le tengo miedo. Ni al billar, ni a
nada.
Era un individuo alto, casi un gigante, rubio,
desconocido del lugar, de ojos vagamente
infantiles. Entonces Acuña había obedecido a
una intuición súbita. Y descolgando un taco
se lo había alcanzado en un ademán brusco,
mientras los demás abrían los ojos, asombrados,
como si acabaran de presenciar un milagro

Vio que llegaba al sitio donde concluía el
empedrado, y dobló por una calle oscura que
avanzaba hacia el sur. El descampado se extendía
a lo lejos, en los bajos del Riachuelo,
en una vasta zona desierta que conocía, desde
pequeño, en sus menores rincones. Grassi le
había contado después, mientras marchaba a
su lado hacia el sitio en que debía tomar el
ómnibus, su pequeña historia. Estaba hacía
25
poco en el barrio, trabajando en una fábrica
de jabón. "Me paso escupiendo el día entero",
decía. Llegaba del campo, donde había dejado
a la mujer y a un hijo. Había perdido una
chacrita, allí, heredada de su padre, un italiano
que había soñado en hacer la América.
Tuvo un proceso, por lesiones. Al fin había
resuelto cambiar. Probar la ciudad. Grassi
había perdido la cena al billar, y quería pagarla.
"Hoy no tengo tiempo —dijo Acuña—
Mañana, aquí, a esta misma hora". Y había
subido al ómnibus, sintiendo que Grassi se
quedaba de pie, en la esquina, las piernas
abiertas, mirándolo.
"Es allí", pensó Acuña al llegar a una bocacalle,
y avanzó lentamente por la obscura calle
de tierra bordeada de zanjones tupidos de
yuyales. Aquí también cantaban los sapos y
los grillos. La luna apareció a pleno rostro,
en lo alto, con su redonda medalla reluciente.
El andamiaje de un edificio en construcción
pareció emerger de las sombras, y Acuña se
detuvo frente a él, mirándolo. El resplandor
de un pequeño fuego de maderas brillaba más
allá de la puerta, en lo que sin duda sería
el vestíbulo de la casa. Inclinadas ante él, dos
figuras parecieron intuir su presericia y
26
vieron el rostro. Folco, el sereno, un italiano
que El Cafre usaba como mandadero (por eso
habían dicho: "la obra de Folco"), y Galíndez,
un santiagueño guardaespaldas de El Cafre.
Galíndez era tuerto y llevaba una sonrisa
eterna marcada como un tajo en un ángulo
de la boca. Acuña se acercó, metiéndose en el
cono de sombra del andamio.
—¿El Púa? —preguntó Galíndez, innecesariamente.
En el tono de su voz parecía estar
también su sonrisa incomprensible y burlona.
Acuña lo miró, un instante, y luego se reclinó
sobre el poste de entrada, sin contestarle, quedando
de perfil a la puerta. Junto al fuego,
Folco inclinaba una pava sobre el mate, en
cuclillas. Sin moverse, el mugriento chambergo
sobre la nuca, su largo bigote parecía
acentuar su expresión de disimulo y de miedo.
Una pierna de Galíndez, cubierta por un pantalón
bombacha a cuadros, se iluminaba a
ratos con la llama del fuego.
—Dice que vendrá a las once —explicó Galíndez
otra vez innecesariamente—. Falta algo.
¿No?
Acuña acercó lentamente la muñeca a sus
ojos. Apenas podía verse el reloj pulsera, en
la penumbra. Volvió el rostro hacia Folco, sin
27
atender a Galíndez, y endureció el tono de
su voz, que se hizo lento, pero brutal.
—A ver, vos —dijo—. Vas a hablar. Todo.
Folco se irguió con un estremecimiento, y
empezó a farfullar, en una jerga en la que
lloriqueaban ocasionalmente vocablos italianos.
Galíndez se agachó, sin dejar de sonreír,
y se sirvió un mate. Oyó la apresurada explicación
del italiano, y pensó en El Cafre, que
mandaba a Acuña una especie de ultimátum.
Acuña sólo había actuado ocasionalmente con
él, y hasta ignoraban su identidad. Galíndez
había dicho una vez que se trataba de un
tipo muy "púa", y le había quedado ese apodo.
Llegaba de noche, vestido de un modo
muy distinto a como estaba ahora, y sólo aceptaba
un "trabajo" cuando quería. Precisamente,
la última vez no había acudido a un llamado
de El Cafre. Se negaba a hablar de sí
mismo, y a dar su domicilio o referencias de
sus amigos. En un caso así, El Cafre tenía
un procedimiento muy sencillo. Le mandaba
decir al individuo que apareciera ante él dispuesto
a hacer todo lo que le ordenaran, o
que se atuviera a las consecuencias. Lo que
era lo mismo que una condena a muerte.
—Que si no venía... —seguía Folco— lo
28
iban a buscar. Que piense, ya sabe, hacer lo
que le mandan... Si no, El Cafre, a las once.
..
A Acuña no le decían nada nuevo. Seguía
inmóvil, mirando a Folco, que avanzaba ahora
hacia la puerta, pasaba junto a él, y murmurando
algo como que ya había dicho todo
y que tenía que hacer, salía rápidamente, casi
a la carrera. Galíndez se acercó de un salto
a Acuña, que parecía pegado al poste. Pensó
que no había mucho que hablar, pero como
si algo lo divirtiera se acercó aún más a ese
-hombre rígido, que parecía una estatua.
—Si querés —dijo— me quedo yo, y te
arreglo todo. Podes esperarme en la esquina,
por acá cerca. ¿Querés?
La tonada santiagueña aguzaba su voz, atiplándola.
Acuña apretó la espalda contra el
poste. Galíndez parecía escuchar con una misteriosa
voluptuosidad el silencio y la inmovilidad
de Acuña, como bebiéndolos con los
ojos. ¿Se iría? ¿Cedería, al fin? Movió un
pie, y empujó una brasa hacia el fuego.
—Dije que no sabía tu nombre —agregó—.
Pero El Cafre sabe que andas por Villa Lugano,
cerca del deslinde.
Una mañana. El sol reverberaba en la at-
29
mósfera. En el fondo, a lo lejos, una línea gris
y sucia, como un tajo: El Riachuelo. Y él,
Miguel Acuña, en su altillo, frente a la ventana,
y al lado, en la pared, el espojo. Se miró
entonces en ese espejo. El pañuelo bordado,
bajo el cuello, el pelo renegrido, sobre la frente
estrecha. Entonces se había quedado contemplando
ese rostro donde resaltaba la sombra
espesa de la barba, ese rostro en el que
vio la propia imagen de su padre, con su
mismo mentón agudo y el mismo pañuelo
bajo el mentón. Y sintió entonces, como cuando
se va a dar un salto en el vacío, mientras
volvía a ver en el recuerdo la imagen del
cuerpo de su padre, encogido, aplastado contra
un charco de sangre ("... porque no quiso
transar con el revólver..."), que la mano se
le iba hasta ese pañuelo no con odio o al menos
con el odio hacia lo que se ama pero
también se mata. Y se arrancó el pañuelo,
bruscamente, como el que se arranca de un
tirón el vendaje pegado a una herida.
—.. .No te va a ser fácil —siguió diciendo
Galíndez—. El Cafre va a venir con Pinto.
Somos tres.
Galíndez volvió a callar, esperando. Pensaba
ahora que era raro que estuviera aquí
30

mirando a este Acuña, este misterio. En realidad,
hablaba sólo para arrojar sus palabras
a este silencio, para ver si se rompía, como se
rompe la piel del agua cuando le echan piedras.
Pero esta agua era dura, sólida. Se volvió,
asomándose a la calle, escrutando las
sombras. "No se va", pensó. La torre de la
iglesia, hacia el norte, parecía cercana y remota
a la vez. Una cruz verde, iluminada, que
flotaba en el aire obscuro, como un milagro.
Entonces pensó repentinamente que algo se
alteraba en este juego. Él había venido con
unos naipes determinados. Y ahora estaban
cambiándose sus cartas.
De pronto las campanadas de la iglesia empezaron
a golpear el silencio. Una, dos, tres...
Galíndez contó hasta once y se acercó al borde
de la acera, mirando hacia el oeste. Dos
sombras exactas, precisas, avanzaron desde
allí, puntualmente. Giró el rostro hacia Acuña
en un gesto rápido. Lo vio siempre inmóvil,
los brazos cruzados, el perfil del mentón
erguido desdibujado en la sombra. Él, Galíndez,
hacía diez años que estaba en la banda
de El Cafre y siempre le había sido fiel. Pero
ahora sabía lo que iba a ocurrir y no haría
nada por impedirlo. Porque esto estaba más
31
allá de toda intervención humana, y en Acuña
y en este silencio inmóvil, fanático, había
algo que era el Destino, y el Destino estaba
quieto, sordo, superior y grande como un Dios.
Y él estaba con Dios.
—¿Vino?
El Cafre estaba frente a Galíndez, su cara
achinada, de ojos ligeramente oblicuos y párpados
abultados, cuello ancho y corto, sobre
el que se anudaba un pañuelo liso, de seda
blanca, sin arrugas. Galíndez tragó saliva y
retrocedió, girando el cuerpo hacia Acuña.
—Ahí está —dijo—. Esperando.
El Cafre pasó junto a él y fue a detenerse
frente a Acuña. A su lado, Pinto, flaco y
cargado de hombros, se echó hacia la nuca
un sombrero negro, de alas quebradas sobre
los ojos.
—¿Así que sos El Púa? —dijo El Cafre con
voz cansada, aburrida.
Desde esa silueta adosada al poste le contestó
un gruñido:
—Ahá.
—Te has andao haciendo el misterioso. Supongo
que terminó eso. Contesta.
El Cafre aguardó la respuesta, en vano. La
luna acababa de eclipsarse en el cielo. Arrugó
32
los ojos para ver si alcanzaba a distinguir con
más precisión las facciones del "guapo éste",
"que se le estaba animando". Bajo el ala del
sombrero, sólo se veía una sombra espesa,
como un coágulo.
—Ya me estoy cansando... —dijo al fin
removiendo la lengua en la boca, como si
juntara saliva—. ¿Te dijo Folco lo que le mandé?
Contesta.
Acuña sintió que los ojos se le quedaban
inmóviles en las órbitas y que el silencio que
lo rodeaba se distendía en torno de él como
para llegar al estallido. Entonces vio que Pinto
se movía de costado, con un movimiento
artero de la mano hacia el cuchillo.
—¡De traición no, diablo! —gritó en ese
instante Galíndez, y su rostro surgió tras el
hombro de Pinto, la mano en alto. Esa mano
empuñaba un cuchillo, y bajó rápidamente,
como un émbolo. En ese momento Acuña tenía
ya su revólver en el pecho de El Cafre.
—Me han dicho que sos un hombre de cuchillo...
—dijo pausadamente Acuña, mientras
Pinto terminaba de desplomarse a los
pies de Galíndez—. Si querés...
En la mano izquierda exhibía su propio
facón, que acababa de sacar de la cintura. En
33
la derecha, transmitido por el caño del revólver,
cuya boca mantenía apoyada en la tetilla
de El Cafre, podía sentir algo así como un
latido remoto. Galíndez permanecía semi inclinado,
el cuchillo en la mano, sintiendo correrle
por el pulgar un goterón de sangre.
"Duelo criollo —pensó—. Se está fiando demasiado".
Fue a hablar, pero no tuvo tiempo.
Repentinamente, con una agilidad imprevisible
en su cuerpo de noventa kilos, El Cafre
había dado un salto hacia atrás mientras estallaban,
como si reventaran en su propia
mano, dos detonaciones consecutivas. Galíndez
miró rápidamente a Acuña, y lo vio de
rodillas. Había esquivado los balazos, porque
en ese instante, casi simultáneamente, sonaron
tres disparos que alcanzaron a El Cafre
mercándole la trayectoria de su cuerpo hacia
la muerte. El primero, en la frente; el segundo,
en el pecho; y el tercero, cuando el
cuerpo estaba ya en el suelo, en la base del
cráneo. "¡Puntería del diablo! —pensó Galíndez—.
Bárbara". Y saltando por encima de los
dos cuerpos caídos avanzó hacia los fondos
de la casa, donde acababan de oírse los ladridos
de un perro, mientras el eco se tragaba
los ruidos de los disparos.
34
—¡Vamos! —gritó, sin detenerse—. ¡Rápido!
Acuña se irguió lentamente, y por un momento
volvió a apoyar la espalda en el poste
contra el que estuviera hasta entonces recostado.
Guardó el revólver, con cuidado. En la
mano izquierda tenía aún el cuchillo, sin usar.
Lo acercó a sus ojos, y lo miró. Su hoja limpia,
bruñida, pareció encenderse, repentinamente,
y luego se apagó, regresando a su obscuridad
opaca. Un rayo fugaz de luna acababa de
arrancarle un destello. Entonces levantó la
mano, de pronto, y en un brusco ademán arrojó
a lo lejos el cuchillo heredado de su padre.
Desde el zanjón llegó un chapoteo ligero, como
el ruido de una gárgara.
35

III
Amé rico Grassi levantó
su rostro huesudo y rubio, de italiano
del Norte, como si interrogara con la cara entera.
Era la primera vez que oía a Acuña hablar
de sí mismo. Desde que lo conociera, en
aquella partida de billar —luego supo que casi
por excepción milagrosa había ocurrido aquello—
lo había visto con frecuencia. En el café
de Ambrosio y en otros sitios, adonde lo llevaba
Acuña: bailes en la vecindad, garitos, churrasquerías.
Pero hasta ahora lo único que
sabía de Acuña era lo que le habían contado
en el barrio: su juventud de temible malevo;
su cambio repentino de vestimenta y costumbres;
la historia de su padre, que había trabajado
de joven con Ambrosio, arreando ganado
hasta Mataderos; el corralón, cuando
pusieron camiones para transportar ganado,
y todo se fue llenando de gringos, de casas
en construcción, donde estos mismos gringos
37
trabajaban de albañiles; de fábricas de jabón,
de grasas, de talleres mecánicos. Y la historia
del abuelo de Acuña, con su leyenda de
gaucho malo que los viejos del barrio conocían.
El viejo Miguel había muerto en su rancho,
cerca del viejo puente de la Noria, a los
noventa años, contando a quien quería oírlo
sus andanzas con Peñaloza, sus aventuras de
cautivo en Río Quinto, los tiempos en que
fue soldado de Urquiza. Américo pensaba deslumbrado
en todo esto, mientras oía hablar
a Acuña de sí mismo por primera vez. Y pensaba
que hasta hoy el único que había hablado
de sí mismo era él: su chacra perdida, que
recuperaría alguna vez aunque le costara el
alma; su proceso; su trabajo en la fábrica, y
sobre todo Alma, su mujer, que había quedado
en el pueblo, esperando.
La mirada de Acuña estaba perdida en el
aire. Américo la vio venir hacia él desde lejos,
con esa especie de silencio profundo que no
había visto nunca en los ojos de nadie.
—Es algo grande lo que pienso —dijo Acuña—.
Galíndez está conmigo, ya te dije. Pero
necesito otro.
Ahora era el rostro de Acuña el que interrogaba.
Américo miró vagamente, más allá
38
de la silueta de Acuña, el toldo rojo del bar,
recogido contra la pared, las sillas diseminadas
al borde de la acera. La avenida de arrabal,
ancha y chata en la noche de verano, se
extendía desierta a lo lejos, caliente como un
animal dormido. Volvió los ojos y encontró
nuevamente la mirada inmóvil de Acuña.
Estaba sintiendo, sin saberlo, algo semejante
a lo que sintiera su padre cuando desembarcó
por primera vez en tierras de América. Sólo
que esta sensación no le llegaba, como a su
padre, de las cosas, de la desamparada horizontalidad
que se extendía en este suelo hasta
el infinito, sino de los ojos negros de Acuña.
—Es lo que dijo Galíndez el otro día. ¿Te
acordás?
Américo se acordaba. En una fiesta dada
en un rancho hecho con latas de kerosene, de
esos que llaman "tachos", en el descampado
del Riachuelo, en las zonas que la ciudad
usaba como vaciadero de basuras, conoció a
Galíndez. Había bebido mucho esa noche,
sintiéndose molesto con la sensación de que
Acuña, que era quien lo había llevado a la
fiesta, observaba cada uno de sus movimientos.
Desde que lo conociera, en realidad, tenía
esa sensación. Pero ahora esta observación
39
silenciosa, esos ojos siguiéndolo como al descuido,
lo hacían sentirse un poco desvalido,
sin motivo para sentirse fastidiado, pero sí,
curiosamente, con más nostalgia del pueblo,
con más deseos de no haberse movido de allí,
de no haber escuchado a su mujer, que quería
la ciudad, que soñaba con la ciudad. La noche
era magnífica, de luna, y esto mismo le hacía
sentir a ratos la presencia vivida de Tres Cruces,
ese pequeño pueblo del Sur, porque la (,
vista podía girar en torno, aquí, desde este
patio de tierra sobre el que se movía al viento
una frágil techumbre de enredaderas con
campanillas azules y fragantes manojos de
madreselvas. Donde quiera que mirara, encontraría
la noche iluminada por la luna, el
horizonte, y algunas luces remotas. Sabía que
eran las de Buenos Aires, las de sus barrios
suburbanos, pero también desde Tres Cruces
se veían las luces de una pequeña ciudad, a
lo lejos. Y todo se egravó cuando un individuo
que acompañaba a Galíndez, precisamente,
empezó a ponerse cargoso. Al fin el individuo
le pidió la chica con la que bailaba,
para un tango. Era una morocha que no le
importaba mucho, pero que le gustaba, sin
embargo. Dudó un poco, porque no estaba
40
bien enterado de las costumbres de la ciudad
y no sabía si aquí se usaba que los demás bailaran
con la chica de uno (algo de eso había
oído, en el campo), pero cedió al fin, temiendo
que no fuera mala educación negarse. Entonces
fue cuando sintió algunas risas que
lo molestaron. Desde un rincón, el vaso de
vino en una mano, Acuña lo miraba. Estaba
siempre igual, aunque tomara como todos,
con algunas mujeres rondándole siempre en
torno, como moscardones. Se había sentado
en un cajón vacío, y cerca de él un perro le
apoyaba el hocico en el zapato. La música
de guitarra y bandoneón seguía en el patio,
frente al rancho, y un muchacho, casi un adolescente,
empezó a cantar una canción matizando
sus frases con un instinto preciso, casi
milagroso.
... Barrio...
Perdona si al evocarte
Se me planta un lagrimón
Que al rodar en tu empedrao
Es un beso prolongao
Que te da mi corazón...
Sin hacer ruido, Américo se acercó al sitio
donde estaba Acuña. Se inclinó hacia él, susurrando:
41
—Hágame un favor. Acláreme una cosa.
¿Quiere?
Acuña hizo un gesto, imponiéndole silencio,
y Américo esperó. El cantor terminó su
tango y aplaudieron. La orquesta volvió a tocar,
para los bailarines.
—¿Qué es? —preguntó Acuña, entonces, sin
levantar el rostro.
—Me pidió la chica y se la di, por si es lo
que aquí se usa. ¿Es así, nomás?
Entonces Acuña volvió el rostro hacia él,
movió lentamente la cabeza, y le dijo una
sola palabra, tuteándolo por primera vez:
—Quítasela.
Cuando el otro sintió la mano de Américo,
una mano enorme donde los nudillos eran
como nueces, apretándosele sobre el hombro,
quiso darse vuelta y echar mano al cuchillo.
Pero Américo le había notado el movimiento
y con la mano libre le apresó la muñeca, levantando
a la vez la rodilla en un movimiento
rápido. Sintió el hueso rompérsele bajo los
dedos y el estómago del infeliz hundirse bajo:
su rodilla. Entonces lo soltó, porque el otro
había abierto la boca y estaba arrojando un
vómito violáceo.
Acuña seguía siempre en su rincón, miran-
42
do. Américo lo vio sonreír, bajar una mano
hasta el suelo y acariciar la cabeza del perro
que seguía con el hocico pegado a su zapato.
Al otro se lo llevaron y nadie pareció enterarse
de nada. La fiesta siguió, y las mujeres
empezaron a ir tras de Américo como cachorras.
Fue entonces cuando en un aparte Galíndez
empezó a hablarle de Acuña; quién era
Acuña; cómo hacía saltar a veinte metros de
distancia el fondo de una botella entrándole
una bala por el pico; el cuchillo que ya no
usaba y en el que había sido un maestro; y,
al fin, el asunto de que quería hablarle, algo
que Acuña tenía pensado, "algo grande". Esto
mismo que ahora, frente a un nuevo chop,
en esta noche de verano en la que parecía
sentirse a lo lejos el ruido de un molino girando
en la noche (¿es que había molinos,
por aquí?), ruido que le traía misteriosamente
el recuerdo de Alma, su mujer, con
sus grandes ojos socarrones, esto mismo que
ahora estaba diciéndole Acuña con sus frases
lentas, cuidadas, como si tuviera miedo de
que le hicieran repetir las cosas.
—Disimular, una doble vida, como dicen.
De día, el centro, bien trajeado, como si uno
fuera un mequetrefe, un tipo que, cuando
43
más, tiene algún asunto con la policía por el
juego, alguna menor.. . ¿entendés? Y dejarse
ver así, de cuando en cuando, por el café
de Ambrosio, para que todos crean que has
cambiado. Por eso me visto de este modo,
ahora vas a entenderlo. Porque estoy preparando
ya todo esto. De día... —chasqueó los
dedos— de día, mierdas. De noche... —se
echó hacia atrás, mirándolo— sin que nadie
pueda saber quien sos, el golpe.
Américo trató de pensar, en vano. La piel
de la frente se le endurecía, arrugándosele.
Vio a Acuña que se llevaba el vaso a la boca
y daba un gran trago, pasándose después el
dorso de la mano por los labios. Y Acuña
siguió:
—No vamos a caer como no sea... —bajó
la voz— de un tiro. Los otros cayeron, porque
estaban fichados, ¿entendés? (Américo
agitaba la cabeza: entendía). Porque los conocían.
A nosotros no nos van a conocer, van
a creer que somos... —se golpeó el cuello
duro con una uña, rozó con los dedos la corbata
de seda— esto. Nada más que esto. Por
eso mi traje —añadió— es un disfraz. ¿Comprendes?
Acuña se echó hacia atrás, en la silla, hasta
44
que las patas delanteras quedaron en el aire.
Sonrió. De pronto metió los dedos en el bolsillo
del chaleco y sacó un recorte de periódico.
Dejó caer la silla hacia adelante, y lo
entregó a Américo.
—Mira —le dijo.
Américo miró "En una obra en construcción,
próxima..." El recorte hablaba de la
muerte de El Cafre y de Pinto, cosa ocurrida
unas semanas antes y de la que Américo
había oído hablar, pues la fama de El Cafre
era grande. "Lo único que se sabe —decía el
recorte— es que uno de los asesinos debió de
ser un tal Galindo o Galíndez, sujeto buscado
hace tiempo por la policía, y el otro un individuo
de quien sólo se conoce su apodo de
"El Púa". En cuanto al sereno..." Del sereno
decía que, luego de los interrogatorios
a que fuera sometido, resultaba evidente que
no conocía la identidad del sujeto principal,
de quien sólo había podido suministrar el
apodo.
—Bueno —dijo Acuña volviendo a guardarse
el recorte que le devolvía Américo—.
Ahora quiero decirte algo. El Púa... —volció
el índice hacia adentro, y se golpeó el
pecho con la uña— El Púa soy yo.
45
Y empezó a contarle entonces, despaciosamente,
cómo había sido necesario librarse de
El Cafre, que se había convertido en un serio
obstáculo para sus proyectos, y cómo Galíndez
había traicionado a los suyos, y lo tenía
ahora de su parte. Aunque éste sí tendría
que seguir viviendo escondido, como vivía
desde hacía años, saliendo sólo de noche y
por lugares apartados ("¿Vos sabes que todavía
no conoce el Obelisco?"), y cómo se
arreglarían las cosas de acuerdo con lo que
tenía planeado.
—.. .Tenés que vestirte bien, porque nos
vamos a vivir al Centro, como si nos mantuvieran
las mujeres... —rió Acuña, vaciando
el resto de cerveza que quedaba en el vaso—.
Deja que los demás digan lo que quieran. ¿No
decís que tu viejo quiso hacer la América y
reventó? —concluyó, diluyendo su risa en una
seca sonrisa—. Muy bien. Vos vas a hacerte
la América que no supo hacer tu viejo.
Arrojó un billete sobre la mesa y se levantó.
Echaron a andar por esa avenida, hacia el
Este. Acuña había caído repentinamente en
su silencio de siempre, y aunque rara vez
hablaba tanto como acababa de hacerlo, al callarse
lo hacía siempre de un modo brusco,
48
como si se enojara con los demás y consigo
mismo por haber hablado. Ahora Acuña sentía
que por su boca entreabierta se filtraba
la brisa fresca de la noche, recién llegada
quién sabe de donde, y apretó los dientes pero
no como solía hacerlo sino con suavidad, para
que ese fresco se demorara un poco en sus
labios. Él había sabido siempre, más o menos,
por qué estaba enojado, por qué su silencio
era un modo de la ira y del desprecio. Pero
ahora, sintiendo a su lado el ruido fuerte de
las pisadas de este gigante rubio que soñaba
sin duda en montañas de dinero, en la chacrita,
la mujer y los hijos, ahora sabía que
él, Miguel Acuña, no había hecho jamás, no
hacía, ni haría nunca, nada, por el dinero.
Podían tragárselo, a montones. Podían levantar
infinidad de casas de diez pisos, empedrar
millones de calles sobre la pampa, hacer
sonar en los barrios de la ciudad millones de
timbres en otros tantos millones de cinematógrafos.
Las chimeneas de las fábricas podían
reproducirse, si querían, haciendo desfilar
bajo su olor a grasa o sus nubes de polvo
y pelusas a millares de Américos y de tipos
como su primo Marcial. Pero no podrían
cambiarlo a él, a Acuña, a Miguel Acuña, no
47
podrían hacerle olvidar su odio, hacerle lamer
la mano que empuñaba el látigo. ¿Dónde
estaba ese látigo? No lo sabía. "El progreso",
se quejaba Ambrosio. El sólo sabía que ese
látigo era el mismo que había matado a su
padre, derrotado a Ambrosio, expulsado a él
y a todos los que eran como él de sus calles
de tierra, de su cielo abierto, propio. Prefería
llamar a ese látigo con una palabra simple:
la Ciudad. Ella aplastaba con su pata de piedra
a los que eran como él. ¿Como él? ¡Quién
sabe! Ya vería la Ciudad quién era Acuña,
Miguel Acuña.
Américo sintió que la mano de Acuña lo
sujetaba, y se detuvo. Lo vio permanecer inmóvil,
sin mirarlo, con ese aire de ausencia
que parecía afinarle los rasgos de la cara.
Sintió vagamente que siempre sería así, que
Acuña lo detendría, y él se detendría; que
seguiría andando, y él obedecería. Y que esto
era bueno. Seguir a Acuña, obedecer a Acuña.
Una placidez nueva, benéfica, acababa de
nacer en él, como cuando desaparece una neuralgia.
Pensó en Alma, en sus ojos aindiados.
"Tenemos que irnos, Américo, a Buenos Aires.
No aguanto más este pueblo. Anda vos primero,
pero tenemos que irnos". La traería.
Traería a Alma.
Estaban en la intersección de esa avenida
y una calle ancha, donde se veía un cruce de
ferrocarril. Algo así como una elevación del
terreno que formaba una loma, y a cuyos costados,
sin duda, se había entubado un arroyo.
Acuña se había detenido a mirar desde allí
el invisible lado del Río, donde nace la ciudad.
A la derecha y a lo lejos, descendiendo
en un declive dilatado, brillaban a la distancia
las luces de los barrios suburbanos: Nueva
Pompeya, a un costado, como una población
vista de noche al otro lado un río. Más
allá, en un haz compacto, las luces lejanas
de Barracas, la Boca, los demás barrios. Desde
este sitio elevado la vista podía abarcar
la fragmentada extensión de la urbe inmensa,
hecha de islas de luces en un mar formado
por los coágulos negros de los solares yermos,
aquí abundantes y próximos, por las
úlceras obscuras de la soledad. Aquí, en estas
manchas negras de la periferia, Acuña podía
imaginar las regiones todavía hundidas en la
pampa, las Calles sin Nombre donde crece la
paja brava en sus caminos de tierra, donde
vagan caballos alucinantes en la noche. Antes
todo era así, desde Lugano a Barracas, casi
49
campo. Ahora quedaban sólo estos fragmentos
que está mirando Acuña, quizás porque también
él es un fragmento.
Américo levantó una mano y se oyó algo
así como un pequeño chirrido. Acuña lo miró.
—¿Qué haces? —preguntó.
Américo sintió que enrojecía. En su mano,
apretaba una pastilla de tabaco.
—Masco —dijo, como disculpándose—. Solamente
cuando estoy solo. O con amigos.
—Bueno —sonrió Acuña—. No importa.
Américo estiró la boca, en una sonrisa casi
infantil, y se le formaron dos hoyuelos en
las mejillas.
50

IV

"Quizás venga esta
noche", había pensado Marta, o Chola, cuando
salió de la cocina, antes que los demás terminaran
de cenar, para apostarse en la puerta.
Pero esta noche, como había ocurrido en los
últimos dos meses, Acuña tampoco vino. Aunque
conservaba su altillo, había alquilado un
departamento en el centro, según decían los
que lo acusaban de haber desertado del barrio.
"Mujeres de cabaret, sabes", aseguraban
algunos con el tono de saberlo todo.
Cuando la acera empezó a llenarse de gente
que salía a sentarse allí, a tomar el fresco,
Chola volvió a entrar. Los hombres y las mujeres
hablaban de El Púa y de Bocanegra.
Desde hacía unas semanas, no hablaban en
realidad de otra cosa. El asalto al banco, el
atraco al pagador de la aduana, pocos días
después. Tiroteos y muertes. Apartó de sí
esas imágenes, y avanzó hasta el fondo del
51
patio, ahora desierto. Allí, en lo alto, el altillo
de Acuña, abandonado, con sus maderas pintadas,
parecía una casa de muñecas suspendida
en el aire.
Chola pensaba, mientras seguía con la cabeza
erguida, mirando ese altillo, dónde estaría
en estos momentos Acuña. Acuña estaba
simplemente en la puerta de la casa de departamentos
donde vivía Américo con su mujer,
a la que había traído del campo hacía un
par de meses. Era un viejo edificio de siete
pisos de la calle Corrientes, ocupado por bailarinas
de cabaret, hombres de ocupación imprecisa,
pensiones y pisos donde se alquilaban
piezas amuebladas. En esta casa, a Américo
y a Acuña se les atribuía vagamente el oficio
de rufianes. El portero, que estaba en el umbral
a unos pocos pasos de donde Acuña permanecía
esperando, hablaba con un individuo
asomado a la puerta contigua interrumpido
a cada instante por los gritos de su interlocutor,
que se dirigía con voz de pregonero a
los transeúntes invitándolos a lustrarse el calzado.
Cuando esto ocurría, el portero dejaba
de hablar y miraba de reojo a Acuña. La calle
Corrientes se llenaba mientras tanto de gente
y la calzada parecía atestada de vehículos. Era
52
la hora en que daban comienzo los espectáculos
nocturnos. Al fin se oyó el ruido del ascensor
y luego el de la puerta, al abrirse. En el
extremo del corredor apareció Américo, y tras
él la pequeña silueta de Alma.
—¡Hola! ¿Esperaste? ¿Te hice esperar mucho?
Américo apuraba el paso, con cierta ansiedad,
avanzando hacia Acuña. Alma sonreía,
estirando apenas los labios. Era una mujer
baja, de cuerpo jugoso y ojos siempre brillantes.
Al reír, los párpados se le oblicuaban ligeramente
hacia las sienes y las pestañas le
tapaban un poco el fulgor socarrón de las pupilas
negras, que parecían armonizar con su
voz más bien grave, de risa siempre lenta y
hecha con la garganta, los labios entreabiertos,
la punta de la lengua asomándole fugazmente
sobre sus dientes de mestiza. Decía
que era mestiza, que su madre tenía sangre
india, y que ella era hija natural de un estanciero
de Tres Cruces, de apellido colonial y
aristocrático, cosa que la envanecía visiblemente.
Este estanciero no había querido reconocerla
pero se había portado bien con su
madre, a su modo, poniéndole en el pueblo
una fonda que usufructuó hasta que Alma
53
casó con Américo y resolvieron venderla. El/
dinero de esa fonda se había evaporado junto'
con la chacra.
—No. Está bien —dijo Acuña, tranquilizan-,
do a Américo, y lo detuvo por un brazo, antes,
de proseguir la marcha—. ¿Adonde vamos?
Américo miró a su mujer, que levantó los
hombros.
—He visto un restaurant nuevo en la calle
Lavalle —dijo Alma—. Me gustaría conocerlo.
Esta noche, como la víspera de todos los
días en que debía realizarse alguno de los
hechos planeados por Acuña, Alma elegía un
sitio, aunque fuera lujoso, y a él iban, iniciando
un paseo excepcional que duraba hasta la
madrugada. Esto se había convertido en un
rito, pues Américo decía que daba buena
suerte.
—Bueno —asintió Acuña, y tomó del brazo
a Américo, marchando. Alma iba a la derecha,
del lado de la pared, y volvía a cada
momento la cabeza hacia las vidrieras que
por la noche quedaban con sus luces encendidas.
A veces se detenía, y era preciso esperarla.
—Macrós —dijo lacónicamente el lustrabotas,
al verlos alejarse.
54
—No —contestó el portero, con un despectivo
gesto de entendido—. Aficionados.
Y añadió una especie de bufido.
La verdad era que nadie habría podido sospechar
que estos dos hombres atildados y de
elegancia extremada, eran nada menos que
El Púa y Bocanegra, de un tiempo a esta parte
"siniestramente famosos", como decían los
diarios.
Bocanegra, porque en un periódico "sensacionalista"
habían dicho: "A uno de los enmascarados
le rezumaba por los labios un líquido
negruzco". Galíndez, a quien se le había
caído la máscara en una oportunidad, siendo
reconocido por la policía, había permitido
deducir a ésta que el tercero, —-"que era sin
duda el jefe de la banda"—, debía de ser el
mismo que interviniera con este Galíndez en
la muerte de El Cafre, y del cual sólo se había
podido conocer su sobrenombre de "El Púa".
Desde entonces, Américo sólo se permitía el
vicio de mascar tabaco en momentos en que
se llevaba a cabo un asalto, cosa que además
le aplacaba los nervios. O a solas. Porque
Alma odiaba ese vicio.
—¿Entremos aquí un rato, antes? —preguntó
Alma.
55
Se había detenido ante un grupo de gente
que se aglomeraba en la puerta de un café,
uno de esos cafés típicos de Buenos Aires
donde una orquesta de prestigio popular da
verdaderos conciertos de tango. En la mitad
del salón, largo y angosto como un corredor
transitado por nubes de humo, se alzaba la
tarima de la orquesta, de pared a pared, formando
una especie de túnel donde se habían
instalado los mostradores. Un silencio profundo
dejaba sólo en la atmósfera el arabesco
nervioso de los bandoneones. Los codos apoyados
en la mesa, las caras en las palmas de
las manos, los ojos vueltos hacia la orquesta,
el público escuchaba religiosamente. Alma se
sentó, y de pronto desvió los ojos del escenario,
adonde miraba Américo, y los fijó en el
perfil de Acuña, que debía de tener la mirada
perdida en alguna parte. Su rostro triangular,
duro, el mentón siempre erguido, su
traje blanco, de hilo de Irlanda. Volvió los
ojos hacia Américo, que vestía un terno gris
claro, color ceniza. En su chaleco, se veía la
gruesa cadena de oro heredada de su padre,
y que, junto a su idea fija de recuperar la
chacra, era lo único en lo que Alma no había
logrado imponerle su voluntad. Ella quería
56
que usara reloj pulsera, como Acuña. Y que
se quedaran para siempre en Buenos Aires.
—Estoy pensando en Galíndez —dijo de
pronto Acuña, y Américo lo miró. Adivinaba
lo que estaba pensando Acuña. Ya desde
siempre, aún antes de que Galíndez fuera
reconocido por la policía, había desconfiado
de él. Curiosamente, parecía no perdonarle
que hubiese traicionado a El Cafre, aunque
fuera para salvarle la vida a él mismo. "Mira
—le decía—. No te fies nunca de una amista,
ni de un amor, que salga de una traición".
Américo evocó el ojo guiñado de Galíndez,
su risita burlona: "No me agarran vivo. Por
Dios". Y se besaba los dos pulgares, puestos
en cruz.
Vos sabes lo que dice Galíndez... —murmuró.
—Sí —dijo Acuña—. Lo sé.
Y alzó las cejas, como si hubiera algo en
el rostro de Américo que moviera a risa.
Una hora después entraban en el restaurant
que quería conocer Alma. Allí las mesas
tenían graciosos manteles bordados cuyos
bordes rozaban las rodillas de los comensales.
Era un salón casi redondo, en cuya periferia
se distribuían una especie de palcos descu-
57
biertos. Más al centro, mesas redondas, entre
las que circulaban camareros con carritos repletos
de postres o fiambres. "Quiero de éste
—decía Alma—. No, de aquel otro". El camarero
esgrimía unas grandes pinzas de plata,
y servía. Alma suspiraba, sin despegar los
labios. Volvió los ojos hacia Acuña y los detuvo
en su pelo, su nariz. De pronto se puso
de pie y lo tomó de un brazo, inclinándose.
Acuña vio los dos pechos de Alma, bajo el
escote.
—Bailemos —dijo Alma.
Acuña se leventó. Entonces ella se dejó llevar
por el tango, feliz como quien deja lánguidamente
que el destino realice un viejo
sueño. Trató de hablar, comentando algo de
la música, pero Acuña apretó los dedos en
su cintura y la miró en silencio. Ella calló.
LES parejas se rozaban unas con otras, y el
calor de marzo, tardío y tenaz, vencía sobre
los aparatos de refrigeración. En una vuelta
sintió que su cuerpo quedaba literalmente pegado
al de Acuña. Recibió su aliento en la
cara, y sonrió, apenas, volviendo los ojos
hacia él. Acuña vio el fulgor socarrón en las
pupilas negras, enmarcadas por el óvalo almendrado
de los párpados. La pieza concluyó,
58
y los bailarines aplaudieron. Alma se soltó.
Al instante, el piano marcó nuevamente el
comienzo de la pieza. Acuña permaneció inmóvil,
mirándola. Alma se humedeció fugazmente
los labios con la punta de la lengua.
—Bailemos —dijo, casi con el aliento.
—No —contestó Acuña.
La tomó de un brazo, y la llevó a la mesa.
/Américo estaba tratando de servirse whisky
agitando la botella sobre el vaso, con cierta
torpeza. Alma sintió que los dedos de Acuña
le habían dejado el brazo dolorido. Se sentó,
pero Acuña permaneció de pie, mirando a
Américo.
—Tengo que hacer, ahora —dijo—. Voy a
irme. Mañana, en punto, a las diez.
Giró sobre los telones, y se fue. Américo
terminó de servirse el whisky. Rió.
—Una mujer, seguro —dijo.
Alma tomó de la mesa una servilletita de
papel, la arrugó, y empezó a destrozarla entre
sus dedos, lentamente.

---

La noche siguiente, Américo se acercó a
59
Alma, como otras veces, y la besó con ese
beso que ella conocía perfectamente. Como
otras veces, también, inició una especie de
lección.
—Ya sabes lo que te he dicho siempre. Si
algún día me pasa algo, vos no sabías nada.
Yo nunca te dije quién soy. No sabes quién
es Bocanegra. Ni el Púa.
—Sí —contestó Alma.
—Vos te creías que éramos jugadores, como
máximo, fulleros. ¿Entendés? Pero tampoco
sabías nada.
—Sí —repitió Alma.
—Ahora ya falta poco. Acuña está pensando
en alguna cosa grande. Entonces nos vamos.
A comprar la chacra.
—Sí —volvió a decir Alma, como en un
rito.
Américo la besó nuevamente, y se fue.
Alma pensó en el dinero acumulado por Américo.
Si alguna vez ocurría algo, ella debía ir
a Tres Cruces y recoger las "encomiendas"
que Américo remitía periódicamente a su
madre, una viejecita muy simpática, aunque
medio trastornada, que sólo hacía bien aquello
que le mandaba su hijo. Jamás diría nada
de esas encomiendas, cuyo contenido ignora-
60
ba, y que guardaba sin abrir en el sitio en
que le habían ordenado. En el sótano, bajo
un ladrillo flojo de la pared donde se había
practicado un profundo hueco. Quizás lo olvidaba
cada vez que colocaba allí uno de esos
paquetes. Jorgito, el chico de Américo y
Alma, había quedado con ella. Alma temblaba
a cada uno de esos envíos. Pero hasta
ahora, a pesar de la fama que daban al Correo,
no se había perdido ninguno.
Miró como siempre si estaba sobre la mesita
de luz la estampa de Santa Rosa de Lima,
su patrona, y sobre la cómoda la botella de
ginebra que la acompañaba en estas veladas
solitarias. "Falta poco. La chacra". Desde la
ventana, a cuyos vidrios acercó la frente, podían
divisarse a lo lejos las luces flotantes del
río. Contra el cielo, algunos letreros luminosos
ponían en la noche sus rápidos trazos de
color. Se entretuvo un instante mirando cómo
en uno de estos letreros volaba una paloma
azul, desaparecía de pronto, y volvía a emprender
el vuelo. Una imprecisa asociación
de ideas le hizo pensar en sus paseos nocturnos,
como el de la víspera, con Américo y
Acuña. Buenos Aires, los dancings, los teatros,
las mujeres porteñas a las que no tenía
61
ya casi nada que envidiar. En contraste, vio
la fonda de su madre, donde pasó la infancia,
en la que creció atisbando a los viajantes de
comercio y los turistas ocasionales con ese
mismo fulgor en los ojos con que ahora miraba
las luces de la ciudad. Fulgor en el que
parecía brillar algo así como un apetito jamás
saciado, una especie de hambre misteriosa.
Era el ansia con que miraba, en sus paseos
vespertinos por la estación del pueblo, las
ventanillas iluminadas del Salón Comedor o
de los camarotes, cuando se detenía en Tres
Cruces el rápido que iba a la Capital. La
misma ansia con la que empezó a influir
lentamente, con insistencia contumaz, sobre
Américo, que se resistía, obstinado en su esperanza
de rehacer su chacra, hasta que logró
al fin hacerlo viajar a Buenos Aires. Sabía
que no tardaría en llamarla, y ya estaba en
Buenos Aires, pues. Ya estaba.
Se retiró de la ventana, y fue hasta la cómoda.
Había allí un vaso, junto a la botella
de ginebra, y se sirvió un gran trago, bebiéndolo
de un sorbo. "Bocanegra". "El Púa".
Los diarios empezaban a hablar de pistas que
se siguen, de cercos que se cierran. Si no moría
Américo esta noche, volvería a verlo al
62
día siguiente con su risa de bebé gigante, unas
grandes tijeras en la mano, recortando las
crónicas de los periódicos, que guardaba cuidadosamente.
Imaginó a Acuña, su mirada
dura, disparando. Su mirada dura. Américo
le había contado que practicaba el tiro al
blanco con la misma asiduidad, la misma minuciosa
aplicación con que ensayaba sus carambolas
de billar. Ella sabía que este hombre
extraño no amaba el dinero, no amaba
a nadie. Marchaba sólo rectamente hacia alguna
parte, como un sonámbulo.
Volvió a servirse, esta vez más generosamente,
y siguió pensando. Porque ella pensaba
siempre. Desde chica, había en ella un
fuego que le hacía arder en el cráneo interminables
cavilaciones, siempre renovadas,
siempre irresueltas. Avanzó otra vez hasta la
ventana, pensando que debía resolver también
lo que le pediría esta noche a Santa
Rosa de Lima. A través de los vidrios, seguían
vislumbrándose las luces del río, la silueta
gigantesca de un rascacielos. Contra este rascacielos,
volvía a volar en la noche la paloma
azul.
63

V

Cuando Chola volvió
de la avenida, adonde había ido a comprar el
diario de la tarde para su padre, hojeó distraídamente,
como solía hacerlo, el periódico.
En la víspera, El Púa y Bocanegra habían
cometido un nuevo asalto. Cubriendo su retirada
a balazos, lograron huir, luego de trepar
a un automóvil que los aguardaba con el
motor en marcha. El periódico decía que la
inmunidad con que actuaban estos sujetos era
ya intolerable y dirigía una fuerte censura
a la policía.
Chola dobló el diario cuidadosamente, y al
entrar al patio de la casa olvidó repentinamente
todo lo que había leído. En el fondo,
en el altillo de Acuña, había una luz. "Ha
venido —pensó—. Al fin ;ha venido".
Llevó el diario a su padre, y estuvo un rato
ante el espejo, arreglándose. Luego salió y se
entretuvo en el patio, al pie de la escalerilla
65
pintada de rojo que conducía al altillo, arreglando
unas plantas. Anochecía, ya, y en la
atmósfera tiritaba el primer estremecimiento
del otoño.
Estaba inclinada ante un pequeño jazmín
del Cabo, sintiendo en el rostro la fragancia
dulce y penetrante de las flores, cuando oyó
el crujido de los peldaños. Levantó la cabeza,
y vio la silueta recta, altanera, descender con
sus pasos iguales de siempre, casi mecánicos.
De pronto sintió que una oleada de coraje
se apoderaba de ella, y echó los hombros
hacia atrás, irguiéndose, de modo que su pecho
joven marcó bajo su blusa una redondez
casi perfecta. En ese momento Acuña pasó
junto a ella, y Chola giró hacia él, resuelta:
—Buenas —dijo—. Ahora lo vemos poco por
aquí, ¿eh?
Y en seguida se sintió estúpida, con un secreto
deseo de llorar. Acuña retrocedió levemente,
como asombrado, y la miró con esa
mirada que parecía resbalar entre la superficie
de las cosas, sin penetrarlas. Chola pensó
que debía decir algo, que no era posible prolongar
esa mirada silenciosa de Acuña, y agregó,
torpemente:
—¿Por qué viene tan poco por aquí?
66
Acuña se inclinó, y aguzó esta vez su mirada,
despegando apenas los labios.
—Métase en lo que le importa. ¿Quiere?
—dijo—. Déjeme en paz.
Y rápidamente se separó de ella, avanzando
hacia la puerta.
Chola quedó inmóvil, la cabeza ladeada
como la de un pájaro, viéndolo cruzar el patio,
llegar a la puerta, desaparecer. Estuvo así
todavía unos instantes más, y luego inspiró
el aire con fuerza, como si hasta ese momento
se hubiera olvidado de respirar.
Allí en lo alto, el pequeño altillo de madera
volvió a mostrarse ante sus ojos, fascinante,
como un fruto prohibido. Ese altillo era también
como Acuña. Cerrado a toda intromisión,
vedado. Acuña se arreglaba él mismo su pieza
y tenía prohibido que nadie subiera a ella.
Sólo de cuando en cuando, por las mañanas,
y en su presencia, permitía a una mujer de
la casa que subiera con baldes y cepillos para
lavar el piso. Luego el altillo volvía a cerrarse,
y así quedaba aunque su dueño permaneciera
ausente durante meses. Todos se habían
acostumbrado ya a las extravagancias de Acuña,
y, por supuesto, a obedecerlas. Por remota
que pudiera ser la posibilidad de que Acu-
ña se enterara de que en su ausencia alguien
había subido a su altillo, no había entre todas
las personas que habitaban esa casa una sola
que se hubiera atrevido a afrontarla. Pero
Chola, precisamente, estaba ahora pensando
en atreverse.
Fue como un deseo súbito, casi carnal. Quizás
el destino se vale de estos impulsos repentinos
para ir soldando en torno de una
criatura los eslabones de una cadena imprevisible,
caprichosa. Quizás esa cadena sea una
obra directa de esos mismos impulsos, y el
destino no exista. Pero Chola empezó a subir,
uno por uno, los peldaños rojos, como llevada
de la mano por una tentación irresistible. No
pensaba en nada. O, acaso, sólo pensaba que
le gustaría ver ese altillo. Era como si se dijera:
"Voy a ser un poco feliz, allí".
No había previsto que la puerta podía estar
cerrada. Al llegar al pequeño rellano, se detuvo
ante ella, sin cuidarse de que pudieran
verla desde abajo. Estaba cerrada. Alargó
una mano, y el picaporte giró sin impulsar la
puerta. "Está con llave", pensó. El rellano formaba
una especie de plataforma, protegida
por una barandilla de madera que se prolongaba
en escuadra, junto a la parte anterior y
68
lateral derecha del altillo. Avanzó por allí. En
el costado, estaba la pequeña ventana que
daba al patio. Su antepecho distaba apenas
un medio metro del suelo. Hizo presión con
la mano contra las hojas de madera, y luego
de un esfuerzo la ventana se abrió. El gancho
que la sujetaba por dentro debía de estar mal
asegurado. Entonces inclinó el busto y miró
ávidamente el interior del cuarto. Una angos-
ta cama de hierro, deshecha, al fondo; un
 ropero pequeño, estrecho; una mesita de madera,
y dos sillas. A su izquierda, junto a la
ventana, sobre esta mesa, se veían aún los
útiles de afeitar, y un espejo, colgado de la
pared. Entonces se le ocurrió mirar hacia abajo,
temerosa de que alguien pudiera estar
observándola. El patio se veía desierto. Había
anochecido, y las mujeres estaban en sus cocinas,
preparando la cena. Los hombres no
debían de haber regresado aún del trabajo,
y los chicos jugaban a esta hora en la calle,
como de costumbre. Rápidamente levantó una
pierna, y se metió en el interior del cuarto.
Apenas si se podía andar por allí. Los muebles
dejaban sólo el espacio indispensable
para moverse. Miró todo, en torno, como si
tuviera que descubrir algo, y sintió tentacio-
69
nes de encender la luz. Pero se contuvo. Por
la ventana abierta, la penumbra casi nocturna
se entintaba progresivamente.
Miró el ropero, de puerta estrecha y cerrada
con llave. La madera estaba hendida en
distintos sitios. Vio sobre la mesa, junto a la
brocha de afeitar, todavía sucia de jabón, una
caja de fósforos, y tomándola rápidamente,
encendió uno. La pequeña llamarada le iluminó
la mano, y más allá tembló contra la puerta
del ropero. Entonces quedó inmóvil, mirando
esa mancha movible de luz que oscilaba
ahora contra la rendija vertical donde la
puerta del ropero, desvencijada, mostraba sus
bisagras. Allí, en el centro del manchón de
luz, por la rendija de la puerta, asomaba un
diminuto ángulo blanco de papel, como la esquina
de un sobre. Sintió que el corazón
apresuraba inexplicablemente sus latidos, y
antes de que advirtiera lo que estaba haciendo
lo había tomado ya entre el pulgar y el índice
de su mano libre. El sobre salió, totalmente,
y el fósforo le quemó la yema de los
dedos de la mano derecha. Casi temblando,
encendió otro. Entonces leyó la cara exterior
del sobre. "Para entregar a Ambrosio, si me
matan". Poco después, Chola, que había com-
70
probado que el sobre estaba abierto, leía esa
Carta alumbrándose con fósforos. Estaba fe-
chada varios meses atrás, y explicaba el conflicto
con El Cafre, y el plan madurado por
Acuña. Al pie, una larga postdata, que pare-
ía posterior, relataba a Ambrosio la muerte
de El Cafre, la ejecución del plan, y cómo
El Púa y Acuña eran dos personalidades de
un mismo sujeto. Y terminaba con una extraña
frase: "A tiros, ya que quieren tiros,
haré saltar las paredes de la ciudad".
Chola veía cómo temblaba la carta en sus
manos cuando volvía a colocarla en su sobre.
Cuidadosamente, empleando un tiempo que
le pareció eterno, volvió a introducirla en el
ropero por la rendija de donde la había sacado,
y empujó con la yema del dedo el ángulo
del sobre, hasta que desapareció del todo.
Una casualidad había hecho que ese ángulo
sobresaliera de allí para que ella pudiera
verlo, y suprimía ahora esa casualidad
para que no pudiera ser visto por otro. Cuando
salió al rellano, miró hacia el patio, ahora
totalmente en las sombras. Sólo en las cocinas
de lata y madera brillaban a través de las
puertas los resplandores del fuego. Desde la
calle, seguían llegando los gritos de los chi-
71
cos. Bajó rápidamente la escalera, pensando
que su padre, quizás, la había llamado. Hacía
una semana que su padre estaba enfermo, en
cama. Nadie la había visto. Y entonces sintió
que algo acababa de crecer dentro de ella,
agigantándola. Un secreto se enroscaba en su
corazón, como la serpiente en el árbol. Pero
esa serpiente, aunque la ahogara, aunque la
triturara, estaba encerrada en su pecho. La
quería sólo para el encierro de su pecho.

---
En ese instante Acuña avanzaba por la
avenida, hacia el café de Ambrosio. Sobre su
cabeza, un cielo casi negro, sin luna, dejaba
ver a veces, en la lejanía, una estrella remota,
como una gota diminuta de plomo fundido.
En la puerta del bar, estaba Marcial,
viéndolo acercarse.
—¿Vas al bar? —le dijo, inútilmente—. Se
te ve poco, ahora, por el barrio.
Acuña pensó extrañamente en el disgusto
de su padre cuando su hermana casó con el
padre de éste, de Marcial. El padre de Mar-
72
cial era gallego, y había llegado al país, a
fines del siglo, escapando de la guerra de Cuba.
Corría ahora el año cuarenta. Y Ambrosio
le había contado que acababan de llegar
de España unos primos de Marcial, escapando
también del final de otra guerra. Sólo
que ésta era la guerra civil española.
—Sí, voy —dijo Acuña, y fue a entrar en
el café. Pero Marcial levantó un brazo, señalándole
el alfiler de corbata.
—¿Dan? —preguntó.
Acuña se detuvo, y apretó los dientes.
—Qué —preguntó, sin entonar la voz.
—Las mujeres —replicó Marcial, sonriendo»
Acuña recordó de pronto, bruscamente, su
amistad, de niño, con este primo suyo. Más
tarde, Marcial había "sentado cabeza", y había
aprendido el oficio de albañil. Después
se había casado. Ahora decían que era "frentista",
y que nunca le faltaba trabajo. Acuña
largó el aire que hasta ahora había contenido
tras los labios cerrados. "Paciencia", pensó,
y penetró en el bar.
Ambrosio levantó los ojos, sin soltar la pequeña
manija de la máquina "express".
—Parece que te vas perdiendo —le dijo,
intencionadamente—. De vista, digo.
73
En Ambrosio también había un acento de
reproche, de mofa, pero algo más triste. Acuña
pensó como siempre, en estos casos, en la
carta que tenía preparada para él, y lo miró
volverse hacia la estantería, su torso rechoncho
y fuerte bajo la tricota de lana, su corta
nuca de toro. El viejo se volvió hacia él,
y puso una botella y un vaso pequeño sobre
el mostrador. Miró el traje gris obscuro de
Acuña, nuevo, sin duda, el pelo engomado,
los guantes que asomaban del bolsillo exterior
del saco.
—Es el Destino —dijo, sin mirarlo—. El
Destino.
Acuña tomó la botella, y se sirvió. Otra
vez, repitió para sus adentros la palabra taciturna
y seca, obstinada: "Paciencia". A sus
espaldas, alguien comentaba la última hazaña
de El Púa. Un centenar de miles de pesos.
Un policía muerto y un pobre chico que cruzaba
la calle. Acuña vio en el recuerdo los
ojos negros de Alma y vació el vaso de un
trago. Alma lloraba por el chico.
—¿Vas a quedarte, un rato?
Ambrosio oprimía un trapo mugriento entre
los dedos, al hablar, y empezaba a pasarlo
sobre el mostrador de aluminio en grandes
74
movimientos concéntricos.
 —Pensaba... —dijo Acuña. Volvió a servirse,
y miró, al soslayo, el brazo de Ambrosio
que se detenía.
 —¿Y?... —preguntó el viejo.
Acuña se encogió de hombros. Otras veces
había venido también con la idea de hacer
1 uno de sus viejos solitarios de billar. Y se
había ido, sin hacerlo. Se apartó del mostrador,
sin contestar a Ambrosio, y atravesó
el café, avanzando hacia los fondos, donde
estaba el billar. "El Púa pareció encerrado,
entre cuatro —decía uno—. Y parece que
atropello, revólver en mano..." En una larga
mesa donde se jugaba a las cartas el mazo
había quedado olvidado. "El jefe parece que
es El Púa —decía otro—. Bocanegra y Galíndez...".
Hacía tiempo ya que los periódicos
habían dado la celebridad de los grandes
titulares y las primeras páginas a El Púa,
Bocanegra, y Galíndez. Acuña se detuvo junto
a su billar, sin funda, y pasó suavemente
la mano por la arista interior de la baranda.
Entonces, el roce aterciopelado del paño le
puso en las yemas de los dedos una antigua
y dulce voluptuosidad, como si evocara la
fruición de moverse en torno de esa mesa
75
donde las bolas bruñidas tejen sus arabescos
exactos, dóciles a la magia de su virtuosa
habilidad. Y recordó, con violencia física, sus
largas horas de ensimismamiento volcadas
ante este paño verde, y le pareció sentir el
golpe del taco imponiendo a la bola la trayectoria
prevista, que se cumple en susurros
suaves, silbantes, en su entrechocar rumoroso,
en sus contracciones súbitas. Mientras él
recoge cada uno de estos estremecimientos
con todo el cuerpo, como ondas que llegaran
hasta el agua quieta de su soledad. Es decir,
de la historia secreta de su vida, de su adolescencia,
del día en que empuñó el taco por
primera vez ante esta misma mesa, esta mesa
en la que más tarde, al compás del juego
soledoso, se fueron elaborando sus planes,
se endureció su rencor, se decretó al fin el
nacimiento misterioso de El Púa. Ante esta
mesa donde toda su vida se fue resumiendo
en frases, y cada frase en una fantástica decisión,
definitiva como el golpe del taco sobre
la curva de marfil. Fue aquí, en este
largo ocio volcado sobre el juego, donde pudo
vivir el clima propicio a sus ideas secretas
respirar el oxígeno necesario a sus pulmones.
Y ahora, de pronto, desde hacía un tiempo,
76
este oxígeno no estaba, esta atmósfera se había
enrarecido sobre su billar, apartándolo de
él, inmovilizándolo. Y mientras las yemas de
los dedos seguían resbalando sobre el paño
verde en una abstraída caricia, vio que se
encendían dentro de él, como dos luces bur-
lonas, los ojos de Alma. Y entonces supo que
eran esos ojos los que habían hecho irrupción
en la atmósfera de ese billar, enrareciéndola,
impidiéndole el paso.
Retrocedió bruscamente, y vio delante el
rostro de Sebastián, el mozo, que sostenía en
las manos la caja de bolas. Lo apartó con
un ademán brusco, que hizo trastabillar al
infeliz, y se dirigió rápidamente hacia la puerta.
Al salir, un individuo que entraba en ese
instante tropezó accidentalmente con él. Entonces
Acuña levantó una mano, colérico, y
dándole un empellón violento lo arrojó contra
la pared, donde el sujeto, al reconocerlo,
quedó encogido y temblando, una mirada de
pánico reflejada en sus ojos. Acuña se contuvo,
estirándose las solapas del saco, y sin
decir palabra salió a la calle, sintiendo que
desde el mostrador habían estado siguiéndolo
los ojos asombrados de Ambrosio.
77

VI
Américo esperaba en
el lujoso vestíbulo de la pensión donde se
habían mudado varios días antes, de acuerdo
con decisiones que tomaba Acuña de cuando
en cuando. Primero se habían mudado de la
calle Corrientes a un hotel próximo a Retiro,
luego a una pensión de la Avenida de Mayo,
y ahora a esta pensión de lujo del barrio
Norte. Era un cuarto en un sexto piso, con
grandes ventanas a la calle. Alma debía de
estar allí, arreglándose.
Américo estaba sentado en uno de los mullidos
sillones que adornaban ese vestíbulo, y
pensaba en ella. Habían vuelto a discutir.
"Sería mejor que mandaras al diablo tu maldita
chacra, de una vez", había dicho Alma.
Era una lástima que no pudiera mascar ahora
un poco de tabaco. Había aprendido de Acuña
a callar, y se había callado. No ignoraba
que ella quería quedarse en Buenos Aires. La
79
vida nocturna, vestidos escotados, baile. Era
en realidad una lástima que no pudiera mascar
ahora un poco de tabaco.
Se puso de pie, y sacó del bolsillo del chaleco
su reloj de oro. Alma tardaba demasiado
en vestirse, y a él no le gustaba llegar tarde
a las citas con Acuña. "Tengo que decirle
también a Acuña que voy a comprar la chacra
—pensó—. Cuando llegue el momento".
Atravesó el corredor, y llegó hasta su cuarto.
Alma estaba vestida ya, poniéndose rimmel
en las pestañas. El espejo del tocador devolvía
su rostro hermoseado por los afeites.
Se acercó.
.—¿Falta mucho? —preguntó.
La voz había sonado un poco débil. Alma
se volvió.
—Ya estoy —dijo.
Por el espejo, veía la cara de Américo. Al
ponerse rimmel, mientras tanto, se le marcaban
a ella tres finas rayas horizontales en la
frente. Como cuando pensaba en algo. Pensaba
ahora que podía hacer lo que quisiera
con este gigante que parecía más bobo, al
sonreír como lo estaba haciendo en este momento,
con su cara rasurada, casi rojiza. Lo
que quisiera, menos hacerle abandonar esa
80
estúpida idea de la chacra, o usar reloj puliera,
por ejemplo. Rió, y dejó el cepillito de
rimmel sobre el tocador.
—Bueno, hacemos las paces, entonces —dijo
Américo como si acabara de interpretar la
sonrisa de Alma.
 —Sí —dijo Alma. Fue en seguida hasta el
ropero, tomó de allí un abrigo liviano, y añadió—:
Vamos.
Cuando llegaron al restaurante, Acuña estaba
ya esperándolos. Era un "club" nocturno,
que se llamaba "El Sótano Rojo", sin duda
por estar situado efectivamente en el sótano
de un ex depósito de comestibles, ahora
pintado de rojo. Acuña alcanzó la lista a Alma,
y Alma la tomó, rozándole la mano con
los dedos. Trajeron una mesita con ruedas
donde se veía un brasero y una parrilla, para
que el asado terminara de cocerse a la vista.
Alma miró el pequeño salón oval con un óvalo
más pequeño, en el centro, donde se bailaba.
A la derecha, el mostrador americano, y
al fondo, en una especie de escalinata, la orquesta.
Un cantor elevó una queja melodiosa
y la orquesta inició una lenta canción centroamericana.
Todo se hacía aquí silenciosamente,
como en un film mudo. Los mozos jamás
81
gritaban, y se veía que sus zapatos estaban
provistos de suelas de goma. Alma se miró
al espejo.
—Me he despeinado —dijo, y se levantó.
Américo la miró alejarse. Era notable cómo
había cambiado desde que llegara a Buenos
Aires. Nunca se cansaba de asombrarse de
eso. Vio al mozo que retiraba los platos, y
se volvió hacia Acuña.
—¿Así que lo de mañana no será mucho?...
Acuña conocía esa inflexión de codicia en
la voz de Américo.
—No creo —dijo.
Américo se mordió el labio. Hubiera querido
preguntarle a Acuña si se demoraría demasiado
ese golpe, del que le había insinuado
algo hacía poco, y que sería verdaderamente
grande. El no esperaba más que eso para retirarse,
para volverse al campo. Ya no era su
chacra solamente la que veía en sueños. Era
una gran extensión de tierra. Quizás una estancia.
Millares de toros y de vacas de raza.
Un golpe más, bien grande, y bastaría. Deseó
ardientemente que la próxima aventura fuera
la penúltima, y como de pronto sintió que
la boca le ardía en una sed de fuego, llenó
82
su vaso de vino y lo bebió hasta el final.
Acuña irguió las cejas, y lo observó en silencio.
Al instante, Américo volvió a beber. Hacía
tiempo ya que bebía casi ininterrumpidamente.
Alma terminó de arreglarse el pelo, y salió
al salón. Al avanzar hacia la mesa, fue sintiendo
como siempre las miradas de los hombres,
cálidas sobre el cuerpo como la presión
de una mano. Un individuo con aspecto de
aristócrata la siguió con los ojos, desde su
mesa. Al pasar junto a él, murmuró: "Exótica
y sensual". Alma retuvo estas palabras,
para recordarlas. No las entendía bien pero
le gustaban. Con esas palabras podría aludir,
en lo sucesivo, a lo que sentía de valioso en
sí misma. Al capital, como si dijéramos, con
que podía contar. "Para el peor de los casos".
Mientras Alma se sentaba, Américo vio las
tres arruguitas que se formaban en la frente
de su mujer.
—¿En qué estas pensando? —preguntó.
—En nada —contestó Alma, y se volvió hacia
Acuña—. Te estás volviendo solitario —le
dijo, de pronto.
La orquesta acababa de iniciar una sesión
de tangos. Américo se sintió molesto. Alma
83
estaba haciendo alusión al celibato de Acuña
de los últimos tiempos, y él sabía que a Acuña
no le gustaba que hablaran de sus mujeres.
Alma y Acuña se tuteaban por insistencia
suya, y eso estaba bien. Pero no quería que
Alma extremara su confianza llevándola hasta
esas cosas.
—¡Estas mujeres! —exclamó, torpemente,
tratando de atenuar el hecho. Y miró a Alma—.
¿Querés bailar? —preguntó.
—Bueno —contestó ella—. Pero con Acuña.
Vos no sabes bailar el tango.
Amério rió, como satisfecho. Golpeó de manos.
—Whisky —le dijo al mozo, que se acercaba.
Acuña parecía meditar. De pronto se levantó,
y esperó a Alma. Alma se puso de pie.
—Vamos —dijo.
Bailaron. El tango era viejo. Alma lo había
oído, de niña, en Tres Cruces. Empezó a canturrearlo,
lentamente, casi contra la oreja de
Acuña.

Sufro...
Por el pasado que añoro...
El viejo tiempo que lloro...

La mano de Acuña se oprimió en su talle.
—Cerra el pico —dijo—. No quiero que
cantes eso.
Alma echó el rostro hacia atrás, mirándolo.
—¿Por?... —preguntó, los ojos oblicuos,
casi cerrados.
—Porque no se me da la gana —dijo secamente
Acuña.
Alma se mordió los labios. Bajó la cabeza,
como si tuviera que examinar la corbata
de Acuña. De pronto, inesperadamente, preguntó:
—Vos no dejarías esta vida por nada, ¿no?
Acuña guardó silencio. Al cabo de un rato,
mientras daba una media vuelta, contestó:
—No.
—Pero no se puede seguir siempre así...
—exclamó Alma, con repentina vehemencia—.
¡Tarde o temprano tiene que terminar!
Acuña giró el rostro, mirándola. Las pupilas
de Alma parecían más negras que otras
veces. Aflojó la mano que ceñía su cintura.
—¿Y a vos qué te importa? —preguntó,
lentamente—. Aparte de lo que toca a Américo,
es claro. ¿Qué te importa?
Alma volvió a entornar los ojos viendo describir
un lento semicírculo, en la vuelta del
baile, a las paredes de color sangre. Algo son-
85
reía dentro de ella, mientras la pierna izquierda
le quedaba en el aire, arqueada hacia
atrás. Sintió la voz de Acuña, rápida como
la cólera.
—¿Es verdad que te llamas Alma, vos? Decí:
¿Alma, te llamas?
Y de pronto, con una irrupción urgente,
premiosa, la voz de Acuña siguió descargando
preguntas, una tras otras, como una sucesión
de latigazos:
—¿No te pusiste ese nombre? ¿No lo inventaste?
Y tu padre, ¿es verdad que era nieto
de un capitán de Urquiza? ¿Y tu madre era
india, o son cuentos tuyos? Quiero saberlo,
rápido. ¿Es verdad, eso? Lo de india, lo de
tu nombre, todo.
Alma se apretó contra Acuña, como sacudida
por ese aluvión de palabras, ciertamente
excepcional, por esa locuacidad tan insólita
en él, que ahora cobraba una vibración casi
feroz. Sintió que sus pechos se aplastaban
contra las solapas de Acuña, y murmuró:
—Alma Rosa me llamo, te juro. Mi madre
era india, ranquel.
Inadvertidamente, había recobrado su tono
provinciano, ese "cantito" que ya había olvidado.
86
Acuña aflojó la mano que hasta entonces
había estrechado contra él la cintura de
Alma.
—Está bien —dijo, como dominándose.
Entonces Alma sintió que una tentación de
risa ascendía hasta su pecho, y cedió a ella,
soltando la carcajada.
—¿Qué te pasa? —dijo Acuña, ásperamente—.
¿A qué viene esa risa?
—¡Oh, nada! —respondió Alma, conteniéndose—.
Estaba pensando...
Miró a Acuña, de frente, y aproximó el ros-
tro a él, bajando la voz:
—Decime —susurró—. ¿No estarás querien-
do quitarle la mujer a tu amigo?
Acuña frunció el ceño, sin dejar de mi-
rarla a los ojos. A la vez susurró, con un tono
de voz como si hablara para sí mismo:
—Y si así tuviera que ocurrir... ¿Qué vas
a hacerle? Paciencia.
En seguida se encerró en un mutismo ausente,
endurecido. Alma no hizo nada por
quebrantarlo. Cuando terminó el baile, volvieron
a la mesa. Américo estaba sirviéndose
whisky, con una mano insegura, arrojando a
veces gotas sobre el mantel. Se había aficionado
a esta bebida, que al principio le pa-
87
recio insoportable.
Alma se sentó y dijo volublemente, mientras
se echaba hacia atrás el pelo que le caía'
sobre las orejas:
—Dice Acuña que no dejaría la vida que
hace por nada del mundo. Ni siquiera por una
mujer a la que quisiera en serio.
Américo rió, inclinando la botella sobre el
vaso de Acuña.
—Yo no lo entiendo a Acuña —dijo con
voz festiva, aunque pastosa—. Nadie lo entiende
a Acuña.
—¿No es cierto que me dijiste eso? —preguntó
Alma, volviéndose hacia Acuña.
—Ahá —contestó éste—. Es cierto.
Quedó un instante en silencio, y de pronto
levantó los ojos, mirándola.
—No voy a estar preguntándole a mi mujer
si le gusta mi vida. Si algún día tengo
que caer —añadió—, mi mujer caerá conmigo.
Y rechazó el vaso que le había servido
Américo, haciendo un ademán de desdén.
—Ginebra —dijo al mozo que se acercaba
en ese instante, sonriente y solícito.

---

Cuando Américo se despidió, a la noche siguiente,
haciendo las recomendaciones de
costumbre ("Si ocurre algo, vos no sabías
nada... La plata está en Tres Cruces..."),
Alma no dilató la espera apoyando la frente
en los vidrios de la ventana, viendo parpadear
los letreros luminosos a lo lejos, o paseándose
por la habitación para detenerse de
cuando en cuando, ante la cómoda, y servirse
un vaso de ginebra. Esta vez tomó directamente
la botella y el vaso, los dejó sobre
la mesita de luz, y luego de rozar con la
yema de los dedos la superficie satinada de
Santa Rosa de Lima, que estaba allí apoyada
en el velador, se desvistió rápidamente y se
metió en la cama.
Antes de apagar la luz, se sirvió medio vaso
de ginebra, y lo bebió hasta el fin. Nada le
había dado mejor resultado contra la falta
de sueño que la ginebra, y ahora quería dormirse,
pronto.
El sueño le llegó casi al momento. Apagó
la luz, y le pareció que aún no había quedado
totalmente dormida cuando las imágenes
de su sueño empezaron a hacerse cada
vez más vividas, hasta desalojar toda otra
sensación de realidad. Estaba, en verdad, en
un enorme vapor, y a los lejos una orquesta
88 89
de jazz ejecutaba una canción dulcísima, que
parecía acompañar el ritmo de la marcha del
barco. Más tarde soñó con un país extraño.
Tenía cierto parecido con Tres Cruces, pero
ella sabía que eso era Europa. Subía a una
montaña acompañada por Américo. De pronto,
la tierra parecía desmoronarse bajo sus
pies, y sintiendo que estaba a punto de caer
en el vacío se precipitaba hacia Américo, aferrándose
a su pecho. Pero entonces no era
Américo sino Acuña, y ella sonreía. Luego
aparecieron imágenes mezcladas, bastante incomprensibles.
No conocía bien a una mujer
vieja, que le repetía: "¡Apúrate! ¡Apúrate!"
Ella se apuraba. Pero parecía que algo impedía
su marcha, pues la vieja seguía repitiendo:
"¡Apúrate! ¡Apúrate!". Entonces Américo
estaba bebiendo un gran vaso de whisky,
y recordaba en el sueño algo que había pasado
en la realidad. Una vez Acuña le había
dicho, viendo beber tanto a Américo: "Parece
que a Américo le está fallando el corazón".
Ella sabía, en el sueño, que Américo bebía
porque tenía mucho miedo de morir, y porque
sus nervios no soportaban esa clase de
vida, cuya tensión aumentaba cada vez más.
"Tiene miedo de morir —decía entonces Al-
90
ma en su sueño—. Quiere irse antes con Jorgito
y la chacra". Y se extrañaba que Jorgito
fuera su hijo, que había quedado con la abuela,
y volvía otra vez a oír a la vieja que repetía:
"¡Apúrate!" Pero no pudo apurarse,
porque oyó el ruido de una puerta al abrirse.
Abrió los ojos y comprendió que había soñado
y que despertaba. Era Américo que volvía.
Dudó todavía un momento, pero la evidencia
del despertar le llegó con la sombra
del cuarto, los pequeños latidos del reloj, sobre
la mesita de luz. Sintió el ruido del cinturón,
como de costumbre, al caer dentro del
cajón de la cómoda. Entonces no tuvo ya
ninguna duda de que estaba despierta. Américo,
en efecto, estaba de regreso. Abrió los
ojos, y lo vio acercarse. Sintió su aliento en
la cara: "Todo bien, Alma, todo bien". Volvió
a cerrar los ojos.
Era ya de día, cuando despertó. Américo
dormía con sus fuertes ronquidos de siempre,
la boca entreabierta, y la botella que había
quedado en la víspera sobre la mesita de luz,
estaba casi vacía.
91

VII
Durante toda la semana
siguiente, Alma y Américo no vieron
a Acuña. Tampoco les hablaba por teléfono.
"Debe estar pensando en eso", decía Américo,
excitado. Y en seguida se servía cuatro dedos
de whisky. Alma sabía que "eso", era el famoso
gran golpe que Américo esperaba. Es
decir, el que para él sería el último.
—Seguramente está en su barrio, jugando
al billar —añadía Américo, locuazmente—. Es
como piensa mejor las cosas. Jugando solo.
Y por centésima vez le contaba cómo había
I conocido a Acuña, desafiándolo a jugar al bi-
llar, y cómo más tarde se había enterado que
eso pudo haberle costado caro. "Una vez le
dio a uno un tacazo en la cabeza, por moles-
tarlo", añadía, agitando su gran manaza en
el aire.
Alma había salido todas las mañanas, desde
1a última cena en el Sótano Rojo, de paseo.
93
Decía que iba de compras. A Américo no le
importaba, porque dormía hasta tarde. Pero
ella pasaba frente al hotel donde se alojaba
Acuña. Sin embargo, no lo había visto una
sola vez. Esa tarde, en cambio, su encuentro
fue realmente casual.
Salía de una perfumería, con las manos llenas
de pequeños paquetes, cuando, al pasar
frente a un café, lo vio a través de la vidrie-,
ra. Estaba solo, arrojando el humo del cigarrillo
contra el pocilio de café. Alma entró
rápidamente, y se sentó frente a él, antes
que pudiera impedirlo.
—No te vayas —le dijo, al ver que hacía
ademán de levantarse—. Charlemos un rato.
Y como Acuña no le contestara, mirándola
como si pensara en algo, añadió con cierta
burla:
—Una vez dijiste que a Américo le falla
el corazón ¿A vos no te falla nunca?
Acuña volvió a sentarse, mirándola, los párpados
arrugados.
—Yo no tengo de eso —dijo, secamente.
—¿No? —Alma sonrió, inclinándose—. A lo
mejor para los tiros, no. Pero para una mujer...
¡Estás escapándole a una mujer, Acu-
94
ña! —agregó, como si descubriera repentinamente
un enigma—. ¡Me estás escapando a
mí! ¡El Púa, el famoso Púa, escapa de una
mujer!
Acuña alzó las cejas, como si esa fuera toda
la reacción de que se sintiera capaz. Alma
sabía muy bien que si Acuña luchaba consigo
mismo no era por cierto en consideración a
Américo. Se lo dijo, con las frases que se le
ocurrieron. Y Alma no se equivocaba. Acuña
no quería ningún dominio sobre él. Ni siquiera
el de un sentimiento. Como si en su
alma no hubiese más sitio que para el odio,
y necesitara arrojar de sí todo lo que no
fuera el odio mismo.
—Pero Américo no hace más que hablar
de eso que vos estás planeando —siguió Alma—.
¡Para irse al campo! ¡Para llevarme al
campo!
Entonces Acuña se inclinó, despegando los
labios:
—¿Y vos? —preguntó, repentinamente.
Alma entrecerró los ojos:
—Yo quisiera que eso no llegara nunca
—dijo, muy despacio.
Acuña sonrió. Levantó una mano, haciendo
una seña al mozo.
95
—Voy a pedirte café —y no sin cierta burla,
añadió—: Sin embargo, podrías soñar vos
también en eso. Si la cosa sale bien, se llenarán
de oro.
Alma se echó hacia atrás:
—¿A vos no te importa el oro, ¿no? —preguntó
otra vez con un tono rápido.
Acuña esperó a que el mozo dejara el café
delante de ella. Siguió mirándola, como si
meditara. Cuando el mozo se fue, dijo, simplemente:
—No.
Alma no tocó el café.
—Es inútil, Acuña —prosiguió asumiendo
poco a poco un tono persuasivo, casi suplicante—.
Es inútil. Somos iguales. Vos y yo
somos de la misma pasta. Américo va a ser
feliz, con su hijo y su chacra. Y vos...
Acuña levantó el rostro, como interrogándola.
—.. .Vas a quedarte solo —terminó Alma.
Acuña pensó en Galíndez, que también mostraba
síntomas de cansancio. Rió para sus
adentros, sin mover un músculo de la cara,
y bajó los ojos hasta su pocilio de café.
—Siempre estuve solo —dijo, dejando ya
que la sonrisa interior le llegara al labio.
96
Entonces Alma exclamó en un susurro, casi
sin voz:
—Pero podes estar conmigo.
Acuña la miró, esta vez, rectamente. El
ángulo de su boca se crispaba en una mueca
que parecía no sólo sonreír, sino decir algo.
Era como si dijera que esa circunstancia dependía
en realidad de él, no de Alma. Alma
lo entendió así, rápidamente, y sintió que necesitaba
contenerse.
—Estás muy seguro, parece —dijo, haciendo
ademán de levantarse—. Pero te digo una
cosa: Vas a tener que elegir, entre yo y esa
vida. Esa maldita vida.
Pero no pudo terminar de levantarse. Acuña
había cruzado rápidamente una mano sobre
la mesa, y la había tomado de la muñeca.
Alma sintió que esa mano apretaba, hasta
hacerle reprimir un grito. Siguió apretando,
hasta que Acuña, sin dejar de mirarla, la
soltó, bruscamente.
—Podes irte —dijo.
Alma se levantó, restregándose la muñeca,
y se fue, sin añadir una palabra. Al llegar
a su casa, encontró a Américo, como otras
veces, ocupado con su cuaderno, donde pegaba
los recortes de periódicos que hablaban
97
de sus asaltos. Tenía en las manos unas enormes
tijeras, y a su lado caían los recortes de
papel, en torno a la butaca donde estaba
sentado.
—¡Hola! —dijo, al verla—. Debe ser tarde,
ya.
Y empezó a guardar sus papeles y sus recortes.
Alma se frotó la muñeca, todavía dolorida,
y miró la bata azul de seda que llevaba
Américo, sobre la que se veían pintados
unos dibujos semejantes a telarañas rojas.
—Acuña no habló —dijo Américo, como si
le diera una mala noticia. Se pasaba las tardes
esperando el llamado de Acuña.
—Acabo de verlo —contestó Alma, distraídamente,
mientras se quitaba el sombrero.
Américo se aproximó a ella, ansiosamente:
—¿Te dijo algo? —preguntó.
—No —respondió Alma.
—¿Dónde lo viste? —prosiguió él, ya con
menos interés, terminando de guardar sus
papeles y su tijera en una pequeña valija
con llave.
—En un café. Pasaba por allí y estaba junto
a la vidriera...
Américo volvió a decir que sin duda le
llamaría pronto. Y habló otra vez de la cha-
98
era. Del viaje que realizarían al día siguiente
de ese último golpe. Alma respondió a todo
con monosílabos, y cuando trajeron la cena,
comió en silencio. Américo le preguntó si le
pasaba algo, y ella dijo que le dolía un poco
la cabeza.
No bien se llevaron la vajilla, se acostó.
Américo la miró desvestirse y siguió el movimiento
rápido de sus brazos, al quitarse el
viso por la cabeza, y ponerse el camisón, en
un relámpago de su desnudez morena.
—Es una suerte que no salgamos esta noche
—dijo Américo, sin dejar de mirar cómo
el cuerpo de Alma desaparecía bajo las colchas—.
Yo también tengo ganas de acostarme.
—Yo tengo ganas de dormir —contestó Alma,
secamente—. Buenas noches.
Y se volvió de cara a la pared, dándole las
espaldas.

---
Esa noche, en lugar de dirigirse a su hotel,
Acuña se fue directamente a su barrio. Llegó
al café de Ambrosio y, como otras veces,
avanzó directamente hacia su billar. Los que
estaban ocupándolo en ese momento se apartaron,
al verlo, y colgaron los tacos. Así ocurría
siempre que alguien estaba usando el
billar de Acuña cuando llegaba éste. Pero
Acuña se detuvo, mirándolos, y de pronto alzó
una mano.
—No —dijo—. Sigan. No voy a jugar.
Y se volvió, yendo hacia el mostrador.
—Parece que va perdiéndole el gusto al billar
—dijo uno de los jugadores en voz muy
baja.
—Sí —susurró el otro—. Viene muy poco
ahora, por el barrio.
Acuña estaba pidiéndole una ginebra a
Ambrosio.
—¿Cenaste? —le preguntó Ambrosio.
—Sí —dijo Acuña—. En el centro.
Ambrosio hizo una especie de bufido:
—¡Ah, claro! —rezongó—. En el centro.
Acuña bebió la ginebra, y de pronto, como
si sintiera a ratos latigazos de cólera, se despidió
bruscamente de Ambrosio y se fue.
Poco después llegaba a su altillo. El patio de
la casa, en la noche de invierno, se veía desierto.
Sólo brotaban hendí jas de luz por las
puertas cerradas. Una luz débil, de lámparas
100
de kerosene. Acuña subió la escalerilla lentamente,
satisfecho de no haber tenido que saludar
a nadie. Pero alguien lo había visto.
Chola entreabría la puerta de la cocina, en
ese momento, y miraba con una mirada secreta
y penetrante su silueta desdibujada en las
sombras, elevándose con el ritmo de siempre,
como si ascendiera en la noche.
101

VIII

Américo recibió el
llamado de Acuña dos días después. Era un
jueves por la tarde, y el invierno empezaba
a apoderarse de la ciudad envolviéndola en
una llovizna casi impalpable, como un gran
aliento turbio. Junto al balcón, Alma miraba
correr las gotas por los cristales. Américo, a
sus espaldas, se paseaba de un lado a otro,
un vaso de whisky en una mano. "Tarda demasiado",
decía, como el que está quejándose
de algo. "Tarda demasiado", repetía, al momento.
Fue entonces cuando golpearon con
los nudillos, y se oyó la voz del mucamo,
desde afuera:
—"El señor Grassi, al teléfono".
Américo se detuvo en la mitad de un paso,
miró a Alma, y de pronto vació el resto del
vaso.
—¡Ya voy! —gritó.
Dejó el vaso sobre la cómoda, y salió. Alma
103
apoyó la nuca en el respaldo del sillón en
que estaba sentada, y siguió mirando cómo
las gotas de agua se deslizaban sobre el vidrio.
Cuando Alma sintió que Américo regresaba
al cuarto, no volvió la cabeza. Oyó sus pasos,
y dejó que una mueca se le inmovilizara
en el ángulo de la boca. El respaldo del sillón
acababa de ceder, junto a su nuca. Con sólo
mover los ojos, pudo ver, al soslayo, la enorme
manaza de Américo resaltando contra la
tapicería floreada, junto a su pelo.
—Es Acuña, al fin —dijo la voz de Américo,
turbia de ansiedad—. Mañana nos reunimos.
La cosa es el sábado.
—¿Te habló desde el hotel? —preguntó Alma
con tono neutro, sin volverse.
—Sí —contestó Américo—. Dice que mañana
nos explicará todo. Tengo que ir a dar
aviso a Galíndez, ahora. Para que esté en el
rancho.
Alma cerró los ojos. Ignoraba a qué lugar
misterioso iría Américo a avisar, o hacer avisar,
vaya a saber qué, a Galíndez. Sólo sabía
que era un sitio bastante lejano. Oyó abrir la
puerta del ropero y algo así como el ruido
de una percha al descolgarse. Américo estaría
buscando su impermeable.
—Si no llego a la hora de cenar, no me
esperes —dijo ahora la voz de Américo, aproximándose—.
Es un poco lejos.
Esta última frase estaba dicha contra su cara.
Abrió los ojos y vio allí el rostro de Américo,
inclinado ante ella, mientras terminaba
de abotonarse maquinalmente su impermeable.
La cara enorme, huesuda, sonrió, y vio
los dos hoyuelos de Américo formarse en sus
mejillas.
—Falta poco, ya se termina —susurró .
Pasado, sábado. Después, el mismo domingo,
nos vamos.
Fue a decir algo, pero el beso de Américo
le tapó en ese instante la boca. "No vale
la pena —pensó—. No vale la pena decirle
nada".
Lo vio alejarse, sin moverse. Oyó el ruido
de la puerta, luego sus pasos en el corredor
más tarde el modo en que el rumor del ascensor
descendía, como algo que se hunde.
Entonces se levantó, pasó al baño, y se pre_
paró una ducha caliente. Estuvo largo tiempo
bajo el agua, jabonándose, y luego se perfumó
cuidadosamente, sin olvidar un solo rincón
de su cuerpo. Cuando estuvo pintada y
peinada, eligió ante el ropero su mejor ropa
104 105
interior, y un vestido de jersey de lana, que
le ciñó el cuerpo como un guante levantándole
los pechos. "No hace mucho frío —pensó—.
Puedo salir con el abrigo encima". Eligió
un abrigo de paño caqui, una especie de
perramus.
En ese momento, Acuña estaba afeitándose,
en el cuarto de su hotel. Se secó la cara rápidamente,
al terminar, y empezó a hacerse
el nudo de la corbata. Poco después, ya vestido,
abrió el ropero, para descolgar su abrigo,
y pensó, mirando el reloj que adornaba
el velador de la mesa de luz. "Américo debe
estar llegando a Lugano, ya". Entonces detuvo
la mano que iba a retirar la percha del
ropero, porque alguien golpeó en la puerta.
Apretó el brazo izquierdo contra el costado
del cuerpo, hasta sentir la dureza del revólver
bajo la axila, y preguntó:
—¿Quién es?
—Yo —dijo la voz de Alma desde afuera—.
Alma.
Acuña dejó la percha en su sitio y cerró
el ropero. En seguida cruzó la habitación, y
abrió la puerta. Alma estaba allí, mirándolo.
—Subí directamente —dijo Alma metiéndose
en el cuarto—. Dije que me esperabas.
106
Acuña la siguió con los ojos, y cerró la
puerta, dando una vuelta a la llave. Alma se
quitó el abrigo, y lo arrojó de cualquier modo,
sobre la cama. Los ojos de Acuña recorrieron
rápidamente su silueta, marcada por
el traje de jersey.
—No me esperabas. ¿No? —preguntó con
cierta burla, volviéndose hacia él.
—Iba a salir, ahora. Pero...
Alma se acercó:
—¿Pero?...
Acuña retrocedió levemente, y sacó un cigarrillo.
—Debes tener algo que decirme —contestó.
Alma se mordió los labios:
—Sé que le hablaste a Américo —exclamó,
de pronto—. Ha ido a avisar a Galíndez. Mañana
se reúnen y el sábado... —se detuvo,
de pronto. Acuña fumaba, en silencio—. El
sábado es lo último —prosiguió—. Ellos no te
habrán dicho nada, pero yo lo sé.
—¿Qué es lo que sabes? —preguntó él como
si sonriera con los ojos.
—Que si salen bien van a dejarte. Por lo
menos Américo... '
Y, exaltándose progresivamente, le dijo
que si esperaba la deserción de su amigo para
107
más adelante estaba equivocado. Que a partir
de la semana próxima debería arreglárselas
sin Américo. Que Américo mismo le había
dicho, esa mañana, que el domingo tomarían
el tren de la noche, para Tres Cruces.
—¡A comprar su chacra, su maldita chacra!
—gritó, casi—. Pero yo no quiero irme. Quiero
quedarme con vos, porque somos iguales,
porque sé que vivís pensando en mí...
Y volviéndose tierna, de pronto, casi suplicante:
—Yo también vivo pensando en vos, Acuña...
El mundo es grande. Vas a tener mucha
plata... Podemos irnos. He soñado a veces
con un vapor, y yo a tu lado... Solos, los
dos. ¡Por favor, Acuña, querido, vida mía!
¡Quiero que sea también el último, para vos!
Alma le había puesto las manos en los hombros,
y su pecho rozaba casi su mano, detenida
sobre la solapa. Vio cómo con la otra
mano Acuña arrojaba el cigarrillo, a lo lejos,
y se oprimió contra él.
—¿Y Américo? —preguntó Acuña, inexpresivamente.
—Américo será feliz, con su chacra, con su
madre y su hijo. ¡No me importa nada de
Américo!
108
 —¿Y vos? —volvió a preguntar, con el mismo
tono.
—¿Yo? —se acercó aún más, hasta que sus
labios rozaron el mentón de Acuña—. Nos iremos
juntos. Lejos. Iremos por todo el mundo.
Sin separarnos nunca.
—No —dijo entonces Acuña, secamente—.
Vos vendrás a un altillo, que yo tengo, en
el arrabal. Vivirás allí, conmigo. Yo seguiré
siendo El Púa, aunque sea solo. Y me acompañarás,
hasta que caiga, en cualquier parte,
de un balazo.
Alma quedó un instante inmóvil, los ojos
abiertos, como si las palabras de Acuña debieran
vencer un obstáculo para penetrarla.
De pronto se zafó de sus brazos, de un tirón,
y gritó:
—¡Loco! ¡Estás loco! ¡Siempre pensé que
estabas loco!
Acuña avanzó hacia ella, con pasos rápidos.
—Nunca te pregunté qué pensabas. De nada.
Creo que tendrás que aprender a callarte
la boca, y a hacer caso.
Alma retrocedió, y de pronto largó la carcajada,
casi histérica.
—¡Caso! —exclamó—. ¡Hacerte caso! ¡A seguirte
hasta la muerte! ¡Yo puedo ser la vida,
109
yo, yo!... —y se golpeó el pecho, frenética—.
¡Yo soy la vida! ¡Ahora me doy cuenta
que tendrás que elegir entre la vida o la muerte!
¡Yo, o tu maldito Púa! ¡Ya lo sabes! ¡Y
esto es lo último que te digo! ¡Me tendrás de
ese modo, o nada!
Y avanzando hacia la puerta, pasó delante
de Acuña, como una ráfaga. El no se movió
de su sitio, mirándola. Cuando la vio poner
los dedos en la llave, murmuró:
—Alma. Tengo que decirte algo, todavía.
La mujer se volvió, quedando de espaldas
a la puerta, jadeante.
—Te quiero —dijo Acuña.
Los pechos de Alma, agitados bajo el ceñido
ajuste del jersey, fueron retardando el
ritmo de su jadeo, hasta serenarse. Su bonito
rostro de mulata alisó sus rasgos, la mirada
fue haciéndose cada vez menos dura, y se
veló al fin entre las largas pestañas entornadas.
Avanzó hacia Acuña, reteniendo el aire
en los pulmones.
—¿Entonces?.. —preguntó, deteniéndose
frente a él, rozándolo, sintiendo que una sensación
de triunfo corría por su cuerpo, como
un estremecimiento.
—Entonces... —dijo Acuña, y Alma sin-
110
tío que ese estremecimiento se convertía de
improviso, con una violencia súbita, pero no
como si acabara de nacer en ella sino como
si hubiera estado en su piel desde hacía mucho
tiempo, esperando, en el deseo imperioso
de que Acuña la tomara en los brazos
y la besara en la boca, mordiéndola. Le pareció
sentir el dolor de los dientes en los
labios, la presión de la mano en la cintura,
subiéndole por la espalda, clavándole las uñas
en la carne.
—¿Entonces?.. —repitió, hablando con el
aliento, y se echó contra el pecho de Acuña,
moviendo levemente hacia atrás los brazos
que colgaban junto a sus muslos, como
muertos.
Acuña levantó en ese momento una mano
que pasó lentamente hacia arriba, entre su
cuerpo y el de ella. La mano rozó un pecho
de Alma, siguió hasta su mentón, y allí se
detuvo. Entonces esa mano hizo algo inesperado.
Se echó repentinamente hacia atrás, y
en seguida cayó brutalmente sobre el rostro
de Alma, golpeándolo. Alma dio contra el costado
de un sillón, los ojos muy abiertos, osciló
un brevísimo instante, y cayó de rodillas.
De un costado de la boca le fluía un hilillo
111
de sangre. Recogió con la punta de la lengua
esa sangre que le resbalaba ya hacia el mentón,
y alzó los ojos, viendo que Acuña avanzaba
hacia ella. La mano volvió a elevarse y
cayó sobre su ceja. En seguida, antes de dar
con el cuerpo en el suelo, esa mano la tomó
de un brazo, bajo la axila, y la levantó en
vilo, hasta ponerla de pie. Quedó apoyada
en el sillón, las manos detrás de su cuerpo,
el busto encogido. Ahora fueron los dos puños
de Acuña los que empezaron a golpear,
primero uno, después otro, en golpes secos,
elásticos, que hacían impacto en su cuerpo,
en la cara, en el cráneo. Hasta que volvió a
caer de rodillas y las manos se aferraron entonces
sobre sus hombros, levantándola y poniéndola
nuevamente de pie, para cerrarse en
seguida sobre el vestido, desgarrándolo. Alma
sintió que el dolor no era exactamente dolor,
sino una especie de quemazón que le envolvía
el rostro y el cuerpo. Vio su propio busto,
desnudo, con sólo una parte del corpiño sobre
los pechos, y sintió nuevamente el gusto
dulce de la sangre en los labios. Abrió los
brazos y se apretó contra Acuña, jadeando.
Sintió que era impulsada hacia atrás, que
caía de espaldas contra el lecho.
112
—Vas a hacer lo que yo te mande —oyó,
y en seguida sintió que los labios de Acuña
le tapaban la boca.
Dos horas después, Acuña entraba al café
de Ambrosio, y, sin detenerse ante el mostrador
marchaba directamente hacia su billar.
Tres muchachones jugaban en ese instante en
él, ocupándolo. Sebastián vio a Acuña, lo observó
un instante, y en seguida corrió hacia
los jugadores, habiéndoles. Los muchachos
soltaron el taco, y se retiraron, con algún desgano.
Acuña pasó junto a ellos, sin mirarlos,
y tomó el taco que le alcanzaba Sebastián.
—¡Vas a jugar, parece! —dijo Sebastián,
sonriendo, entrecerrando sus ojillos miopes,
como si algo lo hiciera sentirse feliz.
—Sí —contestó Acuña, y empezó a darle
tiza a la puntera del taco, metiéndose en el
cono de luz que caía desde la lamparita eléctrica.
Cuando las bolas empezaron a entrechocar
sobre el susurro apagado del paño verde, el
corro de espectadores fue creciendo, paulatinamente,
y el murmullo de la admiración, de la
exclamación aislada, fue envolviéndolo como
antes, desde su prohibida lejanía, como si
chocara contra las paredes impalpables de
esa campana de luz que lo rodeaba, encerrándolo.
Era otra vez el ensimismamiento perfecto.
Allí el azar quedaba abolido por el golpe
de su taco, y las bolas trazaban, inexorablemente,
el diagrama geométrico de sus trayectorias,
dóciles al capricho de su pulso. Jugó
como si se desangrara en el placer del juego,
como si cada jugada fuera un último aliento
voluptuoso.
114
IX

Las calles sin empe-
drar, solitarias y estrechas, se entrecruzaban
avanzando en zigzag, perdiéndose en la noche
agitada por el rumor incesante de la llovizna.
Desde el día anterior caía ese llanto helado
sobre la tierra, y la noche del viernes
siguió soportándolo, como si hubieran desaparecido
para siempre la luna y las estrellas
y el cielo debiera llorar por eso. Acuña
dejó atrás los últimos faroles, cuyos cables
trazaban en las bocacalles una fina cruz bajo
el cielo color pizarra, y sorteó los charcos de
agua negra que palpitaban en el suelo, como
úlceras vivientes. Pequeñas viviendas, algunas
de madera con parches de hojalata pintada,
otras de manpostería sin revocar, se alternaban,
cada vez más aisladas, con los baldíos
desiertos donde vagaban caballos insomnes
entre las sombras, cruzando a veces la
calle, hundiendo con temor las patas en las
115
grandes zanjas que bordeaban las aceras de
tierra, como desolados bajo el castigo insistente
del agua. Acuña metió la mano en el
bolsillo exterior del abrigo, comprobando que
no había olvidado el plano de Buenos Aires,
sobre el que acostumbraba a explicar sus planes
a Galíndez y Américo. Sabía que estas
zonas por las que avanzaba ahora con paso
seguro eran las mismas que en ese plano se
pintan de verde, para indicar su falta de urbanización,
y que aparecen allí dentro del perímetro
sudoeste de la ciudad, es decir, de la
misma ciudad donde se levantan, al otro extremo,
los grandes rascacielos y los restaurantes
nocturnos que amaba Alma, las avenidas
y las tiendas de lujo, las calles perpetuamente
envueltas en el afiebrado bullicio del tránsito.
Pero no pensaba en eso, y miraba de
cuando en cuando, en los ranchos de lata solitarios,
la luz de alguna lámpara de kerosene
que parpadeaba en la noche.
Galíndez terminaba en ese momento de colgar
una de estas lámparas en el interior de
uno de esos ranchos, frente a la ventana. En
seguida miró el reloj, y acercándose a una
especie de armario que colgaba de la pared
tomó de allí una botella y tres vasos que puso
116
sobre la mesa. Se sirvió uno, llenándolo hasta
los bordes, y lo vació de un trago. Luego avanzó
hasta un ángulo de la habitación, única
del rancho, y se arrodilló en el suelo, junto a
un catre lleno de mantas que estaba adosado
a la pared. Con las dos manos levantó una
tabla del piso, dejando al descubierto un espacio
rectangular donde se veía, empotrada
en la tierra, una caja larga y rectangular, como
un pequeño féretro. La abrió, y se inclinó
casi hasta ras del suelo, para mirarla. La caja
estaba forrada de zinc, y en su interior, en-
' vueltas en un género verdusco que alguna vez
había sido aterciopelado, habían varias armas
largas y cortas, junto a un gran número de
cajas de balas. Las armas estaban engrasadas,
y el género que las envolvía era en realidad
un viejo paño de billar que Acuña había pedido
una vez a Ambrosio, cuando renovaran
en el café el de una de las mesas. Galíndez se
frotó las manos, cerró la caja, y volvió a colocar
la tabla en su sitio. En ese momento crujió
la puerta, y entró Acuña, enfundado en un
abrigo marrón de solapas levantadas, perlado
ahora por las gotas de lluvia, el sombrero negro
sobre los ojos. Galíndez terminó de erguirse,
volviéndose hacia él con la sonrisa de
117
siempre marcada en un ángulo de la boca.
—Noche de perros —dijo, como si saludara.
Acuña gruñó, y se quitó el sombrero, arrojándolo
sobre un banco. En seguida empezó
a despojarse del sobretodo, tomando los botones
con las puntas de los dedos, como si temiera
mojarse. Galíndez sintió que la palabra
"perros" le había hecho recordar una frase
de Acuña.
—Ahora que dije "perros" —exclamó, empezando
a servir un vaso de ginebra —me
acuerdo de una frase tuya, cuando decías que
a vos y a Américo no tenían que conocerlos...

Acuña había terminado de sacarse el sobretodo.
Tornó la copa que había servido Galíndez,
y la vació de un trago.
—Vos decías que a los policías los llaman
perros porque si les disparas, muerden —terminó
Galíndez.
Acuña fue a hablar, pero Galíndez siguió,
inclinándose.
—Es claro que los únicos que no tienen que
dispararle son ustedes, porque no los conocen.
Yo me paso la vida escapándoles. Aquí
enterrado.
Un matiz de resentimiento le había endure-
118
la voz, haciéndola más gruesa que de
costumbre. Acuña hizo un gesto, y sacando
del bolsillo del saco su plano lo extendió sobre
la mesa.
—Parece que tarda, Américo —dijo.
Pero en ese momento llegó Américo. Traía
un enorme impermeable de charreteras, que
le hacía parecer aún más gigantesco. Resopló,
al entrar, y empezó a soltarse los botones, con
sus dedos grandes y torpes.
—¡Noche de perros! —bramó.
—Eso mismito dije yo, hace un momento
—rió Galíndez, y empezó a llenar cuidadosamente
los tres vasos, como si temiera arrojar
licor sobre la mesa. Américo se acercó al armario,
y dejó sobre una tabla su sombrero,
cuidando que la parte delantera del ala quedara
sobresaliendo, hacia afuera.
—¿Tenés todo pensado, ya? —preguntó, al
volverse.
Acuña tenía un lápiz en la mano.
—Sí —dijo, señalando el plano con el lápiz—.
Voy a explicarles.
Américo se restregó las manos, no se sabía
si de satisfacción o de frío, y se inclinó sobre
la mesa, rozando el hombro de Acuña. Galíndez
quedó del otro lado, algo encogido, el ojo
tuerto levemente guiñado.
—Esta vez será aquí -—dijo Acuña, y su lápiz
trazó un círculo en el plano, en un lugar
próximo al extremo este—. Santa Fe y Callao
—añadió.
Galíndez dejó escapar una especie de silbido,
que se filtró entre sus dientes.
—¿Y la hora? —preguntó Américo.
—Nueve de la noche, mañana sábado —dijo
Acuña.
Otra vez el silbido de Galíndez brotó agudamente,
y se apagó en un siseo quebrado
por la saliva.
—Es muy al centro, eso —dijo de pronto
Américo—. A esa hora está lleno de gente.
—De policías, creo —agregó Galíndez.
—Puede ser —dijo Acuña. Pero está todo
pensado. Como no haya por ahí una bala suelta,
saldrá todo bien.
—La joyería, ¿no? —preguntó Américo.
—Sí —dijo Acuña—. Vamos a necesitar dos
autos. Yo les voy a decir cómo hay que hacer
con los autos...
Acuña añadió que habría que conseguirlos
una hora antes, y que Galíndez y Américo se
encargarían de eso. Américo estaba pensando
en esa joyería. Acuña había estado estudiando
joyas, últimamente. Era para esto, entonces.
Podrían alzarse, sin duda, con varios cientos
de miles en joyas de valor. También sabía cómo
negociarlas. Además, Acuña decía ahora
que esa casa acostumbraba a depositar una
vez por semana. Los lunes. Era una casa muy
importante y lujosa. De modo que con que
hubiera hecho sólo dos o tres ventas en la
semana, habría también en la caja de hierro
muchos miles en efectivo.
—Ahora —dijo Acuña— voy a explicarles
qué tenemos que hacer.
—Sí —interrumpió Galíndez, moviendo la
cabeza—. Si nos dejan.
Américo comprendió la alusión de Galíndez.
Imaginó esa calle, a las nueve de la noche,
en sábado. Una multitud de transeúntes,
la joyería cerrada, con cortina metálica, el
agente de tráfico en la esquina, agentes en
todas las esquinas próximas. Tomó la botella
del cuello, y se sirvió un nuevo vaso de ginebra.
—¿Estás seguro... que puede hacerse...
eso? —preguntó, sintiendo que la saliva le
molestaba en la garganta. Acuña soltó el lápiz,
que cayó sobre el plano, de punta, y rodó
hacia un costado de la mesa, donde estaba
121
Galíndez. Galíndez lo atajó.
—¿Tenés miedo? —preguntó Acuña, irguiéndose,
mirando a Américo a la cara.
Américo apretó los dientes, y de pronto
vació el vaso, lo dejó sobre la mesa, y carraspeó.
—No —dijo—. No tengo miedo. Pero...
—Hay riesgo. ¿No? —completó Acuña—.
También hay mucha plata. Vas a poder comprarte
todas las chacras que quieras. Y vos...
—añadió volviéndose hacia Galíndez— vas a
poder irte a vivir como un pacha, a Chile,
al Uruguay, no se dónde pensás irte...
Galíndez se pasó el dorso de la mano por la
boca, y no dijo nada. Américo pensó fugazmente
que debería decirle esa misma noche
que para él sería el último golpe. Que saldría
de viaje el domingo mismo. Pero eso le producía
un vago malestar, como siempre.
—Nunca hemos hecho trato de estar juntos
toda la vida —dijo Acuña como si adivinara
su pensamiento—. Podes irte al día siguiente
de este asunto, y no voy a hacer cuestión
de ninguna clase. Y sigamos con esto,
ahora —añadió, volviéndose hacia el plano.
—¿Con esto? —repitió Galíndez lentamen-
122
te, haciendo un ademán hacia el plano—/. Esto
es matarse.
No había dejado de sonreír, y su tonadita
santiagueña acababa de acentuarse. Acuña
achicó los ojos:
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oís —dijo Galíndez, retrocediendo,
como si necesitara reunir coraje—. Matarse.
A vos no te importa, es claro. Querés
hacer algo grande, bien grande. Pero no por
la plata. Querés caer, de un balazo, y que
después en el barrio, en todas partes, la gente
diga: "Ese era Acuña, El Púa era Acuña, Miguel
Acuña". ¿Vos no te das cuenta, Américo,
no lo sabías? ¡Quiere matar a medio mundo,
asesinar la ciudad!
Había endurecido el tono aunque sin dejar
su sonrisa, y se volvía hacia Américo, cerrando
casi el ojo de pupila fija, torcida, que parecía
muerta con su apagado brillo entre las
pestañas. Acuña se acercó a él. Galíndez se
volvió, mirándolo, y de pronto, estirando su
sonrisa en la comisura de la boca, le dijo,
reticente:
—Te crees que estás vengando a tu viejo.
¿No es cierto?
No terminó la última palabra, porque le
123
quedo ahogada contra los dientes. Con un
adornan rápido Acuña le había asestado un
puñetazo en la boca. Galíndez cayó al suelo,
y al momento incorporó el cuerpo, un codo
contra el piso, la mano puesta entre la camisa
y e| saco. Pero quedó inmóvil, porque Acuña,
de pie, estaba también mirándolo, una mano
¿n la misma actitud.
—Y bueno... —dijo Galíndez, sonriendo,
retirando la mano que había llevado al pecho
y pasándosela por la boca— No es para tanto...
Se puso de pie, y escupió, de pronto, un
salivazo rojo.
—Si Américo quiere, yo no digo nada —terminó.
—Sí —dijo Américo, acercándose—. Vamos
a ver el asunto.
—Es así —dijo Acuña, como si nada hubiera
pasado, y se acercó a la mesa—. Mañana a
las nueve en punto, en esta esquina...
Tomó el lápiz que, sin dejar de restregarse
la boca con una mano, le alcanzaba Galíndez.
Y marcó con fuerza el círculo que había trazado
un momento antes.

124

---
—Así que esta vez, que es la más seria de
todas, no hubo cena —dijo Américo mirando
la pequeña sonrisa de Alma, casi amarga y
llevó en seguida los ojos hasta sus cejas, donde
se veía una pequeña herida que se hi&era
unos días antes, según le dijera entonces, al
tropezar a obscuras contra la puerta del baño.
Imaginó por centésima vez el topetazo, brutal
contra el filo de la puerta entornada, esas cosas
cómicas que a veces ocurren, y voívió a
sentir deseos de besarla. Se había lastimado
también el pómulo y el labio.
—Es claro que no importa eso de la cena
—añadió, pensando: "Sí, importa. Eso te daba
suerte".
Dijo que te hablaría a las ocho, ¿no?
—preguntó Alma, sin moverse.
—A las ocho —repitió Américo—. Ya falta
poco. Después...
Américo se acercó a la ventana, mirando
hacia afuera. El sábado había llegado sin que
se disipara la niebla. Ahora la noche se hacía
turbia, cada vez más turbia. Pensó que eso los
favorecería.
—Parece mentira que haya llegado tan
pronto —siguió, sin volverse—. Acuña tiene
todo pensado. Es difícil... Al principio, Ga-
lindez no quería. Ya te dije que se llevó una
trompada que le costó dos dientes... Este
Ácana...
Alma oyó una vez más el relato de lo ocurrido
en la víspera, el plan "perfecto" de Acuña.
Alma lo imaginaba ahora en su altillo
misterioso, que tenía una escalera pintada de
rojo. Américo lo conocía. "Desde su ventana
puede verse el descampado, atrás el Riachuelo,
y más allá el campo. También puede verse
el Puente de la Noria" —le había dicho una
vez Américo.
—No voy a tener problemas con Acuña
—prosiguió Américo, murmurando casi como
para sí mismo—. El me lo dio a entender. Ya
me dijo una vez que yo iba a hacerme la
América que no se hizo el viejo...
Se echó a reír, con sus gárgaras de bajo
profundo, y siguió hablando. La nerviosidad
tornaba locuaz a Américo, y Alma lo sabía.
"Mañana mismo, compro los pasajes...", repetía
ahora. Pero de pronto se detuvo, y quedó
inmóvil, escuchando. Las campanas de un
reloj daban las ocho de la noche. Debía de
ser el gran reloj que adornaba la sala de la
pensión. Alma dejó caer las manos sobre la
falda, y miró hacia la puerta. En ese mo-
126
mentó golpearon allí con los nudillos, y se oyó
la voz del mucamo:
—"Señor Grassi, teléfono".

---

Cuando poco después Américo le repitió,
con una ansiedad más penetrante que de costumbre,
las recomendaciones de siempre, Alma
quedó inmóvil, hasta que vio desaparecer
su enorme silueta tras la puerta que se
cerró tras él. Entonces tuvo piedad de sí
misma. La autoconmiseración la oprimió como
unos brazos lascivos que le ciñeran el cuerpo,
y se dejó caer de espaldas sobre el lecho, vestida,
los ojos en el vacío. Ella era una muchacha
sana, llena de un deseo intenso de
vivir; había deseado cosas, tenía hambre de
una plenitud que debía de estar en alguna
parte, y vivía envuelta en sucesos que no había
pedido, que no había buscado. La chacra,
el tedio del campo, los, asaltos, Acuña, su mirada
fanática, no los había hecho ella. No tenía
la culpa de que alguien los hubiera ido
creando en torno de el}a, arrojándolos contra
127
ella, como esos puñales que se tiran en el
circo contra una mujer hasta que forman una
especie de cerco alrededor de su cuerpo. Y
ahora ¡el cerco estaba hecho. No podía elegir,
o mejor dicho, si Américo no moría esta noche,
sólo podía elegir entre dos cosas: la chacra,
o Acuña, que no diría como Américo:
"No sabías nada, el dinero está en tal sitio";
no. No diría nada. O diría, con su mirada de
siempre: "Cuando tenga que caer, caerás conmigo".
Oyó que la voz del mucamo, desde el otro
lado de la puerta, preguntaba si podía servir
la cena. Respondió que no, que esa noche no
cenaría; Y cuando los pasos del mucamo se
alejaron, con su ruido apagado sobre las alfombras,
estiró un brazo y apagó la luz. Entonces
empezó a desvestirse, lentamente.
.28

X

A las nueve en punto
de la noche un automóvil negro se detuvo en
la esquina de las avenidas Santa Fe y Callao.
En ese instante sonaban alegremente las campanadas
de un reloj que colgaba al frente de
una joyería, pequeña pero suntuosa, cuya
puerta y vidrieras brillaban, con las luces encendidas,
tras las rejas de hierro que parecían
enjaularlas.
Las aceras se veían atestadas de gente. El
tráfico, intenso en ese sitio, doblaba en su
casi totalidad hacia el sur, mientras por la
calle Callao, que avanzaba hacia el norte, decrecía
casi hasta extinguirse. En el cruce de
la calle el agente de tránsito movía sus brazos,
hacía sonar su silbato, y la noche, que
empezaba a despojarse de su niebla, vibraba
con el rumor de la ciudad, agitando en la
calle su ruido de hombres y de vehículos en
un trajín cotidiano y normal, como el funcio-
129
namiento regular de una máquina.
La última campanada dejó vibrando en el
eco un tono agudo que se mezcló al sonido
de los claxons, y un individuo bajó lentamente
del auto recién estacionado, avanzó hasta
la esquina de la calle donde miró hacia el
norte, como si debiera comprobar el estado
del tránsito, y regresó luego sobre sus pasos,
deteniéndose ante la última de las vidrieras
enjauladas. Allí miró un instante distraídamente
las joyas que se exhibían tras el cristal
iluminado, y luego se reclinó contra la reja,
como si esperara algo. Bajo el ala de su sombrero,
podía reconocerse el rostro achinado de
Galíndez, con su ojo ciego y el rictus de su
sonrisa en la comisura de los labios.
Fue en ese instante cuando el agente de
tránsito advirtió que el automóvil negro estaba
mal estacionado. Levantó una mano, para
llevar el silbato a los labios, pero la mano
quedó detenida en el aire, repentinamente
inmovilizada. Del automóvil acababa de descender
un individuo enmascarado que, con un
portafolio en la mano, cruzaba la acera a la
carrera, se detenía frente a la joyería y levantando
la mano libre en el aire arrojaba algo
contra la puerta enrejada, a la vez que pa-
130
recia dar una orden al sujeto que seguía reclinado
contra la vidriera. El agente saltó a
la escalerilla de su garita en el mismo instante
en que la bomba estallaba contra la
puerta haciendo saltar un haz de hierros retorcidos
envueltos en una nube de humo y el
individuo avanzaba entre ese humo y esos
hierros, mientras el otro sujeto descargaba un
arma contra el suelo. El pánico estalló con la
misma violencia de la bomba y en un instante
un tumulto de gritos y carreras dispersó
a la gente en todas direcciones. El policía saltó
de su garita y corrió hacia la joyería, llevando
la mano al revólver. Pero desde el auto, el
individuo que parecía agazapado tras el volante
descargó un arma de repetición. El policía
cayó, y Américo, rápidamente, renovó el
cargador de su arma. Américo también estaba
enmascarado.
Acuña acababa de disparar en ese momento,
dentro del local, contra un sereno que acudía
desde los fondos de la casa, revólver en mano.
El sereno cayó. Acuña saltó sobre su cuerpo
y pasando el arma a la mano en que sostenía
su portafolio sacó del bolsillo una nueva bomba.
En el fondo del local, contra un muro
pintado de rosa, se destacaba la enorme mole
131
negra de una caja de hierro. Sobre esa mancha
negra estalló el estruendo envuelto en humo
de la bomba, y Acuña, sin mirarla, giró
directamente hacia un pequeño escaparate,
donde se alineaban joyas de precio.
Silbatos de policías vibraban desde distintos
ángulos, en la calle, y los disparos, a ambos
lados de la joyería, desde el auto y desde
el sitio opuesto en que se hallaba Galíndez,
una rodilla en tierra, habían convertido el
rumor urbano de un momento antes en un
súbito infierno de gritos y estallidos. El arma
de repetición de Américo reiniciaba a cada
instante su tableteo de metralla, y varios
agentes uniformados, desde la acera opuesta,
trataban de avanzar, disparando sus armas,
protegiéndose tras los vehículos y los vanos
de las puertas. Dos minutos después salía Acuña
a la carrera, su portafolio en la izquierda
y el arma en la derecha, avanzando rectamente
en dirección al auto. Vio al pasar una
gorra de policía, a los lejos, y disparó. La
gorra pareció hundirse tras un auto, repentinamente.
—¡Vamos, Galíndez! —gritó, y saltó al coche.
Pero tras él sintió el ruido de algo que
golpeaba el suelo. Américo estaba a su lado,
132
las manos sobre el volante.
—¡Galíndez! —exclamó Américo, y detuvo
el pie sobre el acelerador. Acuña volvió el
rostro, rápidamente, hacia la calle. Allí, a dos
metros del auto, Galíndez estaba encogido,
una rodilla en la acera, y volvía hacia él su
rostro achinado, la sonrisa de siempre en el
ángulo de la boca.
—Me han dado, Acuña —dijo—. En la pierna.
Acuña lo miró un instante, y de pronto
levantó su arma apuntándole cuidadosamente.
El ojo sano de Galíndez se abrió, sus manos
arañaron el suelo, como para arrastrarse,
y en su ojo ciego pareció despertar de pronto
un destello de vida. Acuña disparó por dos
veces consecutivas.
—¡Rápido! —dijo a Américo—. No hablará.
Le di en la frente.
Américo apretó el pie sobre el acelerador.
La calle que avanzaba hacia el norte permitía
la huida. Tras ellos, marchaban a toda
velocidad dos automóviles de policías. El pie
de Américo mantenía apretado hasta el fondo
el acelerador. Américo era un buen volante.
—Hay que despachar por los menos a uno
—dijo Américo refiriéndose a los autos.
133
—Sí —contestó Acuña, y sacó riesgosamente
medio cuerpo fuera del auto, apuntando
hacia atrás. Una bala rozó el ala de su sombrero
y disparó la carga íntegra de su arma,
apuntando con frío cuidado. A lo lejos, se
sintió un chirriar de ruedas y de frenos.
—Creo que le di en las gomas —dijo.
La calle desembocaba en una avenida grande
rodeada de parques. El auto guiado por
Américo avanzó por allí, sin disminuir la
marcha. Américo sabía que podían matarse
en un vuelco y no apartaba sus cinco sentidos
del volante. Para lo demás estaba Acuña, con
su arma en la mano, cuya culata quedaba asegurada
con una correa a la muñeca. Un auto
surgió repentinamente de una calle transversal
casi al instante de cruzar ellos y dobló,
persiguiéndolos. Américo tosió.
—Casi nos corta el paso —dijo, y trató de
no mirar hacia los costados, donde los árboles
desfilaban como estrellas fugaces.
—Es en la esquina —dijo de pronto Acuña.
—¿Seguro? —preguntó Américo.
Acuña no respondió, y Américo supo que
ese silencio era su certidumbre. El auto que
los perseguía se acercaba peligrosamente. Tras
él, marchaba el que los siguiera desde un co-
134
mienzo. Una bala perforó la capota y reventó
en el parabrisas, entre Acuña y Américo.
Américo llegó a la calle indicada por Acuña,
y haciendo fuerza con todo su cuerpo hizo
girar el volante. El coche se inclinó sobre dos
ruedas, rozó el cordón, y enfiló por la calle
volviendo al suelo en un barquinazo violento.
Poco después, los autos de los policías hacían
lo mismo.
Esta era una calle estrecha, de suburbio.
Apenas cabrían en ella dos autos lado a lado.
La iluminación era deficiente. Débiles faroles
hacían bambolear en las esquinas su sucio
abanico amarillo.
—Se acercan —dijo Américo, mirando por
el espejillo del parabrisas.
—Es en la otra —dijo Acuña.
Américo disminuyó la marcha y los autos
que marchaban detrás acortaron distancias,
como abalanzándose. De pronto, al entrar en
la calle próxima, Américo midió la distancia.
Veinte metros antes del final de la calle volvió
a echarse con todo su cuerpo sobre el volante,
que hizo girar bruscamente, y clavó
con toda su fuerza el pie sobre el freno. El
auto chirrió, crujió, giró en redondo, y quedó
de través en la calle, obstruyéndola. Simul-
135
táneamente, Acuña abrió la portezuela y saltó
al suelo. Américo hizo lo mismo, tirándose
casi de costado. Acababa de levantarse del
suelo y corría tras Acuña, que marchaba hacia
la calle transversal de la esquina, cuando
el auto que estuviera persiguiéndolos, lanzado
a toda velocidad, sin tiempo para frenar,
se estrelló violentamente contra el coche atravesado
en la calle parándose de punta y girando
en el aire, en un estruendo de cristales
y chapas retorcidas. El segundo coche,
con sólo el tiempo necesario para torcer la
marcha, trepó a la acera, desviándose, rozando
la pared y gimiendo en un chirrido agudo
de ruedas que se frenan. En ese momento,
Acuña y Américo llegaban corriendo hasta
un recodo de la calle próxima, donde estaba
estacionado un auto con el motor en marcha.
Treparon a él de un salto, y Américo volvió
a empuñar el volante, moviendo con un
brusco ademán la manija del cambio de marcha
y hundiendo el pie en el acelerador. Entonces
les llegó el ruido de una explosión,
desde la otra calle.
—Es el tanque—dijo Américo—. Les ha estallado.
Y llevando la mano izquierda al bolsillo del
136
saco, sacó de allí su pastilla de tabaco. Poco
después, el coche avanzaba velozmente por la
calle desierta, perdiéndose en las sombras.

---

Alma no se había dormido aún, cuando la
alfombra que trazaba afuera un angosto camino
sobre el corredor arrojó hacia el silencio
de su cuarto a obscuras el ruido blando
de los pasos de Américo. La puerta crujió con
su ruido temeroso de siempre, y sintió que
Américo se aproximaba sin encender la luz,
tratando de no despertarla y deseando, también
como siempre, que se despertara. Lo vio
inclinarse sobre ella, y oyó su gruñido.
—Todo bien, Alma, Ya está todo listo. Hoy
nos vamos.
Alma pensó, con asombro: "Hoy". Como
una respuesta, le llegaron las campanadas del
reloj. Las dos. Parecía simplemente imposible.
Oyó los pasos de Américo, suavemente, la
puerta del baño, luego el ruido de un grifo
y el correr del agua, otra vez los pasos. Y
el apagado rumor de la ropa, al rozar el cuer-
137
po de Américo. El lecho se hundió, junto a
ella, y volvió a oír la voz de Américo, esta
vez como atravesada por un chispazo de inquietud.
—Lo único es que cayó Galíndez.
"Galíndez, Galíndez". El nombre quedó dentro
de Américo, como rebotando. Estiró una
mano y tocó un brazo de Alma. Este brazo
estaba frío. Apretó mecánicamente los dedos,
y el brazo se encogió, apartándose. Entonces
trató de recordar exactamente, con un interés
concentrado, lo que le había dicho Acuña
después de disparar contra Galíndez: "No hablará.
Le di en la frente". Sí. Acuña había
dicho eso. Acuña sabía lo que decía. "Es claro
—pensó—. No hablará. Le dio en la frente".
Y regresó repentinamente a la segura realidad
del lecho, junto a Alma, donde ahora estaba.
La miró. Parecía dormida. Al principio,
lo esperaba despierta, lo aturdía con sus preguntas
llenas de ansiedad. Luego dejó de preguntarle.
Ahora dormía. Pensó en el dinero
que estaba ya en su poder, en la parte que
le correspondería por las joyas. Podía fiarse
de Acuña, en eso. Con el maletín, las habían
dejado en el rancho de Galíndez. Es claro
que la muerte de éste había aumentado el re-
138
parto. Volvió a mirar a Alma. "Duerme", pensó,
como un momento antes, y apagó la luz
del velador, dispuesto a dormir a su vez.
Alma, en efecto, dormía, ya. Y soñaba que
iba andando por un estrecho camino flanqueado
por altos muros. En estos muros, se
abrían infinidad de puertas. Ella necesitaba,
por algún motivo, pasar por una de esas
puertas. Se volvía entonces hacia una de ellas,
pero, automáticamente, la puerta se cerraba.
Se volvía hacia la otra. Se cerraba, también.
Entonces echaba a correr, y a su paso, a ambos
lados de su cuerpo, las puertas iban cerrándose,
en un batir de alas que de pronto
la hacía pensar en la paloma azul, que estaba
en un letrero luminoso. "Ah, es cierto
—pensaba, como si eso fuera la salvación—.
La paloma". Entonces estaba en su pueblo, en
Tres Cruces, y miraba el palomar de palomas
mensajeras que criaba un colombófilo del lugar,
un individuo que siempre ganaba todas
las carreras de los domingos. "Está allí" —decía
el individuo, señalándole una alta pared
donde se veía el hueco de un ancho portal,
sin sus puertas. "Menos mal que no tiene
puertas", pensaba Alma, esperanzada, y avanzaba
hacia allí. Pero a medida que se apro-
139
ximaba, el hueco del portal se empequeñecía,
disminuyendo, cada vez más. "Tendré que
encogerme", pensó entonces, y se arrodilló
ante el pequeño hueco. Pero en ese momento
una sensación de angustia se apoderó de ella,
y comprendió que estaba rodeada de tinieblas.
Se despertó, bruscamente. Era de día.
Américo dormía a su lado, con su habitual
expresión infantil en la cara rojiza, casi redonda.
Alma quedó inmóvil, los ojos abiertos,
pensando.
140

XI

Estuvo así durante un
largo rato, con los ojos fijos en el lecho. Luego
se levantó, pasó al baño, y empezó a vestirse,
lentamente. Américo despertó cuando
ella estaba abriendo la puerta para salir. Se
sentó en el lecho, mirándola, y se restregó
los ojos con sus grandes manos de gigante.
—¿Vas a salir? —dijo.
—Sí —contestó Alma, manteniendo la puerta
entreabierta—. Voy a estirar las piernas,
un rato.
—¿Llegaron los diarios? —preguntó Américo.
—Ahí están —dijo Alma—. Los puse en la
mesita de luz.
Américo volvió a dejarse caer de espaldas
sobre el lecho, gruñó algo, y Alma salió,
cerrando la puerta. En la calle, empezó a andar
sin rumbo fijo, buscando las aceras donde
brillaba un sol que por primera vez, desde
141
hacía varios días, iluminaba la ciudad. Siempre
pensando. Estuvo así un par de horas
yendo y viniendo, deteniéndose a veces maquinalmente
ante una vidriera, sin verla. Imaginó
en algunos momentos a Américo, devorando
las crónicas de los diarios, levantándose,
quizás, y recortándolas cuidadosamente.
En las esquinas, podía oír a cada momento
a los vendedores de periódicos atronando la
calle con sus gritos, anunciando el asalto más
espectacular de la historia policial de Buenos
Aires. Ella misma había leído esas crónicas.
Más de un millón de pesos en efectivo y en
joyas. Cinco policías muertos, dos de ellos',
en el choque de automóviles siniestramente
planeado por El Púa. Otros, heridos. Muerto
también el sereno de la joyería y Galíndez,
bajo las balas de El Púa. La policía parecía
haber quedado en la más total desorientación,
aunque se hablaba de pistas seguras, de movilización
total de las fuerzas policiales. Podía
decirse que la población íntegra estaba
entregada al comentario del hecho.
Al mediodía, Alma regresó al cuarto de pensión,
fatigada de andar y de pensar. Pero no
pensaba en los muertos. Pensaba en Américo,
en su chacra, y en los ojos duros de Acuña,
142
su misterioso altillo, el golpe violento de su
puño sobre su pómulo.
Américo no se había vestido aún. Enfundado
en su bata de invierno color habano, miraba
al mucamo preparar la mesa. Rió, festejando
la llegada de Alma. Después del almuerzo,
Américo dijo que podían ir al cine. Alma
aceptó, pasivamente. Al regreso, cerca del
atardecer, tomaron mate, como de costumbre.
Alma acababa de encender la luz, porque la
oscuridad se había apoderado del cuarto,
cuando Américo buscó su sombrero, se detuvo
frente a ella, y le dijo:
—Ahora voy a comprar los pasajes. Deberás
ir preparando las valijas, mientras tanto.
Alma lo miró avanzar en dirección a la
puerta, y dio de pronto un paso hacia él,
deteniéndolo.
—Américo —dijo.
Américo se volvió.
—¿Está todo decidido, entonces? —preguntó
Alma.
Las cejas de Américo se fruncieron.
—Creo que ya lo sabías de siempre —respondió,
aparentemente agrio, aunque en rea7
lidad temeroso de que se renovara la discusión.
Pero Alma no demostró el menor deseo
143
de discutir. Se quedó en silencio, mirándolo,
y cuando oyó sus pasos al alejarse y más tarde
el ruido del ascensor, salió a su vez al
corredor marchando hacia el vestíbulo. Allí,
junto a un gran sofá floreado, estaba el teléfono
sobre una diminuta mesita color té. Se
quedó mirándolo, durante un rato, y de pronto,
como si la hubiera acometido una prisa súbita,
tendió la mano hacia la gruesa guía telefónica,
cuyo ángulo asomaba sobre el estantillo
que adornaba la parte inferior de la mesita.

---

En ese instante Acuña bajaba las escaleras
de su altillo, donde había dormido parte de
la tarde, con su paso lento de siempre. Atravesó
luego el patio de ladrillos rojos, sobre
el que revoloteaban algunas hojas secas, y
pasó junto a Marta, o Chola, que lo miró como
siempre con su extraño, apasionado secreto
en los ojos, esta vez quizás más desesperados
que de costumbre. Pero Acuña jamás
había mirado los ojos de Chola. Salió a la
calle, y siguió hacia la avenida, cuyas luces
se amortiguaban en la débil atmósfera gris
144
del anochecer, mechada aún por los restos de
la niebla de los últimos días. Poco después
pasaba frente al cine, eludiendo a la gente
que salía de la función vespertina, y avanzaba
rápidamente hacia el café de Ambrosio.
Los ojos de Alma se encendieron de pronto
en él, pero esta vez iluminaron sólo una sensación
de bienestar que pareció derramarse
sobre su piel, como un baño. Pensó en Américo
con una vaga tristeza, y penetró en el
bar. Se llevaría a Alma. Era inevitable. Lo
demás, paciencia. Como cuando lo del chico
que se le cruzó por delante, en el tiroteo de
Barracas. O lo de Galíndez. Ahora se llevaría
a Alma. Por un instante pensó que Américo
podría resistirse, y esa expresión, también por
un instante, se iluminó con un resplandor feroz.
"Paciencia", dijo alguien dentro de él
mismo, detrás de sus labios.
—El billar, ¿no?
Vio que estaba frente a Sebastián, el mozo,
este viejo que lo conocía desde muchacho.
—Sí —contestó, saludando a la vez con un
ademán a Ambrosio, que trajinaba tras el
mostrador.
En el café todo el mundo hablaba del asalto
de la víspera, las bombas, la muerte de Ga-
145
líndez, la espectacular huida en automóvil.
Acuña tomó el taco, viendo a Marcial, su primo,
que desde una mesa próxima levantaba
una mano, saludándolo. "Aquí dicen que Galíndez
ha muerto" exclamaba alguien mostrando
un periódico. El segundo coche usado
por los asaltantes había sido hallado cerca del
límite noroeste de la Capital. Era un taxímetro
robado unas horas antes. El primer coche
también había sido robado.
—Así que has vuelto por estos lados —dijo
Marcial, acercándose.
Acuña estaba dándole tiza al taco. Lo miró.
—¿Siempre seguís haciendo casas? —preguntó.
—Sí —dijo Marcial—. Aquí, al lado, y más
allá...
Acuña le dio las espaldas, repentinamente,
y se inclinó ante el billar. Supo que Marcial
quedaba inmóvil, en silencio, y de pronto oyó
sus pasos, al alejarse. Guiñó un ojo, apuntando
a un ángulo de la baranda. Golpeó la bola.
La vio dar contra la baranda opuesta, luego
en las otras dos, y partir desde allí hacia las
dos bolas restantes a las que golpeó en los
flancos de modo que se apartaron y volvieron
en seguida a reunirse, delicadamente. Enton-
146
ces giró lentamente en torno del billar, y volvió
a dar tiza al taco. "Ésta la hago a tres
bandas", pensó. Se inclinó, dibujando mentalmente
la trayectoria de la bola sobre el paño
verde: una especie de cuadrilátero irregular.
La línea horizontal de su taco retrocedió ágilmente
sobre el puente de su dedo índice arqueado
sobro el mayor, la punta entizada golpeó
la bola, y un murmullo de admiración
brotó del grupo que se había reunido ya frente
al billar. Más allá alguien gritaba algo
sobre El Púa y Bocanegra. Habían traído los
últimos diarios de la tarde. Pero todo ese rumor
parecía estar como siempre más allá de
Acuña, del otro lado de ese embudo de luz
que caía desde el centro de la sucia claraboya
de vidrio.
Media hora después dejó el taco, y al detenerse
un instante ante el billar, sintió de
pronto que la mano se le iba hasta ese paño
verde, como tantas veces, para acariciarlo.
Pero ahora parecía que una repentina emoción
acabara de sacudirlo ante el pensamiento
de que ese paño había sido el único amigo
de su soledad, el único confidente. Retiró la
mano, con lánguida lentitud, y avanzó hacia
el mostrador. Allí señaló a Sebastián una me-
147
sa, junto a la vidriera, y pidió que le llevara
ginebra y café. En seguida fue hasta esa mesa
y se sentó, mirando distraídamente las letras
invertidas de El Mayoral, inscriptas en la parte
exterior del vidrio.
Sebastián había dejado ya la ginebra y él.
estaba llevándose el café a los labios, los ojos
siempre distraídamente fijos en la vidriera,
cuando allí, agachándose bajo esas letras invertidas,
apareció el rostro de esa mujer, haciendo
extrañas muecas. No la reconoció, al
principio, pero de pronto evocó su nombre.
Era Marta, o Chola, la chica del inquilinato.
Frunció el ceño, mirándola. La muchacha trataba
de hacerle alguna seña, y movía los labios,
con palabras inaudibles tras el cristal,
con una extraña desesperación de muda. De
pronto surgieron tras ella dos individuos y la
chica corrió hacia la esquina, desapareciendo
al fin de su ángulo visual, como si fuera a
entrar en el café. Acuña volvió a dejar el
pocillo en la mesa, intrigado, y se inclinó hacia
adelante, en la actitud de quien va a sorber
directamente de la taza. Sintió en las
narices el olor a café, y en la axila la presión
del arma bajo el brazo. Alzó los ojos, mirando
hacia la puerta. En ese instante, entraron dos
148
individuos, y en seguida tres más, y otros dos.
En la puerta quedó un grupo, obstruyendo la
entrada. Detrás de ese grupo, Marta estiraba
el cuello, poniéndose sin duda de puntas de
pie, los ojos brillantes.
"No te muevas", pensó Acuña. "No debe ser
por vos. No pueden saber que sos “El Púa".
Y se quedó inmóvil, mirando al individuo que
marchaba adelante. Lo conocía. Era Arroyo,
un oficial principal con quien había tenido
ya un encuentro mucho tiempo antes, por una
cuestión de juego. La atmósfera de cautela
que parecía rodear al grupo, había sido ya
captada por Ambrosio. Acuña oyó su voz, desde
el mostrador, gritando:
—¡Eh!... ¿Qué pasa? ¿A quién buscan?
Acuña sintió que a sus espaldas se hacía un
silencio profundo, que cesaba el ruido de las
bolas de billar, y vio que el grupo situado
frente al mostrador quedaba inmóvil, mirando,
a ambos lados de Ambrosio que estaba
asomado sobre la horizontal de aluminio, una
copa a medio lavar en una mano. De esa copa
caían pesadas gotas de agua. Podía oírselas
golpear sobre el mostrador, en un ritmo simétrico.
"Si es por vos, debe ser por otra cosa —vol-
149
vio a pensar Acuña—. No pueden saber que
sos “El Púa". Y miró, sin moverse, a Arroyo,
que se había detenido como buscando a alguien.
Pero de pronto el policía lo vio, y entonces
avanzó a paso rápido, acercándose. Se
detuvo frente a él, revólver en mano. Y de repente
gritó:
—¡Quieto, Acuña! ¡Sos “El Púa!...
Quizás, si el policía hubiera procedido en
silencio, habría prendido vivo y sin riesgo a
Acuña, que estaba seguro de no haber sido
descubierto. Pero los dioses enloquecen a
quienes quieren perder. Y ante el espectáculo
de todas esas caras asombradas, vueltas hacia
él, y del mismo Acuña, el temible, el famoso
Púa, allí sentado, aparentemente inerme, a su
merced, el policía sintió que una especie de
violenta vanidad lo enardecía, emborrachándolo.
Fue esa vanidad la que brotó en su grito,
como un vómito:
—¡Sos El Púa!
Las tres detonaciones estallaron exactas,
precisas, antes que la palabra "Púa" se apagara
en el eco. Un círculo de rostros atónitos,
distendidos, vueltos hacia allí, las manos de
Ambrosio en alto, la copa todavía goteando
entre sus dedos, y el cuerpo de Arroyo ca-
150
yendo sobre la misma mesa de Acuña, la
frente perforada de un balazo, mientras detrás
de él, como sincronizados a un salto de
Acuña hacia atrás y al golpe de su silla volcándose
al suelo, otros dos policías caían rebotando
con el costado del cuerpo contra el
filo de una mesa. Acuña corrió velozmente
hacia el fondo, agachándose corno si fuera a
embestir a alguien, mientras los jugadores de
billar y otros parroquianos se dispersaban como
las gallinas cuando alguien pasa corriendo
entre ellas. Comprendió que su ademán de
inclinarse había sido exacto, pues tres estampidos
taparon oí eco da sus disparos y una
bala le rozó la nuca. Vio, al fondo, el espacio
que dejaba el billar y la pared, donde se abría
la puerta batiente del retrete, y como zambulléndose
se arrojó hacia ese espacio, rozando
el suelo con la mano libre, la otra cerrada
sobre la culata del arma y el brazo extendido
hacia atrás, disparando. Sintió un grito agudo,
desgarrado, de mujer, y con el mismo impulso
del envión penetró al retrete mientras
una descarga cerrada se incrustaba contra esa
misma puerta, sobre su cabeza. Se levantó, de
un salto, y repentinamente surgió en su recuerdo
el rostro de Marta, o Chola, haciendo
151
muecas tras la vidriera, tratando luego de entrar
al café. Ese grito había sido de ella, y
comprendió que él la había herido, que la muchacha,
en realidad, había ido al bar para avisarle,
luego de ver que la comisión policial
allanaba su altillo. En ese momento, es cierto,
la chica estaba muerta. Pero Acuña no pudo
pensar mucho en esto, ni tampoco imaginar
que Américo, con sus boletos en la mano, era
rodeado en ese mismo instante en el vestíbulo
de la estación, y derribado, al insinuar un
ademán, de un golpe en el cráneo. No podía
pensar en nada, porque a sus espaldas el ruido
de pasos a la carrera se acercaba como
una metralla. Entonces vio de pronto a Sebastián,
el mozo, de pie en el umbral de uno
de los pequeños cuartos del retrete, el rostro
idiotizado por el terror, mirándolo, las manos
todavía puestas sobre la bragueta. "Paciencia",
pensó, y tomando rápidamente a Sebastián
por un hombro lo hizo girar sobre sí
mismo y lo arrojó como un fardo contra la
puerta batiente. El desdichado abrió los brazos,
aferrándose instintivamente a los costados
de la puerta. Acuña descargó sobre él dos
tiros por la espalda, y golpeó en seguida con
la culata del arma la lamparilla eléctrica que
152
colgaba del techo. Del otro lado sonaron a
la vez varios disparos, y Sebastián cayó hacia
adelante, abriendo la puerta con el peso muerto
de su cuerpo y dando de bruces contra los
policías que irrumpían en ese instante. Estos
creyeron que recibían en sus brazos el cuerpo
de Acuña, y se detuvieron, en la oscuridad.
Era eso lo que quería Acuña.
Estos minutos de demora le permitieron trepar
por la pared lateral del retrete, de la que
pasó a un techo que ascendía de allí en un
plano inclinado. Había trazado su plan. Se
correría por los techos, esos techos que conocía
como la palma de la mano, hasta el
cine, es decir, el viejo corralón de su padre.
Desde allí se descolgaría al interior de la sala,
ahora en función, nocturna. Quizás lograra escabullirse
entre la gente. Lo imaginarían quizás
huyendo por la parte trasera de la calle,
hacia los descampados que ahora estarían
atestados de policías. Siguió avanzando, en las
sombras, hurgando su bolsillo en busca de un
nuevo cargador, y aseguró a la muñeca de la
mano derecha la correa que se hallaba adherida
a la culata de su pistola. La noche, sin
luna, huía hacia arriba, al infinito, donde temblaban
algunas estrellas metálicas. A ratos,
153
una pincelada de luz pasaba sobre su cabeza,
en lo alto, y comprendió que era el farol de
la calle que oscilaba en la esquina. Llegó al
fin a un piso horizontal y echó a correr seguro
de su rumbo, la cabeza gacha y el dedo
alerta sobre el gatillo. Revisaba sus recuerdos
de antaño, comprendiendo que su orientación
era exacta. Pero de pronto el farol de
la calle osciló nuevamente, impulsado por un
soplo de viento, y su luz dio contra un muro
blanco que se irguió repentinamente ante sus
ojos, como un fantasma. Dio casi de bruces
contra él, deteniéndose, desorientado. Entonces
recordó a Marcial, su primo, y sus propias
palabras, en los encuentros últimos: "Construyendo
casas". Masculló un juramento, y
despedazando entre sus dientes la maldición
obscena corrió hacia la izquierda. Otro muro
se levantó en las tinieblas, como apareciendo
en una absurda magia. Se detuvo. En ese momento,
la luz de la calle se apagó y se sintió
envuelto por el frío y las sombras. Empezó
a deslizarse de espaldas contra el muro, lentamente,
y tanteó al fin el ángulo en que doblaba.
Echó entonces a correr por allí, tratando
de reordenar sus pensamientos, sintiendo
que empezaba a perderse. Había olvidado
eso, había olvidado las paredes nuevas. Sobre
154
su cabeza dos balas hicieron saltar el revoque
de la pared. Se agachó, disparando al
azar, y un foco perforó las sombras rozándole
el cráneo. Corrió hacia un costado, huyendo
de ese foco, vio de pronto que el piso hacía
un recodo inesperado, y oyó un ruido, a su
derecha. Una voz potente estalló desde allí,
como amplificada por un micrófono: "¡Estás
rodeado, Acuña! ¡Entrégate!". Apuntó hacia
esa voz, y disparó. Oyó un grito, y luego el
ruido de algo que rueda y cae. Se arrojó de
bruces, y sobre su cuerpo pasó la ráfaga de
una descarga de repetición. En seguida siguió
adelante, gateando. Las manos abiertas sobre
el suelo, la pistola arrastrada por la correa
fijada a su muñeca, trató de pensar, otra vez,
de imaginar el sitio hacia donde estaba el
corralón, es decir, el cine. Sus ideas se confundieron.
Y en esa confusión se encendieron
de pronto los ojos negros de Alma. Levantó
el rostro, el pecho contra el piso rugoso y húmedo,
y recibió en los ojos el cielo plomizo,
las altas estrellas imperturbables. Y entonces,
con fidelidad fonográfica, oyó la voz, el sonido
grave de la risa de Alma. "Alma perra,
maldita", murmuró, y escupió con fuerza. En
ese instante el foco de luz apareció a lo lejos,
arrastrándose por el suelo como una serpiente
155
amarilla. Se puso de pie, de un salto, y echó
a correr en dirección contraria. Sus manos
dieron bruscamente contra un muro. Otra vez
estaban atajándolo esas paredes que parecían
erguirse a cada paso, brotando de las sombras.
Se detuvo ante esta pared, mirándola, jadeante.
"Dónde estoy, maldito sea", murmuró.
Y de pronto comprendió. Era la Ciudad. Estaba
también aquí, en los techos, había crecido
también aquí, levantándose, como antes
en el asfalto de las calles, en los altos muros
de las casas. La había olvidado, no había pensado
que volvería a encontrarla, en la noche,
en los techos de su infancia. Y aquí estaba,
como siempre, atajándolo, acorralándolo,
cambiando estos techos como antes había cambiado
el barrio íntegro y su vida. Lleno de
cólera levantó el puño, crispado en la amenaza
de golpear esta pared, pero lo detuvo en
alto al ver brillar en el aire su propia arma.
Y entonces apuntó a este muro. Insensatamente,
como si pudiera existir una muerte
para el cemento y la piedra, descerrajó contra
él la carga íntegra de su arma, fusilándolo.
Como sincronizados a sus disparos, estallaron
otros, a lo lejos. Se volvió y distinguió
dos sombras que se aproximaban con sigilo
felino, avanzando por el piso rugoso que
156
abandonara un rato antes. Apuntó a una, y
oyó un grito sofocado. Al momento surgieron
otras sombras, gateando sin prisa en la noche,
acercándose. Volvió a disparar. Las sombras
se detuvieron, parecieron reducirse, empequeñecerse.
Disparó otra vez. Las sombras
se disolvieron, desvaneciéndose. Las sombras,
las sombras, siempre las sombras. Avanzó a
lo largo del muro, las espaldas contra él, de
costado. Se detuvo. A su derecha el piso seguía
junto al muro en un declive que se interrumpía,
unos metros más adelante, como
cortado a golpe de hacha. Descendió hacia
allí, con cautela, mirando en derredor, sin
despegarse de la pared, esperando ver brillar
la luz de un foco o de una linterna, la mano
alerta. Nada ocurrió. Más bien, el silencio pareció
intensificarse, en. torno, cuajarse en las
tinieblas. Había un crujido, es cierto, que llegaba
desde alguna parte. Pero no lo turbaba.
Era como si el silencio crujiera. Se echó de
rodillas, al llegar si borde del muro cortado
a pico, y miró hacia abajo. Le pareció distinguir,
a unos dos metros de profundidad, un
nuevo techo. Trató de pensar adonde conduciría
ese techo. En vano. Tenía la mano izquierda
apoyada en la pared, y súbitamente
el revoque de esa pared saltó bajo sus dedos
157
y algo le quebró la uña. Ahogó un grito entre
los labios y disparó su arma. El foco de luz
apareció entonces a sus espaldas, acercándose.
Inclinó el busto hacia el techo inferior, sobre
el borde del declive, tratando de eludirlo. Pero
el foco llegó, inexorablemente, y le rozó
un hombro. Como si hubiera sido una mano
que lo empujara delicadamente por la espalda,
Acuña se dejó caer hacia ese piso, desde
donde llegaba una turbia claridad como de
agua sucia. Una ráfaga de aire helado le dio
en el rostro, los dedos se le crisparon sobre
la culata del arma, y de pronto, en un estallido
de vidrios rotos, el suelo se quebró bajo
el peso de su cuerpo, una pierna pareció desgarrársele,
destrozándose, algo le hundió el
pecho como una cuchillada, y oyó su propio
grito, brotando liberado de su voluntad, en
un feroz aullido. En seguida vio que seguía
cayendo envuelto en ese grito, rodeado de
una inesperada luz, y que avanzaba hacia
algo verde, un piso iluminado de verde que
ascendía velozmente a su encuentro, y contra
el que su cuerpo chocó al fin con violen-
cia, en un golpe sonoro como un gigantesco
toque de tambor. En su fuga por los techos,
desorientado por las paredes nuevas en las
que no había pensado, pero que surgieron allí
158
en la noche para cerrarle el paso, había vuelto,
sin saberlo, al techo del café de Ambrosio.
Y, sin saberlo también, acababa de saltar sobre
la claraboya de vidrio que daba sobre su
propio billar, destrozándola y cayendo sobre
ese mismo billar, ese billar del que había partido
El Púa, y al que ahora regresaba Miguel
Acuña en una parábola fantástica: para morir.
Quedó allí, aplastado contra el paño verde,
distorsionado, la mano .crispada sobre la culata
del arma, jadeando en un resoplido áspero,
animal. Y mientras una gran mancha
de sangre se expandía junto a su rostro, penetrando
el verde profundo de ese paño, creyó
ver a lo lejos, en una lejanía manchada también
de verde y de sangre, a su padre y a
otro que no había visto nunca pero que él
sabía que era Miguel Acuña, el abuelo Miguel.
Los dos espectros movían los labios y le hacían
grandes ademanes desesperados, agitando
los brazos. Trató entonces de apretar nuevamente
el gatillo. Pero la mano estaba ya
muerta, separada de su voluntad.
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Impreso durante el mes de
noviembre de 1955 por el INSTITUTO
AMIGOS DEL libro
ARGENTINO. . Buenos Aires,
República Argentina.

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