lunes, 8 de agosto de 2011

Perros de nadie, Esteban Valentino

Perros de nadie, Esteban Valentino



Extraños son, muchas veces, los comienzos de las historias humanas. Extraños y llenos de imprevistos y de dudas y de improvisaciones.
Porque cuando Bardo entró con su banda de casi-niños a la casa aquella, en la que esperaba encontrar algunos aparatos, algunas joyas y sobre todo dinero, la imaginó deshabitada, sumisa, lista para la búsqueda y para el hallazgo.  Y sin embargo no fue así. Sucedió que el hijo mayor de los dueños —“Los dueños son todos iguales”, solía repetir Bardo— se sintió grande en sus diez años recién cumplidos y quiso quedarse solo. Cuando escuchó ruidos en el comedor, se levantó creyendo que encontraría a sus padres y a las esperables preguntas sobre su soledad: “¿Cómo fue todo?, ¿no tuviste miedo?, ¿algo raro?”, pero, en lugar de las frases amables que sus diez años buscaban, se encontró con el revólver del Lungo, que se le disparó sin cuidado, sin destino.
Se le disparó para siempre, siempre. La bala rozó la cabeza rubia que buscaba preguntas amables y eso convenció a Bardo de que era el momento de alejar a los suyos. Él se quedó para comprobar que sus catorce años no tenían que cargar, con tamaña prontitud, una muerte; que los diez años, de cabeza amarilla, tenían solo un raspón y un miedo que no se sacaría nunca, nunca.
Lo llevó hasta la cama y trató de calmarlo antes de irse.
“¿Ahora nos vas a robar?” —preguntaron los diez años—.  “No, este afano ya fue” —dijeron los catorce—. Pero cuando quiso escapar comprobó que era tarde, que la policía ya estaba allí y que su madre tendría otro hijo al que ir a visitar a los temibles encierros adultos, donde desde hacía años se oscurecía un hermano vagamente conocido.  Entonces algo empezó a resquebrajarse en él. En alguna parte de sus certezas, comenzó un rompimiento. Esta es la historia de ese rompimiento.
Cuando Nueve escribió “culo” en la escuela, no sospechó que pondría en marcha tantas  resoluciones. Pensó en su profesora de Química, que lo atormentaba desde el sueño y aun desde la vigilia. Con los ojos en el techo, escribió “culo” como una venganza, como un exorcismo. Pero el mundo resolvió, y él no lo sospechaba. Su alejamiento de la vida académica lo obligó a decidirse por otros senderos.
    Esta es la historia de esa decisión.
   No es extraño que decisiones y rompimientos habiten las vidas de hombres o de casi-niños. No es extraño. Cuando decisiones y rompimientos no se encuentran, pasan ciertas cosas. Cuando se encuentran, pasan otras.


1

Los perros la miraban pasar sin molestarla. La conocían de memoria y sabían que su hambre eterna no tenía que tenerle miedo a esa mujer de caderas amplias. Los perros que la miraban pasar no tenían dueño. Eran jaurías fantasmales con costillas que podían contarse y tan ignorantes de caricias como de carne. Eran perros solos, perros llenos de ausencia, perros de nadie. Esos perros la miraban pasar.
Elizabeth caminaba por una de las salidas de la Villa, abarcando la mayor parte posible del frente. De acá para allá y de allá para acá. El vestido rojo furioso pegado al cuerpo, el pelo abundante cayéndole en cascada sobre los hombros, la cartera plateada, no demasiado grande,
y los zapatos haciendo juego, las medias negras caladas, que asomaban sugerentes por debajo de la rodilla, un eterno cigarrillo entre los dedos, manchado con el rouge de una boca exageradamente marcada a fuego. A las once de la noche, Elizabeth comenzaba su paseo diario por los límites de la Villa, esperando un cliente. Cada tanto, un auto se detenía a su lado y entonces la noche oía algunas breves palabras que salían por la ventanilla y otras que se
metían en el vehículo. Pero siempre, indefectiblemente, el coche seguía su viaje y Elizabeth volvía a su rutina de pasos para un lado y para el otro. Así, hasta que empezaban a asomarse las primeras luces del amanecer. En ese punto, Elizabeth daba por terminada su jornada nocturna y
dirigía sus zapatos plateados hacia su casilla. Se acostaba, y a las ocho y cuarto sonaba el despertador. Otro día.
Bardo había salido rápido del encierro. Los catorce años que declaraba su nombre de papel y lo que dijo el pibe rubio le sirvieron para volver enseguida a los caminos de tierra, a las muchas calles angostas y a las pocas calles anchas.
Caminó esa mañana sin guardapolvo porque se dio a sí mismo el permiso de la ausencia a la escuela y porque, como siempre, nadie preguntó demasiado en la casa. La carpintería de Hugo se fue acercando a sus ojos hasta que la oxidada puerta de dos hojas se lo tragó. Adentro, Hugo discutía con una cajonera que no quería quedarse firme y que no aceptaba los mandatos de la cola para madera.
—¡Hugo...! —gritó el chico al entrar.
—¡Pero la gran... con este cajón! ¿Quién...? Ah, Bardón,
¿qué haces, ratón?
—Nada, estaba al pedo y vine a verte.
—¿No fuiste a la escuela?
—No. Después de la otra noche voy a dejar pasar unos días antes de volver. No quiero ser un bicho raro y que me pregunten a cada rato cómo es la cana.
—¿Feo, no?
—Y, yo qué sé. Lindo no fue. Pero deja, no quiero hablar de eso. ¿Cómo anduviste?
—Igual que siempre, Bardo. Con poco laburo. Parece que la gente ya no necesita muebles.
Se querían Bardo y Hugo. Con ese cariño lejano que parece no contaminar mucho a ninguna de  las partes involucradas. Pero se tenían un buen afecto. Hugo lo había adoptado a Bardo desde chiquito, cuando descubrió que detrás del pibe que iba camino a la pesada, casi sin es calas, había una inteligencia que sabía escuchar. Y Bardo se había pegado a ese carpintero torpe, que se sentaba durante horas a la puerta de su negocio con un mate y unos bizcochitos, a abrirle las puertas más cerradas de su al ma. Se sabían casi únicos en esa historia de confesiones y secretos, y esa sensación había servido para acercarlos todavía más. No se puede saber exactamente hasta dónde llegó Bardo con su sinceridad. Es posible pensar que se permitiera franquezas que ninguno que los conociera habría imaginado. Hugo era el único que podía sacar al chico de su habitual parquedad y, a la vez, Bardo era vital para el carpintero. Bardo era su principal conexión con el mundo que empezaba en la puerta de su carpintería. El hombre contaba, el muchacho escuchaba y al final decía un par de frases que a Hugo le servían para quedarse pensando hasta la noche. Así había sido siempre. Así era también esa mañana.
—¿Qué te pasa que tenés tanta bronca con esa cajonera?—preguntó Bardo.
—Nada. Que no se pega y está demasiado vieja para clavarla... Bah, sí. Me pasa lo de siempre.  Bardo lo miró para que Hugo se diera cuenta de que lo entendía, y también sabía que el carpintero iba a seguir hablando y que “lo de siempre” tenía ese día algunas novedades.
—Ya estoy podrido, Bardón. Esta casilla es una bosta. Yo soy un carpintero de cuarta y quiero irme de acá, pero no sé cómo, y encima tengo miedo. Como si perder estas cuatro chapas de mierda fuera tan terrible.
—No —dijo Bardo—. Pero a vos te pasa como a mí cuando me agarraron en esa casa. Si salía, me encanaban, y si me quedaba, me amasijaban. Cuando estaba por abrir la puerta me di cuenta de que no tenía ninguna buena.  Un bajón.
—Eso. Un bajón —aceptó Hugo—. No hay buenas.
Se quedaron en silencio dándole al mate y a los bizcochitos, sabiendo que el otro estaba allí nomás, y disfrutando de esa certeza. Cuando se separaron, Bardo se fue para la cancha, y Hugo se quedó pensando en eso de que no hay buenas.
La gente de Nueve se estaba preparando para la noche.  Iba a haber salida. Nueve se prendía a veces en esas excursiones exploratorias, sobre todo, después de que lo echaran de la escuela por haber escrito la palabra “culo” en lugares indebidos, en momentos inadecuados. Siempre algo se podía curtir. A eso de las doce se iban a dejar caer por la Villa.
Nueve no era una figura principal en el grupo, pero, pese a sus breves catorce años, era una presencia respetada en el barrio de la Fábrica porque no arrugaba y, llegado el caso, sabía ir al frente. Esa noche estuvo a las once y media donde siempre y empezaron a caminar para la Villa. No era una distancia demasiado importante y en menos de treinta minutos tropezaron con los primeros pasillos.
La Villa tenía algunas características que la hacían especial. Por ejemplo, estaba claramente delimitada. Nunca ninguno de sus habitantes quiso confesar si esta exactitud en la línea divisoria era un efecto buscado para dejar en claro que de aquí para allá, ustedes, y de aquí para acá,
nosotros, o si fue obra de la casualidad eso de que de aquí para allá, etcétera. De modo que se podía caminar por la
calle lindera a la Villa y se estaba, sin dudas, en el mim do de aquí para allá. Además, con su particular geografía, daba la sensación de tener puertas más que calles de acceso. Esto la hacía fácilmente rodeadle, llegado el caso de una redada, pero también fácilmente defendible. Si sus habitantes no querían que alguien entrara, no entraba.  Esa posibilidad se daba más con bandas rivales que con la policía. El grupo de Bardo era especialmente celoso en eso de la integridad territorial.
Pero esa noche no había actividad, ni vigilancia ni nada, y la Villa ofrecía sus entradas y salidas como una mujer tal vez excesivamente complaciente. Igual que otra ciudad, cantada hacía lejanos años, la Villa, libre de miedo, multiplicaba sus puertas. Y, cosa extraña, nadie transitaba ese territorio limítrofe de la vereda, ese acá-allá con piso de cemento y algunos faroles encendidos. Tal vez el frío, tal vez algún pronóstico de lluvia. Lo cierto es que Nueve y los suyos recorrieron ese limbo sin ver a nadie.  Hasta que oyeron un ruido.
El vestido rojo pegado al cuerpo, el pelo abundante cayéndole en cascada sobre los hombros, la cartera plateada no demasiado grande, y los zapatos haciendo juego, las medias caladas, que asomaban sugerentes por debajo de la rodilla, un eterno cigarrillo entre los dedos, manchado con el rouge de una boca exageradamente marcada a fuego. El golpe de los tacos sobre el cemento rompía la oscuridad y le daba a la escena un cierto aire de mala película de misterio.
—Una puta —dijo el jefe de los intrusos.
—Sí, ¿y? —dijo Nueve.
— ¿Cómo “y”? Que algo tendrá, algo ya habrá hecho
—se plantó el Jefe, como para que no quedaran dudas de que ya había elegido su objetivo y de que ningún advenedizo
lo iba a apartar del botín que imaginaba esperándolo en la cartera plateada no demasiado grande.
—¿Qué? ¿Ahora apretamos putas? —quiso seguir cuestionando
Nueve, a partir de algún tipo de honor mancillado.
—Apretamos lo que tenga plata, chabón. Y si no te gusta, te las podes tomar. Nadie te llamó.
Los demás no quisieron formar parte de la diferencia de opiniones porque la navaja a resorte del Jefe era famosa, y además porque, secretamente, tal vez estaban complacidos de que el dinero de esa noche llegara con tanta simpleza.
—Vos, tópala por adelante, que yo la aprieto por atrás— ordenó el Jefe.
Sabían moverse. Pato corrió unos metros por la vereda de enfrente, antes de cruzarse en la imaginaria línea de camino de Elizabeth. Cuando la mujer lo vio venir, ya era tarde. Pato se le vino encima como una maldición y, casi al mismo tiempo, sintió una puntada en su espalda y la voz del Jefe que le exigía la cartera plateada no demasiado grande. Entonces Nueve empezó a ver todo como en cámara lenta. Y vio que hacía ya unos segundos que estaba garuando y que de golpe el suave goterío se convirtió en una catarata. La noche se hizo de agua. Y Elizabeth demostró en ese instante que tenía una inesperada fuerza para su femenina condición. De una poderosa patada en los genitales se desembarazó de Pato y con un codazo en el estómago quiso hacer lo mismo con el Jefe. Pero el pibe era duro y ducho en eso de los combates cuerpo a cuerpo.
Alcanzó a clavarle la navaja a la altura de la cadera, al mismo tiempo que los otros miembros del grupo se acercaban corriendo en ayuda de sus camaradas agredidos. Con unas cuantas patadas estratégicamente dadas volcaron el resultado del enfrentamiento decididamente a su favor, arrebataron la cartera plateada no demasiado grande, levantaron U sus compañeros y se metieron en la cortina de agua hacia el olvido. Nueve siguió parado, duro, mirando todo a través del extraño prisma de las gotas. Varios segundos después seguía sin moverse, viendo cómo Elizabeth se levantaba con dificultad, mientras se agarraba el costado lleno de barro, agua y sangre. La mujer lo miró, pero no hizo ningún intento por acercarse o hablar. Encaró hacia una de las calles-puertas y se perdió en la Villa. Nueve se mantuvo en su postura de estatua, empapándose en la noche unos momentos más, mirando la nada en que se había convertido la ausencia de la mujer. Finalmente, dio media vuelta, se puso las manos en los bolsillos y empezó a volver a su territorio. Sabía que de lo recaudado esa noche no le tocaría nada, pero descubrió con algo de alivio que eso tampoco le importaba. Y en ese momento supo que desde entonces trabajaría solo. Que, siempre que necesitara agregarle algún extra a las changas que hacía, no buscaría la compañía de la banda. Sus pasos inundados se perdieron de a poco, de la rabia, de la impotencia.




2
Era don Eleazar un hombre de recuerdos gigantes. La madre lo había hecho judío y le había enseñado a querer su nombre. De niño, le había contado hasta el cansancio la heroica resistencia de la Fortaleza de Masada. Sabía, como el camino a casa, la gesta de aquellos hombres y mujeres que, guiados por su lejano tocayo, prefirieron la muerte masiva antes que la rendición a las tropas del cónsul romano Tito Flavio, en el año 73 d. C. Allí empezaban los recuerdos, en esa historia de veinte siglos. Su taller mecánico se poblaba de pibes de tanto en tanto, para que don Eleazar abriera la tapadera de su memoria. Y el viejo
empezaba. No había preguntas. El recuerdo salía uno solo y salía de un tirón. Si alguna vez se repetía —lo que no era muy común, porque su memoria parecía fabricada de infinitos—, la historia salía otra vez exactamente igual, sin una coma de más o un adjetivo de menos. Tendría entonces unos sesenta años largos, de esos que empiezan a pesar el doble porque se está ya más cerca del final que del principio. Pero era un hombre de rencores breves, con el pelo de la cara bastante más tupido que el pelo de la
cabeza. Y con una historia siempre lista a inundar el aire que lo rodeaba: “Y entonces Eleazar llamó a todos al templo.
Ni siquiera los niños o los impedidos quedaron afuera.  Y les dijo que la rendición equivaldría a que todos ellos fueran conducidos hasta Roma para pasear por la capital del Imperio como esclavos. Y que si Jehová los había hecho hombres libres, no había sido para que ahora hicieran lo que unos paganos, que creían en dioses que bebían vino hasta hastiarse, les ordenaran. Y les dijo que él sabía que Tito Flavio era un hombre de honor, pero que el destino de los prisioneros estaba más allá de las decisiones de un tribuno, por más hijo de emperador que fuera, y que la esclavitud no era ni siquiera una posibilidad a contemplar para hombres que habían nacido libres y que debían morir así.  También les dijo que él y su familia habían resuelto eso, morir, que se entregarían voluntariamente a los más hábiles en el manejo del cuchillo, para que fuera Jehová, y no un emperador ignorado, quien los recibiera en Su ciudad.  Así hicieron los hombres, mujeres y niños de Masada. Nadie quedó en la ciudad sin seguir el ejemplo de Eleazar y su familia.  Y, cuando a la mañana siguiente, Tito Flavio rompió por fin las puertas de la ciudad, encontró las casas llenas de cáscaras vacías, de cuerpos que no tenían ni siquiera sangre que recuperar. Y el romano lloró ante el cadáver de su enemigo vencido y le rindió honores y lo insultó por lo bajo, porque le había regalado una pesadilla de la que se libraría solo con su propia muerte”.
La madre le había enseñado el amor por su nombre y por la memoria. El padre lo había inundado de su orgullo por el anarquismo. La madre le hablaba de lejanos héroes hebreos. El padre, de Antonio Soto, el español que se había puesto al frente de los campesinos patagónicos cuando las huelgas de 1919. Y había también una historia, claro:
“Llegó un momento en que los últimos obreros que todavía resistían fueron rodeados en los campos de una de las es tandas. Y hubo que decidir si pelear o entregarse. Los que dirigían el movimiento dijeron que había que combatir hasta el final. Pero los hombres ya estaban cansados de tanta lucha y, cuando hubo que votar, resolvieron rendirse a los soldados del teniente coronel Várela. Pero Soto no quiso suicidarse: sabía que Várela tenía orden de fusilarlo no bien se entregara y no tenía la intención de darle el gusto.  Esa noche, cuando los campesinos cabalgaron con una bandera blanca para ponerse a las órdenes de Várela, Soto se perdió entre las vueltas del río para pasar a Chile y no volver más”.
De semejante mezcolanza, Eleazar había hecho su propia síntesis y se había dedicado con entusiasmo a la práctica de ritos africanos. Fue intentando un conjuro creado por una tribu de Sierra Leona, para que una morocha vecina suya le diera bolilla, como descubrió una utilidad inesperada de su magia.
Era un domingo por la mañana. El taller estaba cerrado.  Eleazar preparó sus pócimas y las fue echando lentamente a un caldero, mientras recitaba las palabras necesarias para que la morocha se rindiera a sus reclamos. Tal vez algún error en la fonética del dialecto original; tal vez, no demasiada fe de su parte. Quién sabe. Lo cierto es que la morocha no tocó nunca el timbre de su casa. Eleazar pasó Bolo todo el domingo, reprochándose por haber elegido esa magia de Sierra Leona en lugar de la mucho más segura de Mozambique. A la noche, convencido ya de la certeza de su fracaso, decidió sacarse algo de la bronca metiéndole mano a una vieja camioneta F 100 totalmente arruinada.
La batería estaba muerta, pero igual le dio arranque para comprobar desde el comienzo la gravedad del daño. El taller se llenó de un sonido como no se había escuchado nunca en el barrio. Si él no había perdido por completo su oído con las basuras inmundas disfrazadas de motor que escuchaba todos los días, esa maravilla se parecía bastante a una cero kilómetro. Bajó como loco de la cabina, abrió el capota y allí, bajo una capa de tierra de tres centímetros, bramaba un sueño hecho metal. La revisó toda la noche y no encontró ni una tuerca que no despertara su admiración.  La prueba era concluyente, pero Eleazar necesitaba otra confirmación.
El viernes por la tarde le trajeron un Citroen 67, que llegó hasta la puerta del taller gracias a la inclinación de la calle. Se lo cambiaron por un burro de arranque que el dueño necesitaba para su otro coche, que todavía algo andaba. El domingo se encerró en el taller con sus líquidos, sus palabras en la memoria y el Citroen. Cuando terminó el ritual y le dio arranque al auto, no quiso guardarse el grito que le salió de la nada. Y ya no tuvo que levantar ninguna chapa para saber que allí adentro todo funcionaba como debía. Ahora hacía años que vivía de su fama como el mejor mecánico del barrio. Hacía años que contaba sus historias en el mismo taller, que no había querido abandonar pese a la prosperidad, y años también que Nueve escuchaba, admirando en secreto la intransigencia de Eleazar y, algo menos, la valentía de Soto.
—Porque al final Soto se las tomó, don Eleazar, se rajó.
No se quedó con sus compañeros como había prometido desde el principio —le decía Nueve, criticando al hombre que había incendiado el sur argentino.
Eleazar pensaba cuidadosamente la respuesta:
—Soto era español y tenía un segundo, un alemán, también anarquista, que discutió con su jefe lo que debían hacer los dos ante lo que habían resuelto sus compañeros.  El alemán sabía que entregarse a Várela era sinónimo de fusilamiento. Pero dijo que si siempre habían acatado lo que resolviera la mayoría, ahora no podían hacer una excepción, aunque eso significara la muerte. Soto miró a su amigo a los ojos porque entendía que había llegado el momento de una despedida definitiva, y le dijo:
“No, Alemán, yo soy un luchador, y si los compañeros quieren suicidarse, quieren dejar de luchar. Y hasta allí no los sigo”. Entonces, el alemán lo abrazó para decirle adiós:
“No te juzgo, Antonio. Esta es la decisión tuya y, aunque estoy seguro de que estás equivocado, sé que en cualquier lugar en que te pongas a vivir, vas a seguir buscando un mundo mejor”. Y Soto tuvo razón, porque Várela fusiló a todos los jefes que se entregaron, aunque se volvió loco cuando se dio cuenta de que justo faltaba el español.
—No sé —dijo Nueve, con los ojos clavados en un Di Tela que esperaba su turno en el taller—. Me parece que el alemán ese tuvo los huevos de un burro y que Soto se borró. Y me da bronca, porque hasta ese momento había nido muy valiente. En cambio, Eleazar en Masada no le tuvo miedo a la muerte.
—Bueno, quién sabe. Ahora tengo que seguir trabajando, Nueve. Cerra la cortina, que vamos a arreglar el Di Tela este que lo van a venir a buscar a la tarde.
Nueve era el único del barrio que conocía el secreto de la eficacia mecánica de don Eleazar. El hombre colocó sus ollas alrededor del auto y empezó a danzar en el taller, mientras recitaba los conjuros de los nativos de Sierra Leona. Con la práctica, había descubierto que la danza
apresuraba el proceso de reparación y que otros ritos tenían también su utilidad. Nueve compartía la ceremonia.  Los dos se habían sacado la camisa y se habían trazado líneas con carbón tibio en el pecho. Eleazar arrojaba gotas sobre el techo y el capot del Di Tela, mientras Nueve frotaba una hoja de banano por el tren delantero y el distribuidor.  El daño era grande y exigía esfuerzos extra. Sin detener la danza, don Eleazar se arrastró debajo del coche como una víbora venenosa buscando entre la sabana africana las distracciones de su víctima. Y desde allí lanzó su conjuro más poderoso. No había diferencial carcomido por los años que soportara el poder de esa voz imperad va. Los metales recordaban en el momento sus primeros brillos. Recobraban su flexibilidad, su resistencia, su exactitud.  Dócilmente se entregaban a la reparación. Nueve ayudaba en las dificultades menores. Sus palabras de catorce años alcanzaban todavía solo para las partes eléctricas más elementales. Eleazar le permitía entreverarse con las bujías, de vez en cuando con alguna batería, pero su tarea básica consistía en reforzar los pases del dueño del taller.  Además, el hombre entendía que la inmortalidad no estaba al alcance de su magia automotriz y pensaba que el pibe podía ser un buen aprendiz y, eventualmente, un correcto reemplazante cuando le llegara el momento de dar el último arranque. El final del trabajo los encontró agotados, recostados contra una de las paredes del fondo con una lata de cerveza cada uno.
—Costó, ¿eh? —pudo decir Nueve.
—Sí. Es que estaba demasiado jugado —le respondió el mecánico, agitado.
Nueve miró a su maestro pensando que no le iba a gustar lo que tenía para contarle, pero sabiendo también
que, igual que el alemán a Soto, el viejo tampoco lo iba a juzgar.
—Anoche nos caímos por la Villa, don Eleazar —susurró con los ojos fijos en el piso de cemento del taller.
—Aja, ¿y?
—Apretamos a una puta.
—Aja.
—Yo no quería, pero usted sabe cómo es el Jefe cuando se le pone algo.
—¿La lastimaron?
—Sí, pero poco. Un puntazo en el culo y unas patadas.
—¿Vos le pegaste?
—No. Pero soy un boludo, porque al final no ligué un mango.
—Sí. Sos un boludo y alguna vez te van a meter un fuetazo en el mate por afanarle a una mina que tiene veinte pesos para repartir entre seis.
—¿Y qué quiere? Lo que saco en el mercado y lo que usted me da no me alcanza.
—Bueno, no me llores más. ¿Y ahora qué piensan hacer?
Porque los de la Villa se van a dejar caer por acá. Y vos sabes que esos no son nenes...
—Y... no sé. Si vienen buscando bardo...
Pero no quiso terminar de hablar. Es más, quiso callarse. Eleazar también prefirió el silencio. Así los encontró la noche. El taller estaba a oscuras y el Di Tela no se veía.

3

La carpintería seguía cerrada. Eran más de las once y a Bardo le pareció una exageración esa costumbre de Hugo de abrir casi al mediodía cuando la noche anterior terminaba con una borrachera inmortal. Ya se habían ido dos dientas que se habían cansado de esperar y Bardo pensó que era su deber de amigo entrar a la casilla y despertar al carpintero. Lo imaginó tirado en el catre, boca abajo, con un aliento a alcohol que inundaría la habitación casi hasta la náusea y pidiendo por favor que lo dejara morir tranquilo, que esa casilla de mierda y esa carpintería de mierda y que nada servía para nada y él menos que nada.
Abrió con cuidado la puerta de madera, prendió la luz y lo que vio le llenó de terror los catorce años, por muy Curtido que estuviera en esos bailes. Hugo no estaba boca abajo, estaba boca arriba, con los ojos fijos en el techo de chapa, con una mano sobre el pecho y una enorme mancha de sangre sobre las sábanas. Miró a su amigo con Una mezcla de cansancio y lástima, y tuvo algo de resto para calmarlo: “No te asustes. Es más impresionante que jodido. Una herida en el culo que ya cicatrizó. Esto es sangre seca. Voy a estar bien”.
Hugo miró otra vez al techo y pareció olvidarse de la presencia de Bardo. Pero fue apenas una sensación. Unos segundos más tarde volvió a hablarle, aunque sin dejar de mirar para arriba.
—¿Cómo fue eso que dijiste el otro día? Ah, sí, que no hay buenas. Y no, parece que no. Hagamos lo que hagamos, nunca hay buenas, ¿eh, Bardón?
Bardo se sentó en un banquito al lado de su amigo y al fin pudo preguntar.
—Pero ¿qué te pasó?, ¿cómo te hiciste esto?
—¿No pensarás que destapando una botella de vino se me clavó el sacacorchos en el culo, no? Estaré borracho a la noche pero no hago boludeces. Bah, al menos no hago esas boludeces. Anoche. Estaba laburando y me atacó la barra del Jefe, del barrio de la Fábrica. Así como estaba, no me reconocieron y me quisieron afanar. Le hundí los huevos a uno, pero el Jefe me agarró por atrás y me punteó. Los imbéciles ni se dieron cuenta de que en la cartera no había un mango.
—Pero yo no te entiendo, Hugo. ¿Para qué carajo laburás de eso a la noche, si nunca te enganchas un cliente?  ¿Por qué no te vas con el primero que pasa?
—Es que no sé cómo explicarte, Bardo. Yo tampoco la cazo mucho. ¿Sabes? Yo siento que tengo que irme con el tipo solamente cuando le veo algo que me golpea el pecho, ¿entendés?
—Nada.
—Es que yo soy un trolo que todavía tiene sueños, no una puta barata.
Se quedaron unos segundos en silencio, tratando de ordenar lo que les pasaba por dentro a cada uno, hasta que Hugo volvió a hablar.
—Che, Bardo.
—¿Qué?
—En el fondo, ¿no me gustarán las minas a mí?
—Vos no te empedás a la noche. Vos vivís empedado.
Fue la primera vez en muchos días que pudieron largar algo parecido a una risa. Pero Bardo no se reía olvidándose de todo. Pensaba que la gente del Jefe se había metido en su territorio y pensaba que esas cosas no podían quedar sin respuesta. La navaja a resorte dormía en su bolsillo y Bardo la acariciaba.
La reunión en la plaza de siempre no fue esa vez para elaborar ninguna estrategia nocturna que les permitiera acceder a recursos propios. No. Esa tarde, Bardo había convocado a su gente para planear un escarmiento. Esto era, sin duda, mucho más peligroso que las otras salidas y todos lo sabían. Solo los más probados en el coraje podían acceder a ese tipo de acción y por eso Bardo se había juntado únicamente con su plana mayor. Por ejemplo, en la última acción el Lungo había demostrado que todavía le faltaba y por eso había quedado afuera. Los más novatos tampoco habían sido llamados. Es que una cosa era meterse en una casa vacía o enfrentarse con unos pibes asustados para sacarles las zapatillas y alguna campera de marca, y otra, muy distinta, vérselas con la gente del Jefe, que no eran ningunos nenes de pecho. Iba a haber pelea, y de la buena, y una vez que se abría esa canilla alguien podía mojarse, como le gustaba decir a Bardo para ejemplificar que las heridas —y hasta la muerte— le podían caer a cualquiera.
La plaza estaba esa tarde con la soledad a pleno. Tenía esa ausencia de ciertos lugares olvidados por los que deberían recordarlo y que entonces hacen como más grande el olvido. El sol empezaba a hacerse un simulacro en el horizonte
y el fresco del otoño ayudaba a aumentar la sensación de silencio que invadía todo.
Bardo explicó las líneas de acción con detalle, para que nadie pudiera alegar ignorancia de sus deberes.
—Quiero que ese sepa con quién se metió y por qué le va a pasar lo que le va a pasar. No le van a dar más ganas de andar metiéndose en la Villa para afanar nada y tampoco le van a quedar ganas de meterse con la Elizabeth.  Además, el plan empezaba con un detalle curioso, por no decir inverosímil. El plan empezaba con una carta.
—Esta es la carta que escribí, y vos, Pelado, te vas a ir hasta el barrio y se la vas a dejar en el kiosco del Pitu. El Jefe para siempre ahí. Después nos dejamos caer por el barrio el sábado a la noche. En El Trópico hay joda y van a estar todos. Yo voy a llevar el fierro. Ellos alguno van a tener.  Nos vemos el sábado a las diez en la pizzería.  Pocas palabras. Las necesarias para ser dichas. Las otras, las escritas, viajaron con el Pelado hasta el kiosco del Pitu, donde el Jefe solía realizar sus descansos. El mensaje era breve, contundente y no dejaba lugar a dudas. Decía así:
“Jefe: te metiste en nuestro territorio y la punteaste a la Elizabeth. Nosotros te vamos a hacer lo mismo que le hiciste a ella. El sábado te voy a meter la navaja a vos.”
Frases sin historia, pero con un porvenir pintado de presagio.
Don Eleazar miraba a su discípulo dormido y pensaba que Nueve iba a tener problemas para convertirse en el heredero de su clientela mecánica, no porque tuviera dificultades para recordar los complicados rituales africanos.
De hecho, para su poca experiencia y edad, lo hacía bastante bien. Pero don Eleazar pensaba que, fuera de las pa
redes de su taller, la vida de Nueve se hacía cada ve/, más riesgosa, y eso no le gustaba. Esa tarde, antes de dormir 86, le había contado un sueño que lo estaba visitando a menudo en las últimas noches:
—Hay un monstruo enorme, don Eleazar. No, enorme es poco. Es un monstruo terriblemente gigante. No es como un dinosaurio, sino más bien grande como un edificio gigante. Y yo sé que tengo que enfrentarme a él. Que si lo puedo vencer, todo va a cambiar en mi vida.  Pero también sé que ganarle es casi imposible, porque es tan pero tan grande, que yo puedo pegarle como cien tiros y no le voy a hacer ni cosquillas. Pero igual me le animo, lo peleo. Entonces me despierto, así que nunca sé si le gano o si él me hace de goma. ¿Qué será eso, don Eleazar?
El mecánico lo miró y, aunque pensaba que alguna explicación tenía, le dijo que él de sueños no sabía nada, porque prefería que fuera el propio Nueve quien descubriera los alcances de su fantasía nocturna. En esos recordares andaba el viejo, cuando Nueve se despertó y preguntó qué hora era.
—Las ocho, Nueve. Te dormiste hace como dos horas y te perdiste el arreglo de la chatita. Es un nuevo rito tutsi, de la zona de Ruanda, que es muy bueno para los cigüeñales.  Otro día te lo voy a enseñar. Otro, cuando no te quedes dormido soñando con edificios que te atacan. A propósito, ¿ninguno de esos monstruos tenía la cara de la banda de Bardo?
—¿Qué me quiere decir, viejo, que sueño eso de los monstruos porque tengo cagazo de que la banda de Bardo Se deje caer por el barrio?
—No, si ya sé que no. Ya sé que vos sos de los que no arrugan, de esos valientes que van siempre al frente y todo eso que dicen siempre ustedes. Solamente me preguntaba si además sos de los que piensan.
—Bueno, viejo, ya está. La cagada ya me la mandé.
Ahora hay que bancarse la que venga. Después me voy a abrir de ellos, pero en esta tengo que estar.  Don Eleazar miró a su aprendiz, entendiendo que ya lo había retado lo suficiente por el episodio del viaje a la Villa, y dulcificó un poco el gesto. Se sentó en el piso frío del taller y golpeó con la palma de su mano derecha el pedacito de suelo que quedaba libre a su lado, sin quitarle los ojos a Nueve. El pibe entendió la invitación y puso su cola donde había indicado el viejo. No dijo una palabra porque sabía que su maestro de mecánica necesitaba cierto silencio para comenzar una historia, y pensó que por esos mundos quedaba su futuro inmediato. Y no se equivocaba.  En el momento en que el Pelado llegaba al kiosco del Pitu con la misiva de Bardo, don Eleazar empezaba a hablar:
—Nadie sabe hasta dónde es capaz de llegar por amor.
Es como un salto en largo. Si pruebo yo, puede ser que haga unos buenos tres metros. Pero si saltas vos, seguro que pasas los cuatro. Y algún chorrito del barrio, corrido por la policía, con envión y miedo, en una de esas pasa limpito el arroyo, que tiene más de cinco metros. Pero el récord mundial, el de los saltadores profesionales, lo tiene un yanki con casi diez metros. Lo mismo pasa con el amor. Nosotros podemos, yo qué sé, enfermarnos por amor. O ponernos locos de contentos, si nos dan bolilla. O hacer algunas locuras.
Y eso sería como los tres o cuatro o cinco metros del salto en largo. Pero ¿qué cosas puede hacer alguien que salte casi diez metros en estos asuntos del amor? Bueno, ahora te voy a contar la historia de alguien que saltó no diez, sino veinte metros, que hizo lo que nadie hizo. Esta es la historia de alguien que decidió no morirse hasta volver a encontrarse con la mujer que amaba. Y tuvo que esperar siglos. Escucha y después contame qué pensás del tipo que se cree un héroe porque va a ver a la novia un día de lluvia: “El hombre se llamaba Vlad Drakul y era un noble, un conde que tenía su castillo entre unos montes de Europa, que se llaman Cárpatos. Era el comandante cristiano de un ejército que luchaba contra los sarracenos durante la Edad Media, porque los otros no creían en Dios, sino en Alá, y por eso se hacían la guerra y se odiaban.  Drakul estaba casado con una mujer a la que adoraba por encima de cualquier otra cosa que tuviera que ver con él, incluyendo ese Dios por el que salía a morir todos los días.  La mujer se llamaba Elizabetha y dicen que era hermosa como una noche estrellada y también amaba a su señor, y mil veces habría muerto por él, si se lo hubiera pedido.  Pero nunca hizo falta eso porque él solo quería que ella respirara para que sus pulmones pudieran hacer lo mismo todas las mañanas y todas las noches, y siempre.  Sucedió que una poderosa fuerza sarracena entró en el país y destruyó los sembrados y mató a los campesinos y quemó las casas. Los espías que mandó el conde le hablaron de un ejército invencible, que aventajaba al que los cristianos podían reunir en número, armas y ferocidad. Pero el conde tenía su fe y tenía su valor y, sobre todo, tenía a su Elizabetha, y no tuvo temor. Así que no escuchó a los que le aconsejaron recluirse en su castillo. Una mañana de sol brumoso y tímido, salió a un combate sin esperanza.
  Pero ocurrió, como tantas veces antes y tantas veces después, que los pocos fueron más fuertes que los muchos y los derrotaron y los hicieron huir. Esa mañana Dios derrotó a Alá y el conde Drakul cabalgó victorioso sobre los cadáveres de sus enemigos, y dicen que reía, mientras su espada se afilaba una y otra vez sobre los cuellos de los hombres odiados. En desbandada y llenos de pánico y rencor, unos pocos sarracenos lograron esquivar la furia de ese demonio y huir a regiones donde no pudiera encontrarlos la sed de ese filo terrible. Huyendo sin sentido, encontraron un castillo perdido entre los Cárpatos y a un campesino tembloroso. Le preguntaron quién habitaba allí y, cuando el hombre respondió que era la morada del noble señor de aquellas tierras, el siempre bienamado conde Drakul, los fugitivos planearon una venganza cruel. Cortaron la cabeza del campesino y la desfiguraron, y le arrancaron los cabellos.  Cuando fue imposible reconocer algún rasgo en ella, la metieron en una bolsa de tela y cabalgaron hacia el castillo.
Se detuvieron ante el portón principal solo para gritar que el número y la furia de los sarracenos había sido demasiado para las débiles legiones cristianas y que, en memoria de su valiente jefe, habían traído su cabeza hasta el castillo. Arrojaron la bolsa, que cayó en el patio central, y escaparon al galope, pensando que las horas de dolor que se vivirían en el castillo, hasta que se supiera la verdad, serían una pequeña venganza ante la derrota, y que ya llegaría el tiempo de mejores resarcimientos. Pero si hubieran sabido hasta qué punto la mentira dañaría a su vencedor en ese día, se habrían llenado de gozo. Porque cuando la señora Elizabetha oyó la nueva y abrió la bolsa y vio la cabeza destruida de quien creyó su conde, enloqueció de llanto, y corrió hasta la torre más alta y se arrojó al aire para encontrarse con su sol, más allá de la noche.
Al día siguiente, Drakul regresó con su estandarte de triunfo desplegado y todos entendieron, entonces, que el engaño había llegado primero para dejar al castillo sin su mejor luz y a Vlad, sin su única excusa para seguir vivo. Pero él decidió otra cosa. Sabía que todo aquello que vivía lo había vivido ya antes, y que volvería a vivirlo en algún porvenir.  Y resolvió simplemente no morir, mantenerse en este mundo contrariando la ley de ese Dios impiadoso, que no había sabido cuidar de lo que Drakul más amaba, mientras él combatía en Su nombre, hasta que ella reapareciese en algún lugar y bajo alguna forma. Siglos estuvo así, alimentándose de sangre y del recuerdo de Elizabetha, hasta que ella volvió. Él la reconoció entonces y la amó como nunca y la recorrió como siempre, repitiendo su nombre, mientras la disfrutaba, y al fin pudo recostarse en paz.  Cerró los ojos junto a ella, y durmió y durmió y durmió, y no despertó jamás”.
Después, el viejo calló largo, para que su oyente supiera que ya no hablaría. Nueve miró a don Eleazar y ni siquiera quiso decirle que la historia del conde ese le había gustado, porque pensó que pronto debería volver a pensar en ella, y porque en ese momento golpearon a la puerta del garaje y oyó clara la voz de Alejo, que le decía al viejo mecánico que el Jefe quería verlo a Nueve en el kiosco del Pitu, porque tenía noticias de Bardo. Y entonces pensó que la banda de la Villa tenía más gente que la de ellos y, también, más experiencia en esas peleas, pero quién sabe, se dijo, quién sabe.

4

Bardo desconocía al hebreo Eleazar y, si hubiera sabido, se habría sentido más cercano a Tito Flavio y a su hambre de conquista. Bien está que el romano no anidaba deseos de venganza y tal sentimiento era el principal —si no el único— impulso que guiaba a Bardo cuando preparaba la invasión hacia el paraje del Jefe. Tampoco sabía de Masada y es seguro que el barrio de la Fábrica estaba bastante lejos de parecerse a la fortaleza judía. Pero algo tenían en común aquella historia de hace veinte siglos y esta historia de ahora. El responsable del ataque —Bardo, Tito— no subestimaba a su rival —el Jefe, Eleazar— y el combate se haría en terrenos del atacado, lo que les daba cierta ventaja a los defensores.
En todo caso, se sabe, porque la historia lo cuenta, que la hora final cayó para Masada, y también se sabe que el sábado a la noche llegó para todos, pero en especial para las huestes de Bardo y de Nueve.
—Bueno, ya es la hora —dijo Bardo a los suyos—. Ya deben estar en El Trópico. Cada uno sabe qué tiene que hacer. Y también saben que meterse con el Jefe no es joda.
Pero si dejamos pasar esta, van a pensar que se pueden caer por la Villa cuando quieran y hacer lo que se les cante.
Vamos a entrar por la avenida porque a esta hora hay mucha gente y no se les va a ocurrir hacernos una trampa.  Vamos, cuando estemos cerca de El Trópico se van para donde dijimos.
—Vamos —ordenó luego de una breve pausa.
Y fueron. Todos. Como soldados romanos al asalto de Masada. Pero llevaban navajas en lugar de lanzas. Y un 22 largo.
El Jefe había dispuesto su escaso mecanismo de defensa con sabiduría. En ese momento, Nueve pensaba en la historia de Drakul y en eso de que los pocos fueron más poderosos que los muchos, y pensaba también que algo así debería suceder si querían salir bien parados de la que se venía. Sabía que la tropa de Bardo era bastante más numerosa que la propia y confiaba en que la suerte que acompañó al conde de los Cárpatos le fuera igual de propicia a su grupo. Estaban bien distribuidos, pero no eran demasiados, y solo algunas navajas y un par de armas de fuego abultaban sus bolsillos. La entrada de El Trópico brillaba en la noche como un templo pagano y allí se librarían las batallas centrales de aquella guerra de castigo por el ataque a... a... ¡Pucha! Nueve casi se muerde la lengua cuando la comprobación le estalló en la mente como una granada. El motivo de los combates de esa noche y el motivo de la inverosímil inmortalidad del conde Drakul tenían el mismo nombre. Elizabeth, Elizabetha. El travestí de la Villa. La condesa de los Cárpatos. ¿No sería Bardo la marca de una nueva venganza? ¿No caería él sobre el barrio de la Fábrica como una sombra de maldición, como un terror sin nombre? Y si eso era verdad y el grupo de la Villa venía con fuerzas inesperadas, ¿servirían los con juros hutus, que tan bien reparaban distribuidores inservibles, para ponerles freno a los poderes de la oscuridad?
Elizabeth, Elizabetha. ¿Cómo no lo había pensado antes? Ahora era demasiado tarde para cualquier advertencia y solo quedaba la pelea. Miró el reloj de El Trópico. Eran las once y media. “Buena hora para morir”, se dijo, mientras Matías caía a unos veinte metros de él con la cara abierta. Cuando corrió para ayudarlo, el atacante ya no estaba y Nueve empezó a sospechar que esa vez no sería igual y que los que eran más, al terminar la noche, seguirían siendo más. Sacó la navaja y empezó a buscar un enemigo.
Se comprobó, entonces, que no basta la astucia en la distribución cuando el rival tiene semejante habilidad para planear el ataque. Los pocos combatientes del Jefe cayeron uno a uno con la cara cruzada o con heridas varias, porque casi todos debieron enfrentarse a dos o más atacantes.
Pero el más buscado por los chicos de Bardo, el autor del puntazo que desencadenó esta expedición punitiva,
el líder de la banda de la Fábrica, el mítico Jefe, no apareció por ningún lado. En cierto punto del combate,
Nueve quedó rodeado. Se dio cuenta de que cualquier resistencia era inútil y de que solo iba a complicar las cosas.
Todavía no estaba herido, pero sabía que eso era cuestión de minutos. Bardo dio unos pasos hacia él. Esperó que sus lugartenientes lo agarraran de los brazos y después habló.
O, mejor dicho, habló y actuó. Y dijo e hizo así:
—Esto es para el Jefe, Nueve. Decíselo de parte nuestra.
Y la navaja de Bardo voló hacia Nueve. Y se clavó en el exacto punto en el que había sufrido Elizabetha su ataque, cuando se enteró de la muerte de su amado conde, lo que provocó la ira de Drakul contra el barrio de la Fábrica y la no menos santa ira de Bardo contra Dios, que en ese momento empezaba a cancelarse. Elizabeth se había arrojado del enchapado más alto de la Villa con su culo herido y ahora la sangre de Nueve caía a la tierra desde la misma parte de su anatomía. Las cosas no eran claras en la cabeza de Nueve cuando lo dejaron en medio de una mancha que crecía sobre el piso del barrio de la Fábrica y se fueron pensando que las cosas habían salido bien y que el mensaje llegaría a destino.
Cuando el timbre sonó en la madrugada de don Eleazar, el viejo supo que la suerte no había estado del lado de su aprendiz en el combate de la Fábrica y que Nueve lo necesitaba.  Pero, cuando abrió la puerta y vio al pibe, se dio cuenta de que la necesidad era grande. Lo entró con esfuerzo y lo acostó sobre una manta que acomodó en el piso del taller.
—No se preocupe, don —pudo decir al fin Nueve—.
Bardo hizo todo lo posible para que el puntazo que me dio fuera lo más parecido al que le dio el Jefe a Elizabeth.  Ya va a pasar. Oiga, alguno de los conjuros que hacemos para los autos, ¿podría servir para mí?
—No, chiquilín —le contestó Eleazar acariciándole el pelo con ternura—. Esas cosas arreglan metales inservibles, pero yo ya probé sobre mí para curarme de mis dolores y lo único que logré fue perder el tiempo. Espera, que te voy a limpiar la herida.
El viejo dio vuelta a Nueve, le bajó el pantalón y empezó a limpiarlo con el alcohol fino que usaba en los ritos mandingas, insuperables para los diferenciales de los autos europeos, demasiado delicados y que no toleraban la fuerza excesivamente violenta de los pases llegados desde Marruecos. El líquido hacía gritar de dolor al herido, lo que le servía a Eleazar para retarlo:
—¿Cómo era que ustedes se la bancaban, pendejo? Se la bancaban para tener las caras cortadas o el culo clavado.  ¿Y el Jefe no era un tipo bravo? Se nota. No le daban los pies para rajar. Y quédate quieto, que me haces meterte el alcohol en cualquier lado.
Nueve no respondía porque estaba demasiado ocupado en que el alcohol le ardiera lo menos posible y porque sabía que no tenía muchas respuestas. El primer viaje a la   Villa había sido un error gigante y, a partir de allí, no podían sino encadenarse errores como eslabones groseros de su peor destino. Sabía que las cosas no terminaban en su trasero herido, ni en las caras cruzadas de sus hermanos de infortunio. Estaba seguro de que la pequeña historia cercana lo había puesto en un lugar en el que no había buenas decisiones. “¿Dónde escuché eso antes?”, pensó, mientras el fuego que le caía sobre la herida seguía quemándolo por dentro. Todo se confundía en su historia de errores propios y ajenos. “Pero mi error más grande fue haber nacido”, volvió a pensar para sí, mientras alguna voz extraña le aseguraba que esa frase tampoco era totalmente original.


5

Los polvorientos caminos de la Villa lo vieron aparecer sin prisa, arrastrando sus años como una sabiduría pesada.  Se detuvo en una esquina que señalaba el cruce de dos calles especialmente anchas y contempló hacia los cuatro vientos. El paisaje era idéntico, mirara para donde mirara.  Las casas chatas permitían que los ojos no tropezaran casi con nada. El sol reverberaba en los techos de las casillas breves y aumentaba la sensación de soledad y vacío. A unos cuarenta metros de donde él se había detenido, un grupo de perros revolvía un gigantesco montón de basura buscando la comida del día. Cerca de allí, un almacén cobijaba seis o siete cervezas que se guardaban del calor.  Las cervezas mataban el aburrimiento de la media mañana, dejando que pasara el tiempo y sintiendo la cercanía del cuerpo ajeno. No hablaban las cervezas. El silencio era un homenaje al otro. Una forma de estar juntos. Enseguida del almacén empezaban los pasillos, donde las ventanas de una casa se enfrentaban con las ventanas de otra casa vecina a una distancia de brazo no demasiado extendido.
Allí mandaba la sombra. El sol no llegaba a pegar la curva para golpear las paredes y tenía que seguir conformándose con los espacios abiertos. La Villa se movía entre esos
dos territorios: los pasillos, las calles principales. La sombra, la luz. ¿Quién reinaba? Nadie. O sí. Reinaban las dos.  El secreto del éxito estaba en saber vivir en ambas.  El viejo dirigió la mirada hacia el otro lado, más allá de la cancha de la vía, donde el paisaje no variaba mucho.  Otros almacenes, otras cervezas, otros pasillos, otras sombras, el mismo sol. En uno de los arcos de la cancha, un grupo de chicos jugaba a ser el dios de las tribunas de aire y cada gol recibía las ovaciones del viento. Un penal bien ubicado, abajo, pegado al palo, venció la estirada del arquero y dejó la pelota bajo la suela experta del visitante.  Acomodó el cuerpo levemente hacia la derecha y le pegó con la cara interna de su pie más hábil, buscando en comba el poste más lejano. El arquero ya se había parado, pero no intentó defensa alguna. El disparo entró junto al ángulo, rozando apenas el travesaño. Ventajas de los arcos sin red, que permiten pelotazos desde los dos lados.  “Todavía”, pensó con una sonrisa, mientras volvía a caminar.  Desde los afiches de los palos de luz, alguien se proponía como la solución, pero el visitante no le prestó atención. Eleazar no era alguien ajeno a lo que pasara fuera de su taller, pero ahora buscaba, y quiso concentrarse en lo que buscaba.
No sabía con precisión cuan lejos estaba del objeto de su búsqueda, pero no es la Villa un territorio interminable.
No ha de superar las doce manzanas, de modo que una caminata de menos de quince cuadras debería ubicarlo en el lugar hacia el cual se dirigía. El hombre sabía hacia dónde iba, y las calles anchas y los pasillos y las cervezas y los ojos tras las ventanas lo veían pasar sin una duda, como diciendo: “voy hacia allá”, y es hacia allá adonde iba. No se detuvo demasiado en el cruce de las calles anchas, allí donde ejecutó con tanta sapiencia su disparo al ángulo del arco de la cancha, y despertó la admiración de los chicos que mataban el tiempo a puro pelotazo. El sol estaba todavía alto, de modo que seguía siendo temprano, y continuó golpeando con dureza sobre los techos plateados.
Al fin sintió que estaba cerca de su objetivo, lentificó SU andar y su mirada se fijó en un punto de la calle, unos treinta metros hacia adelante. Dio unos cuantos pasos más y se detuvo. Lo que vio pareció satisfacerlo porque se le prendió una sonrisa en los años. Recordó sus épocas de carne firme, cuando peleaba junto con este que sus pupilas reflejaban ahora, soñando que la justicia estaba al alcance de la mano. Buena había sido aquella pelea para él.
Pero después todo había estallado a su alrededor y tuvieron que separarse Eleazar y este, al que miraba. El mirador eligió su exilio en la Fábrica que todavía funcionaba y en el barrio que la rodeaba. El mirado, en la Villa. Se quedó unos segundos más disfrutando de su alegría y al fin se dio cuenta de que no tendría más remedio que hablar, si quería sorprender. Le gustaba la sorpresa a Eleazar. Debía tener que ver con su tocayo hebreo, que hasta eligió su muerte y la de su familia con tal de que Tito Flavio se sorprendiera cuando finalmente invadiese Masada.
—¿Seguís sin poder arreglar un miserable banquito y todavía te llamas “carpintero”?
Hugo no se dio vuelta. Conocía la voz y, además, conocía la verdad de la voz. Dejó suavemente el banco en el suelo, tanto como para que no se rompiera más de lo que estaba y, sin mirar hacia la voz, contestó buscando alguna respuesta que no lo dejara demasiado mal parado ante sí mismo.
—Es fácil hablar cuando lo único que hay que hacer para ser eficiente es pintarse un poco la cara, tirar algo de alcohol al aire y bailar dando unos grititos ridículos. Alguien que hace eso, ¿puede llamarse “mecánico”?  Entonces sí, Hugo giró la cabeza y enfrentó la mirada de Eleazar, que mantenía la sonrisa. El abrazo de los hombres, luego de la distancia y el tiempo, fue lindo, y ellos no lo evitaron. Luego caminaron hacia la casilla del carpintero y se sentaron sobre unos troncos, recordando pasados compartidos. Hasta que Eleazar abandonó la sonrisa y habló al fin sobre el porqué de su viaje hacia la carpintería, hacia la Villa.
—Vengo a hablar de los chicos —dijo. Hugo calló unos segundos pero, luego, así se dijeron:
—Nadie va a hablar por ellos si no lo hacemos nosotros o ellos mismos —dijo Eleazar—. No me gusta lo que se están diciendo. Yo sé que Nueve no fue el que te hirió y que no le gustó lo que hizo el Jefe. Pero ahora llegó la venganza de Bardo y me parece que no se van a poder parar los golpes de uno y otro. Si nosotros no decimos algo, se van a matar.
—Pero ¿cuál puede ser nuestra voz, Eleazar? Bardo me escucha, pero yo no lo controlo, y me parece que algo parecido te debe pasar con Nueve. Y si Nueve quiere seguir con la revancha de su puntazo, entonces es posible que esto no pare hasta que uno de los dos termine en un hospital o en la morgue. No veo que nosotros podamos hacer mucho. Me parece que su destino está en sus manos.
—Ellos no tienen nada en sus manos, carpintero. Y mucho menos su destino. Caminan hacia donde los lleva el viento. Y los vientos de estos días los llevan hacia el carajo.
—Puede ser, Eleazar. Pero será el carajo que ellos se construyan. Yo voy a hablar con Bardo, pero sabiendo que él va a actuar según lo que sienta en el momento. Las acciones las planea, las respuestas las da.
—Tal vez yo tenga más suerte con Nueve. Puede que al menos consiga apartarlo de la Villa.
—Ojalá —dijo Hugo con poca convicción, pensando que la Villa tenía sus puntos atractivos para alguien como Nueve y que no los abandonaría tan fácilmente, aunque su maestro de mecánica afro se lo pidiera. Hugo imaginaba otros caminos. Pensaba en Sandra, la hermana de Bardo, y, aunque no lo dijera, creía más en esas líneas sugerentes de catorce años que en los discursos de un arregla motores místico. Tal vez, ella pudiera suavizar el porvenir de Bardo y Nueve.
La casa de Bardo es pequeña, con una división. En una de sus secciones duermen los que la habitan, es decir, Bardo, sus tres hermanos menores, la madre y Sandra.  Padre no hay hace rato. Poco después de nacido el menor, de siete años, desapareció y ya no regresó. La madre sostiene la casa limpiando una clínica por la noche y una casa por la tarde, dos veces por semana. Bardo ayuda ya se vio cómo y la madre no hace preguntas. Sandra se ocupa de llevar a los menores a la escuela, de ir a buscarlos, y es la responsable de acudir ante la maestra cuando los pibes se mandan un lío.
El mediodía siguiente al encuentro entre Hugo y Eleazar, ella salió de su escuela y caminó lentamente hacia su casa con pocas ganas de llegar. Pero caminó porque había cosas que hacer y Bardo habría vuelto de la escuela y los hermanos también y algo debería cocinar.
La madre no está y el funcionamiento de la casa queda a su cargo.
—Hola, Sandri —saludaron los hermanos menores.
—Hola, enanos —dijo la nena. Bardo no estaba todavía.
Buscó en la heladera, buscó en el armario y preparó todo para el almuerzo. Cuando estaban por terminar, llegó el hermano mayor.
—¿Te sirvo? —preguntó Sandra, sin averiguar sobre las causas de la demora.
—No, ya comí por ahí —respondió él, sin explicar nada.
Pocas palabras hay en la casa. Bardo no es de muchas y Sandra ha crecido mirándose en ese espejo. Tienen casi la misma edad. Se llevan apenas lo indispensable para gestar un bebé nuevo, luego de haber tenido uno. Diez meses después de Bardo, llegó la muchacha que ahora levanta la mesa, mientras los menores salen a jugar a la cancha y el mayor pone música. Sandra termina y ella también sale a la calle, alsiempreafuera, al de todos los días. Hace unas cuadras para cualquier lado y finalmente elige un rumbo, hacia la carpintería donde la está esperando Hugo.
—¿Qué pasa, Hugo? —pregunta cuando llega—. ¿Por qué me llamaste?, ¿y por qué tenía que venir sin decirle nada a Bardo?
—No, nada especial. Necesito que entregues una cosa a un amigo mío en el barrio de la Fábrica y sé que él tuvo problemas por ahí en estos días. No quise que siguieran los quilombos.
—¿Y por qué no lo llevaste vos?
—Porque todavía no estoy del todo bien de la herida.
Bueno, ¿me vas a llevar eso o vas a seguir haciendo preguntas, piba?
Sandra sonríe por primera vez y se da cuenta de que desde que llegó ni siquiera saludó a Hugo. Ella no tiene con el carpintero la misma relación que Bardo, pero lo quiere bien, sin trampas. Se sienta en un banquito rezando para que ese, al menos, no lo haya arreglado su amigo. Tiene suerte y no termina en el suelo.
—Ta’ bien, dame lo que tengo que llevar y decime para quién es.
—Es una carta. Y aquí está la dirección. Es fácil. Una
vez que llegues al barrio, pregunta dónde está el taller de Eleazar y no vas a tener problemas. Allí lo conocen todos.  No es como yo. Él hace bien su trabajo.  La nena sonrió, pensando que no dejaba de ser gracioso eso de que alguien que no tiene la menor idea de qué hacer con la madera fuera carpintero y que era lógico que alguien así fuera travesti, pero sin un solo cliente en su haber. Alguien con un fracaso tan colosal sobre sus espaldas tenía que ser un buen tipo. Tomó la carta entre sus manos, se la puso entre la panza y la pollera, y empezó a caminar para el barrio de la Fábrica.
Cuando llegó a su destino y Eleazar la hizo entrar, conoció a Nueve. Había tenido razón Hugo. La mirada del chico fue un prometedor comienzo. La de ella fue otro. La charla que tuvieron fue el tercero. Dos miradas y una charla pudieron más que las mutuas identidades que supieron esa misma tarde. El tiempo haría el resto. Curaría la herida de Nueve y, ya que estaba, haría de las suyas con el amor.

6

La huida del Jefe provocó movimientos en su banda.  El líder no pudo recuperar su antiguo puesto y debió dejar la zona por un tiempo, hasta que los deseos de venganza de sus antiguos subordinados se calmaran.  El efecto de la herida en Nueve fue contundente. Se convenció definitivamente de que había algo en su interior que le impedía funcionar en grupos como en los que, hasta el puntazo de Bardo, él estaba. Para eso había profundizado sus conocimientos de mecánica mística.  Ahora, dos años más tarde, estaban él y Eleazar tomando mate en la cocina, en el casi silencio de casi siempre.  El reloj de la pared señalaba la hora de una tarde que no se decidía entre el sol tenue y la resuelta cobertura de su cielo. ¿Cuánto tiempo pasaron en esa semipenumbra?  Quién sabe. Es tan caprichoso todo ese asunto de las horas y los días y los años...
El hombre y su aprendiz se pusieron a hablar del próximo arreglo que los esperaba: un Falcon modelo 64 que requería un trabajo completo del tren delantero, para lo que era necesario desempolvar los cultos de Mozambique.
Hacía bastante que no refaccionaban un tren delantero y había que afinar la coordinación entre los dos. El tictac
les hacía una delicada compañía. El tictac. El viejo estaba preparando un mate cuando tocaron el timbre. Dejó la pava sobre la mesa y fue a abrir.
—Ah, sos vos, nena.
—Buenas, don Eleazar, ¿cómo anda? —dijo Sandra desde su pollera breve, su remera ajustada y sus aros largos y abundantes.
—Supongo que no vendrás a verme a mí, ¿no?
—¿Y si le digo que también a usted?
—No te creería. ¡Nueve! Aquí está la chica esa que dice hace casi dos años que es tu novia. ¿Qué hago? ¿La dejo pasar?
—Déjela, viejo. Si no, se va a poner pesada.
Sandra entró al taller caminando con desenfado, fue hasta la cocina y se tiró sobre su novio, que tuvo que afirmar la silla para no caerse.
—¿Así que soy una pesada, eh? Cuando vine por primera vez no dijiste lo mismo, gallito. Lo único que hiciste fue mirarme con cara de pavo y no abrir la boca.  Nueve recordó aquel día, cuando el puntazo del hermano de Sandra estaba a dolor pleno y sentarse era la puerta de entrada al infierno. Sandra había entrado al taller y, entonces, su cola herida había pasado a ser una anécdota y todo había tenido para Nueve un nuevo nombre: las casas, las calles, los autos que recibía, el taller de Eleazar, las historias del viejo, sus cada vez menos amigos, la casa a la que ya casi no iba. Cuando Eleazar vio que los días pasaban con el canto de Nueve inundando el taller y que el chico cometía errores insólitos en los ritos marroquíes, tan simples y tan conocidos por él, supo que la estrategia de Hugo había tenido, al menos en esa parte, éxito.
Todo fue simple para Nueve. Solo tuvo que dejar que su alma hablara, o gritara o pegara alaridos. No importa ba. Eleazar apenas estaba allí para escuchar esos sonidos.  Las cosas fueron bastante más difíciles para Sandra.  Cuando Bardo supo que su culorroto —como él lo nombraba— entraba en el horizonte de su hermana, le prohibió que lo viera. Pero Sandra no había sido amasada con timideces y le habló sin rodeos al hermano mayor:
—Bardo, te lo voy a decir cortito, así lo entendés: no me jodas.
Bardo intentó, entonces, el castigo corporal. La agarró del pelo y trató de llevarla afuera de la casa para que el barrio entero viera el escarmiento, pero una certera patada de la chica en la entrepierna del hermano justiciero lo convenció de no hacerlo, y lo convenció del todo. Se quedó en el piso lamentando su iniciativa y pensando que tal vez no sería mala idea dejar que Sandra hiciera de su vida sentimental lo que ella quisiera. Esa noche le pidió que al menos no lo llevara a la casa.
De esa negociación nació la historia que ahora tenía a una chica y a un muchacho sobre una silla, en una cocina de un taller en el barrio de la Fábrica.
Sandra y Nueve fueron al taller y asistieron a los preparativos de Eleazar para el Falcon que esperaba su flamante tren delantero. Ella se quedó a un costado y se preparó para ver a su novio y al maestro mecánico en los pasos previos del rito de Mozambique.
Nueve untó su torso desnudo con una tintura preparada con jugo de agave, sangre de felino hembra y polvo de plumas de avestruz (bueno, ñandú para el caso). Sobre el pecho dibujó las líneas de un sol abundante, cayendo a pleno sobre un auto (intentó reproducir con la mayor
fidelidad posible las sólidas formas de un Falcon 64). En los pies se aplicó una pomada elaborada sobre la base de pimienta de Cayena y pasto de las estepas sudafricanas.  Este último insumo se reemplazaba bastante bien con una combinación de kikuyo y dichondra. En la planta de ambos pies debía escribirse la palabra francesa connaissance, con la que trataría de llamar la atención de las potencias celestes y, así, hacer descender el conocimiento necesario para que el tren delantero del Falcon defectuoso quedara impecable.
Mientras el aprendiz hacía estas cosas, el maestro hacía otras. Con apenas un breve taparrabo elaborado con hojas de palma sobre su cuerpo, se trazó en el abdomen varias líneas paralelas con una madera quemada de alerce. En la cabeza se puso un penacho con plumas de pavo real y comenzó a arrojar, sobre la chapa del auto, gotas de pis de perro salvaje, bastante bien remedado con el pis de Tómatelas, el ovejero alemán, ya algo achacoso, que cuidaba el taller. No era lo mismo, no señor. El orín de Tómatelas era más lento y menos efectivo, pero, dejándolo actuar unos minutos más, se lograba un efecto bastante similar.  Una vez terminada esta etapa, que podría calificarse de preparatoria, comenzó la reparación propiamente dicha.  Maestro y aprendiz empezaron a danzar frenéticamente alrededor del coche, hasta que Eleazar se detuvo frente al tren delantero afectado. Nueve seguía bailando y emitiendo a los gritos palabras que Sandra no comprendía. En ese punto, el viejo entró en una especie de trance. Se puso a temblar sin pausa, mientras llevaba ambos brazos hacia el cielo. Bah, hacia el techo mugroso del taller. Nueve le dio más energía a su danza y más fuerza a sus gritos.
Eleazar se arrodilló ante la parrilla del Falcon sin dejar de temblar. Su alumno se ubicó detrás de él y le tomó las dos manos. Pausadamente, fue usando los brazos del viejo como base de una lentísima vertical. Cuando quedó con la cabeza hacia abajo, en una línea perfecta que formaban el cuerpo de Nueve, los brazos de Eleazar y el cuerpo arrodillado del maestro, los dos participantes del rito lanzaron al aire un alarido desgarrador. Nueve se arrojó hacia adelante para quedar acostado y exhausto sobre el capot del Falcon, mientras Eleazar rodó por el suelo y quedó sin moverse frente a las ruedas delanteras del auto. Sandra ya había visto varias reparaciones, pero no dejaba de asombrarse cada vez que asistía a una nueva. Sabía que no debía acercarse hasta que los dos mecánicos volvieran de sus respectivos trances refaccionadores.
Lentamente, Eleazar y Nueve comenzaron a moverse, lentamente se incorporaron, lentamente se acercaron el uno al otro. El viejo pasó un brazo sobre el hombro del muchacho, el muchacho pasó un brazo sobre el hombro del viejo, y con pasos muy cortos, muy tenues, pasaron por delante de Sandra sin decirle una palabra y marcharon hacia la cocina a tomar unos mates.
—Te voy a enseñar a que hagas vos solo estos arreglos.
Yo ya no estoy para estas cosas.
Sandra los siguió en silencio, sonriendo. Le caían bien esos dos.
Cuando Sandra volvió a su casa, Bardo había terminado de ordenar algunos muebles.
—¿Para qué pusiste así los muebles? —preguntó.
—Tengo una reunión. Te lo dije hace unos días, pero se ve que tenés otras cosas que te distraen.
—No empeces a hinchar, nene. No tengo ganas de pelear hoy.
—Mejor. Yo tampoco. Lo único que necesito es que, cuando vengan los guachos, vos te borres.
—Sí, los guachos chorros.
—¿Y ahora qué te dio, pendeja? ¿O no usas las zapatillas que te compro? ¿O tu novio no estuvo cuando atacaron a la Elizabeth?
—Sí, pero él no hizo nada. Y lo de la Elizabeth fue hace casi dos años y bien que te lo cobraste. Todavía le duele cuando se sienta.
—A Hugo también.
—Bueno, mejor me rajo, porque cuando lleguen tus amigos va a oler a mierda.
Sandra salió sin ganas de pensar en las cosas que se dirían en su casa esa tarde, en la reunión que Bardo había organizado.  Le volvieron a nacer unas ganas enormes de ver de nuevo a la mejor parte de sus días y enfiló para el barrio de la Fábrica. Ya empezaba a anochecer en el aire, pero ella conocía los misterios de esos senderos casi oscuros. Dejando atrás algunos gritos de admiración, volvió a tocar el timbre del taller. Ahora no abrió el viejo, abrió Nueve. Ella lo abrazó con fuerza y lo besó con hambre, con ganas de limpiarse, de sacarse de encima su casa de un solo cuarto, su madrenunca, la reunión de Bardo. Quería algo propio, totalmente puro. Algo que ningún barro pudiera mancharle jamás.  En ese segundo decidió quedar embarazada.
—Vamos —le dijo a Nueve, mientras le daba la mano y lo conducía hacia la habitación que usaba él, desde hacía un tiempo, casi todos los días.
    Eleazar lo supo desde su cocina y su mate perpetuo, lo supo desde la mirada de Sandra cuando pasó cerca de él sin hablarle, lo supo en el gesto de desconcierto de Nueve.
   Y cuando los chicos cerraron la puerta detrás de ellos, fue lentamente hacia el taller, se vistió con los ropajes que exigían los cánticos milenarios de Burkina Faso —nombre que, sabía él hacía años, significaba “el país de los hombres íntegros”—. Y danzó alrededor del taller ya vacío, cantando suavemente para que los dioses fueran amables y para que, si el deseo de Sandra se cumplía, el o la que viniera fuera bueno como los cervatos con los tiernos, dulce como la miel de las abejas africanas en sus palabras y duro como los colmillos de los elefantes en sus ideas. Era ya de noche sobre el taller y únicamente se oían delicados quejidos que llegaban de la pieza y el baile rogativo de un viejo solo.

7

¿Qué se habló en la casa de Bardo, en la reunión entre el anfitrión y los muchachos que Sandra definió como los “guachos chorros”? ¿Cuál es el plan que, de tener éxito, pondría a la Villa en los pedestales de la historia, según su creador?
—Hasta ahora hicimos nada más que mierda. Cosas sin importancia que nos daban para puchos y zapatillas. Lo que tengo en la cabeza no nos va a dar plata. Así que el que no esté dispuesto a seguirme, que lo diga ahora y se las tome. Pero el que se quede tiene que saber que el asunto puede terminar mal y que no vamos por guita, sino por un mensaje.  Nadie se movió, pero el Lungo quiso tener algo más de Información:
—Ta’, Bardón. Nadie se va a borrar aunque haya que ir en cana, pero ¿qué vamos a hacer?
—Algo grande, Lungo.
—Sí, pero ¿qué?
—Vamos a afanarnos la Casa Grande.
Nadie dijo nada.
Pero la idea en el fondo era sencilla. La Casa Grande había sido desde siempre un espacio legendario de la zona. Era una especie de quinta de fin de semana cercana a la Villa y que raras veces estaba habitada. Pero Bardo la sabía poblada de artículos caros y bien vendibles. Les dijo a los suyos que ya estaba podrido de robarse baratijas para cambiar por zapatillas:
—Vamos a dar un mensaje. Lo que saquemos vamos a repartirlo entre toda la gente de la Villa.
Cuando, horas más tarde, le contó el plan a Hugo, no encontró la aprobación del carpintero:
—¿Y vos no eras el que decía que yo vivía en pedo?
Te van a hacer bolsa por una cortina de baño.
—No. No me van a hacer bolsa nada. Es ahora, o no hacemos más algo así. Después podemos volver a lo de siempre. Después cada uno hará la suya. Pero esto es distinto, Hugo. Ese día va a tener su aniversario y nosotros lo vamos a disfrutar hasta que palmemos.
—Sí, eso puede ser ese mismo día.
—No creo. Mira, todavía somos chicos y la televisión va a ver con simpatía que unos “negritos” de última se manden una así. ¿Sabes cuándo se me ocurrió? El otro día, cuando pasé por una disquería y estaban tocando una canción que decía: “¿Cuándo querrá el Dios del cielo/que la tortilla se vuelva,/ que la tortilla se vuelva,/ que los pobres coman pan/ y los ricos mierda, mierda?”. Pedí que la pusieran de vuelta y me copié esa parte. ¿Vos no me dijiste siempre cosas parecidas y me retaste porque decías que el afano era darles la razón a los hijos de puta? Bueno, ahora vamos a dar vuelta la tortilla nosotros, unos “negros” pedorros de una villa de cuarta.
—Sí, pero te faltó aprender que Dios no sabe hacer tortillas.
Esa ya la intentamos nosotros, Bardo, y nos fue coló el culo.
—A nosotros nos va a ir bien.
Terminó de ponerse la peluca, Elizabeth no dijo nada las... Sabía que su querido chiquito había crecido y que era un casi muchacho a punto de cruzar la barrera del tipo peligroso, y se lamentaba por no haber podido evitar el cambio. Pero, si bien era cierto que él-ella le había dicho siempre que la idea tenía que estar por encima de los delitos menores que, hasta entonces, había hecho, no era menos cierto que en este nuevo delito que planeaba Bardo estaba antes la idea que la acción.
Le dio miedo, pero no pudo dejar de sentir una punzada cercana al orgullo. Cerró la puerta de un golpe, dejando al muchacho adentro, y salió a la oscuridad, rumbo a Una nueva noche de fracaso.
El plan tenía varios puntos a resolver y los nueve meses que había evaluado Bardo no iban a ser suficientes si no se utilizaban con eficiencia. Necesitaban hacer inteligencia sobre la casa, pero, sobre todo, necesitaban un camión y un galpón para guardar lo que sacaran:
—Vos, Pelado, te aseguras unos veinte tipos bien fuertes.
Te vas a la casa de la Jennifer y le hablas del plan para que consiga el galpón de su vieja, que para esa época lo va a tener desocupado. A los tipos les decís que los necesitas para mover rápido un cargamento de cosas pesadas.  Vos, Chuqui, te vas para la casa con el Lungo y David, y se quedan hasta la noche, anotando todos los movimientos que vean. Y hacen lo mismo, todos los días, hasta el domingo.
El grupo de Bardo se dispersó por la Villa, que los tragó como una enorme ballena húmeda.
Hacía días que llovía y las calles angostas y las anchas recordaban el llanto del cielo sin obstáculos. Charcos in finitos obligaban a elegir entre el agua y el barro. Las montañas de basura convertían cada esquina en peñones infranqueables y solo la osadía y el valor permitían el paso.  Bardo se quedó en la puerta de su casa disfrutando de su abrupta soledad, y viendo las acrobacias callejeras de los suyos. Se metió para no mojarse y cerró la puerta de un golpe. Buscó su cama y se dejó caer para pensar. Sabía que había elegido un camino casi sin regreso, pero no lo lamentaba. Estaba seguro de no haberse equivocado. Y estas cosas se dijo en su soledad el niño-muchacho, al que su amigo Hugo empezaba a verle el peligro en la cara.  “Esta va a ser mi última. Cada vez siento más eso de que no hay buenas. La Elizabeth tiene razón. ¡La cara que puso cuando le conté lo que iba a hacer! Casi se le cae la peluca. Pero si esta es mi última, ¿cómo hago para salir de aquí?, ¿cómo dejo esta trampa? Sí, ya sé eso de que todos estamos presos, pero puta que es distinto estar preso por unas lindas palabras y estar preso por unos lindos barrotes.  Lo que pasa es que cada vez veo más cerca que voy a voltear a alguien y hasta ahí no quiero llegar. Me puse esa línea y ya no sé si la puedo respetar. Ni hablar solo tranquilo puedo, porque se abre la puerta haciendo un ruido bárbaro, que se ve que hay que ponerle aceite, y entra Sandra. Ahora, digo yo, esta, ¿por qué tiene esa cara de alegría?”
—Conseguime una cita con Muchomeo —le dijo Bardo al Pelado. El mítico jefe de las cooperativas de la Villa no era  fácil de ver. El líder hacía del misterio el gran baluarte de su acción. No era un secreto para nadie que no se vendía un alfiler en la mercería de la Ramona sin que Muchomeo lo supiera. Pero el Pelado tenía un buen acceso al hombre por un asunto de parentescos oblicuos y Bardo sabía que sin su bendición el plan no tenía ninguna posibilidad de triunfo. Ahora le tocaba convencerlo de que no habría peligro para nadie y de que la gesta valía la pena, sobre todo, por lo que le diría al resto del mundo. Además, el Muchomeo era dueño del único camión con el tamaño suficiente para dejar desnuda la Casa Grande. El Pelado llevó
adelante su gestión y la visita de Bardo a la casa de Muchomeo tuvo día y hora.
En el momento señalado, Bardo estuvo con el Pelado en la puerta indicada. Era una casa mixta, con una parte
de material, de una terminación sólida que denunciaba la capacidad albañileril del constructor, que no era otro que su dueño, y un agregado de chapa acanalada. El sector de ladrillos cobijaba el comedor, la cocina y la pieza de los chicos. El dormitorio del matrimonio anfitrión y algo parecido a un galpón, que funcionaba como taller de Muchomeo y como lavadero de su esposa, quedaban bajo la dudosa protección galvanizada de las chapas.
Cuando le abrieron y franqueó la entrada, Bardo recordó el origen del apodo del hombre que lo invitaba a sentarse. Una afección crónica de la próstata lo obligaba a ir a cada rato al baño para desagotar la vejiga. Con todo, Muchomeo llevaba sus sesenta y dos años con altivez.
En cuanto el dueño de casa se sentó, Bardo se dio cuenta de que lo estaba sabiendo. Así como él sabía cuándo alguna casa albergaba objetos que podían interesarles a sus revendedores habituales, el hombre de orín intranquilo lo estaba sabiendo a él. Y también se convenció de que a los pocos segundos lo supo de memoria. Solo entonces, Muchomeo se permitió hablar para decir su frase favorita:
“Voy al baño”.
¿Qué se dijo cuando, luego de unos segundos, Muchomeo regresó y pudo al fin comenzar la reunión, en la que Bardo informó al líder de las cooperativas locales sobre su proyecto? Se dijo lo que ya se sabe del proyecto de Bardo y sobre la necesidad del camión para que el plan llegara a buen término. El viejo escuchó con atención y dio su bendición a la idea, asegurando de paso el vehículo y algunos brazos que ayudaran a cargarlo.
El acuerdo quedó sellado. El proyecto siguió su camino.

Nueve lo veía raro a Eleazar. Hacía días que parecía estar obsesionado por transmitirle todo lo que sabía sobre los ritos indispensables para reparar las partes afectadas de las inutilidades rodadas que solían caer en su taller.

Nueve se había convertido en una joven esponja y absorbía todo lo que oía, pero no dejaba de sorprenderle la urgencia de su amigo y jefe. Hasta que una tarde, Eleazar se sentó en el piso del taller y golpeó el lugar que quedaba libre a su lado, como solía hacer cuando pretendía que su discípulo se acomodara para contarle una historia. Y, efectivamente, así ocurrió:
—Quiero que sepas de Konstantin Kolsak, el gran jugador de fútbol de Ucrania, de Kiev, que les enseñó todo lo que sabía a sus muchachos de la quinta división del Dínamo, porque pronto iban a jugar un partido de fútbol. Te preguntaras qué tiene que ver una cosa con la otra. Tiene: “El general von Traden, comandante de las tropas de ocupación
de las fuerzas del Tercer Reich, había resuelto organizar  un partido entre el seleccionado del ejército alemán y la, primera del Dínamo, donde brillaba Kolsak como el más temible definidor que había tenido hasta entonces el equipo. Nadie había dicho nada con la claridad que tienen las palabras que se dicen, pero todos sabían quién tenía que ser el ganador. El partido estaba organizado para demostrar la superioridad alemana sobre los ucranianos, incluso en materias tan alejadas de lo militar como el fútbol. Y la superioridad en fútbol se demuestra ganando, y si es cuatro a cero, mejor.
Además de jugar en primera, Kolsak era el técnico de la quinta. Convocó a sus muchachos y les dijo que, a partir de ese momento y hasta el día del partido de la primera, habría doble turno de entrenamiento, mañana y tarde.  Y que no habría en ese tiempo preparación física. Todo se reduciría a técnica y táctica. Disparos al arco con pelota parada, con pelota en movimiento, jugadas preparadas, distintas gambetas, pases con la cara interna del pie, pases con la cara externa, pases largos y cortos, ejecución de penales y de tiros libres. Para el día anterior al partido ante los alemanes, cuando se dio por terminado el último entrenamiento de la quinta división del Dínamo de Kiev, a las diez y treinta y cinco de la noche, los muchachos eran casi unos expertos en todo lo que fuera redondo. Kolsak pensaba que, cuando el entrenador físico pudiera darles de nuevo una buena preparación, ese equipo iba a ser imbatible.  Y se fue a dormir rápido porque al día siguiente era su partido y no quería llegar cansado a la cita.
Esa tarde, el estadio de Kiev era un hormiguero. No cabía un alma. Los ucranianos habían llenado las tribunas y les habían dejado a los alemanes un pequeño codo bien resguardado por las propias tropas de ocupación.
Las ametralladoras y pistolas Luger que portaban eran suficientes para convencer a la gente de que a esos de uní forme verde era mejor no cargarlos. Además, se sabía que el Dínamo iba a perder. La gente había colmado el estadio para disfrutar, al menos, de una derrota digna. Empezó el partido. Y a los pocos minutos, ninguna sorpresa: gol alemán. Uno a cero. Kolsak llevó la pelota a la mitad de la cancha y reanudó el asunto. En el vestuario no se habían dicho nada, nadie había hablado, pero cinco minutos le bastaron a él, y seguramente no muchos más a sus compañeros, para darse cuenta de que los jugadores del ejército de ocupación eran voluntariosos y punto. Y que poco podrían hacer ante ellos, que llevaban años jugando juntos, que se conocían de memoria y que eran los eternos campeones de la liga local. Pero bueno, allí estaban para perder. Nadie se los había dicho, aunque lo sabían. Hasta que al minuto treinta y ocho Kolsak recibió una pelota cerca del área y, casi por instinto, disparó. El tiro se metió junto al palo derecho. Y, entonces, Konstantin se sorprendió de estar festejando el gol. Y más se sorprendió cuando sus compañeros lo abrazaron. Y se siguió sorprendiendo cuan do les vio los ojos en el momento en que los alemanes sacaban del medio. A un minuto del final, el propio Kolsak desbordó por la punta, tiró el centro atrás y Blosik, entrando solo, la clavó en un ángulo. Dos a uno para el Dínamo y final del primer tiempo. El estadio se venía abajo. La gente se abrazaba como si todos se hubieran sacado la lotería.  Al vestuario del equipo local llegó la gallarda figura de von Traden. Entonces, habló. Y dijo con palabras dichas lo que hasta entonces se había dicho con palabras de silencio.
Que ya había estado bien, que ya habían tenido su minuto de gloria y que él lo podía entender. Que hasta había sido divertido eso de que el partido no hubiera resultado
un paseo alemán. Pero que allí tenía que acabarse la fiesta.  El equipo visitante daría vuelta el resultado y terminaría triunfando por, digamos, cuatro a dos. Después, todos nos iríamos a casa de lo más contentos. Y como ya no quería más silencio ni malentendidos, les aclaró que si así no pasaban las cosas, los fusilaría en el vestuario cuando regresaran.  Esto les dijo y se marchó.
Segundo tiempo. A los ocho minutos, Kolsak puso el tres a uno. A los veintinueve, Diesik la tocó suave a la salida del arquero para el cuatro a uno. Y sobre el final, otra vez Blosik marcó el cinco a uno definitivo. Y con cada gol, los jugadores del Dínamo se abrazaban y lloraban pensando en la muerte que no querían y en la vida que se les iba con cada definición exitosa. Pero seguían haciendo goles y seguían sin hablarse. Solo gritaban el gol y buscaban el abrazo de los compañeros.
El pitazo del fin encontró a todos los jugadores del Dínamo cerca de su área. Y así fueron llevados hasta el vestuario y allí los fusilaron para que aprendieran a obedecer.  Y Kolsak no apareció más a dirigir la quinta división, pero quién sabe si eso fue importante, porque ya les había enseñado todo lo que sabía. Y cuando el preparador físico los puso otra vez en forma, fueron imbatibles, y tampoco queda demasiado claro si lo fueron por lo que Kolsak les dijo en los días anteriores a su muerte o por lo que les dijo delante del pelotón de fusilamiento. El caso es que fueron imbatibles”.
Nueve se quedó mirando a su viejo amigo, a su amigo viejo de siempre, y se dio cuenta recién entonces de todo lo que quería a ese anciano demente, que había descubierto la forma de mantener eternamente nuevos los autos de los demás y que había resuelto no hacerse millonario con ese secreto porque no quería perder su taller mugriento en el olvidado barrio de la Fábrica. Y entonces le preguntó por qué había decidido quedarse. Eleazar lo miró como para que Nueve supiera que su mirada era también una palabra y le contestó esto: “Por las telenovelas”. Nueve optó por no sorprenderse y esperó simplemente alguna aclaración.
Que vino y fue verdadera:
—Eso, por las telenovelas. ¿Vos no viste que en las telenovelas son todos millonarios, como vos decís? Bueno, ¿y te fijaste en las caras de esos tipos? Siempre en guardia, como mirando para atrás, odiados por todos, porque son más malos que el hígado hervido y, si alguna vez se consiguen una mujer, es por la plata que tienen y viven aterrorizados de que se la saquen. A la plata, digo. La mujer les interesa un pepino. Y a mí esa vida no me atrae para nada. Entonces me dije: “Eleazar, a vos te gusta el salamín picado grueso, deja el jamón crudo para los que se banquen las telenovelas”. Y entonces me quedé acá. La felicidad no es un absoluto, muchacho. Depende del coso al que le preguntes.  Hay mucha gente que no puede estar sin el jamón crudo. Yo sí. Y hablando de eso, de la felicidad y todo el baile, ¿cómo andamos por el barrio de tu alma?
—¿Yo? Bien, viejo. Parece que mi felicidad es más parecida a la suya que al jamón ese.
—Crudo. Me parece que a vos te falta una respuesta. No sé, pero si alguien no te tiene que decir algo serio, dejo de llamarme “mecánico”. Si fuera vos, empezaría a pensar que hay secretos que tienen polleras.
Nueve iba a hablar, pero en ese momento sonó el timbre con el sonido clásico de Sandra, y entonces el chico volvió a mirar al viejo, pareció entender y fue corriendo a abrir. Agarró a su novia de la mano y la arrastró hasta su cuarto, mientras el viejo aprovechaba para salir.
Cuando volvió, todavía los dos estaban encerrados, apenas si se oía un susurro quedado y monótono. Se puso a preparar unas cosas en la cocina con una sonrisa enorme y melancólica en la cara. No habían pasado diez minutos cuando el grito de Nueve inundó el taller. Enseguida aparecieron los dos por la puerta como llevados por el viento y se quedaron mirándolo, esperando una pregunta. Pero no hubo pregunta:
—Ya lo sé —dijo—. Hace rato que lo sé. Vas a tener que aprender a leer mejor en la cara de las mujeres, chiquilín.  Si no, vas a tener problemas. Tengan. Y le alargó a cada uno un vaso de cerveza para brindar. Se abrazaron fuerte tras el brindis, dejando que algo del líquido les cayera en las ropas, sin preocuparse por las manchas o por el piso mojado.
Después, solo bastante después, cuando ya estaban gordos de tocarse y de sentirse cerca, se pusieron a disfrutar de la picada de salamín picado grueso y jamón crudo que el viejo había preparado.


8

Dolorosas son las despedidas y tal vez no está mal que así sean, porque toda despedida tiene algún condimento de olvido, y ya se sabe que el tal olvido es la peor de las formas de la muerte. Pero los adioses llegan y la bienvenida que estaba creando Sandra dentro de ella es la mejor manera de recibirlos. Bardo se enteró de que su hermana iba a ser mamá y comprendió que el rencor que había encarnado hasta ese momento en Nueve, por la agresión a Elizabeth, había sido derrotado, y que ahora solo le quedaba por delante su proyecto de Casa Grande deshojada. Pero Bardo es apenas un muchachito y muy pocas cosas controlan los muchachitos. A veces las despedidas se planifican lejos y apenas si queda la memoria de un apretón de manos o un beso en la mejilla, como signo de que alguien se va. Bardo no lo sabía, pero estaban ya en marcha un par de adioses poderosos en su vida.  Nueve no lo sabía, pero estaba ya en marcha un adiós enorme en la suya.
Pasó así. Hay que empezar por una reunión en la casa del dueño del camión, Muchomeo:
—Bardo, el pendejo de la Gladis. Sí, el que tiene al hermano mayor en cana. Vino a hablarme de una idea para esos mismos días. Está organizando limpiar la Casa Grande y repartir las cosas en la Villa. Tiene todo muy bien armadito y parece que la cosa está prendiendo. Bueno, sería una especie de mensaje. Una manera de decir que estamos podridos de vivir así. No me parece mala idea. Ya sé que es un poco boluda, pero por eso mismo me parece que puede funcionar. El pibe va al frente y es un buen organizador.  Necesitan el camión.
El hombre de traje y corbata miró a Muchomeo con una sonrisa amplia en los ojos, le dio una buena chupada al mate que le alcanzaban, se sacudió unas migas de bizcochito que le habían quedado en el pantalón y dijo:
—Mira, Muchomeo. Esto que te vengo a decir no es una movida chiquita. Viene de bien arriba, así que no me parece que se anden con muchas vueltas. Si les digo que vos no garantizas tu camión porque ese día tenés que dárselo a un coso de dieciséis años que quiere hacerse el Robín Hood, creo que te van a mandar la topadora y no te van a dejar ni las ganas de ir al baño. Además, sé que lo que te estoy ofreciendo va a dejar buena guita.
—¿Cuánta?
—No sé. Eso no lo manejo yo. Pero no es para despreciar.
—Me da no se qué cagarlo al pendejo.
—Oíme, viejo. Vos ya no estás para andar saltando de aquí para allá. El camión es tuyo, y pienso que no te con viene negarlo.
—¿Tan grande es la que se viene?
—Parece que es gigante. Todavía no está confirmado, pero es casi seguro.
Muchomeo miró a su visitante y se dio cuenta de que no tenía posibilidades de decirle que no. Se sintió viejo de golpe y se le vino encima como un alud la parte de chapa de su casa que nunca pudo convertir en parte de ladrillo, y se vio cansado. Algo de escupida hacia adentro notó que le mojaba el alma, cuando dijo:
—Bueno, vamos a hacer así. Yo le sigo dando aire a Bardo y, si al final lo tuyo sale, cambio todo a último momento.  Voy a decirles a los muchachos que estén atentos.
Lástima, porque era linda la idea del pendejo.  Así son a veces las despedidas. Vienen sin que uno haya abierto la boca.
Era bien entrada la noche cuando Bardo llegó a la carpintería de Hugo. El hombre había terminado de bañarse, de sacarse los restos de aserrín y el olor a madera del cuerpo, cuando el chico entró como casi todos los días a esa hora.
—¿Qué hay, Bardón? —dijo con el amor de siempre hacia su niño-muchacho, tierno-peligroso—. ¿Cómo anda el afano más grande del mundo?
Bardo le sonrió con cierta pena. No sabía por qué, pero estaba empezando a sentir que se había metido en algo superior a sus posibilidades y que encima ya estaba andando, así que ni siquiera podía echarse atrás.
—No sé, Hugo. ¿Te acordás de que un día dijimos que a veces no hay buenas? Algo así me está pasando. Ya tenemos casi todo cocinado y planeado.
—Pero parece que mucho no te convence.
—Es que no me la creo, Hugo. Lo que vamos a hacer es grande y todo está marchando como si estuviéramos decidiendo ir a la cancha. ¿Cuándo van a empezar a aparecer los quilombos?
—No sé. En una de esas no aparecen nunca, che. No tiene por qué salimos todo para la mierda. Lo que tenés que hacer es ocuparte de que no salga nadie lastimado. Si alguien se corta un dedo, lo que querés hacer se va al tacho.
—No, eso ya lo sé. Ya te dije que ese límite me lo puse yo. No quiero matar a nadie. Y esto va a ser lo último que haga. Cuando termine todo, veré cómo sigo. No sé, quién te dice, y te acompaño todas las noches.
Se rieron los dos y esa risa fue buena para Hugo Elizabeth, que ya había terminado de cambiarse y estaba listo para su cotidiana desilusión. Cuando se reían así, él dejaba de verle el riesgo a su muchachito y eso le hacía bien.  “Todavía es muy pibe”, pensó con un nudo en el futuro.
—¿Supiste lo de la Sandra? —preguntó Bardo después de las carcajadas.
—No, ¿qué cosa?
—Está embarazada del coso ese que te lastimó.
—Te dije mil veces que él no me hizo nada. Que fue ron los otros.
—Bueno, no importa. Está esperando un pibe del Nueve.
—Aja. ¿Y? ¿A vos qué te parece?
—Para mí es una cagada. Ya sabes que no lo trago.
—Pero ahora te lo vas a tener que tragar. Va a ser el papá de tu sobrino.
—Sí, no sé. No quiero pensar en eso. Siento que me enquilomba mucho y necesito pensar en lo de la Casa.  Después veré qué hago.
—¿Para cuándo espera?
—Para fines de diciembre.
—Mira vos qué coincidencia. Justo para la misma fecha.
¿Mira si el día del despelote tenes que dejar todo y salir corriendo para el hospital?
Bardo le tiró con la tapa de la azucarera, pero no quiso decirle que la intuición de Hugo ya se le había venido a la cabeza y que no le había gustado. Charlaron un poco más y, al final, Elizabeth se fue para su parada a la salida de la Villa. Como siempre, a las tres de la mañana, empezaba a volver lentamente para su casilla cuando vio que paraba un auto. Mediano. Ninguna maravilla, pero lindo.  Vidrios polarizados. Lentamente, la ventanilla comenzó a bajar y allí, al volante, el más deseado de sus sueños, su mayor utopía, lo que había esperado durante años. Vio al que manejaba y algo se le rompió adentro. El auto se puso en marcha.
Así son a veces las despedidas. Vienen sin que uno haya abierto la boca.
Nueve caminaba hacia el taller con su brazo derecho montado como al descuido sobre los hombros de Sandra.  Desde que se había enterado de su próxima paternidad, le habían nacido unas ganas enormes de no dejarla nunca sola y de protegerla, de estar siempre con ella. Pero, al mismo tiempo, se le había metido en la cabeza que el viejo quería decirle algo desde hacía un rato largo y que su torpeza le impedía darse cuenta de la intención de Eleazar.  Era ya bastante cerca del crepúsculo cuando le comentó a Sandra lo que le pasaba.
—¿Cuál fue la última historia que te contó? —quiso saber ella.
Él le habló, entonces, del Dínamo de Kiev y de Kolsak, y de los muchachos de la quinta división del equipo ucraniano que terminaron formando un grupo casi imbatible gracias a la sabiduría de su maestro. Como él, que ya sabía casi todo lo que había que saber sobre mecánica esotérica y que ahora se encargaba de la enorme mayoría de las reparaciones, ante la mirada complaciente de Eleazar.
—Pero no es eso lo que te quiere decir, amor —lo interrumpió la muchacha—. No te está hablando solamente de que en algún momento te va a dar todo lo que sabe.
Creo que es algo más. A mí me parece que se está despidiendo.
—¿Por qué despidiendo?
—Eso no lo sé. Tendrías que preguntárselo a él. Pero a lo mejor es verdad lo que dijo el otro día. Tenes que empezar a leer mejor en la cara de la gente o vas a tener problemas. Cuando llegaron, el taller estaba ya como el día.
Totalmente a oscuras. Abrieron la puerta con cuidado y, antes de que la mano de Sandra pudiera acercarse a la llave de luz, la voz de Eleazar la detuvo.
—No prendan nada. No quiero ver —dijo desde el fondo del taller la figura que se adivinaba sentada en el piso frío de cemento—. Vengan, siéntense aquí conmigo.
Los chicos buscaron dos almohadones que usaban siempre para esos casos y se sentaron frente al viejo, esperando. Pero pasaban los minutos y el silencio seguía siendo lo único que se oía. Sandra buscó la mano de Nueve y se la apretó con fuerza para que él supiera que ella estaba allí, entera, sin una renuncia. Él agradeció el gesto porque de golpe empezaba a sentirse solo y poblado de miedos.
Al fin el hombre empezó a hablar, a decir unas cosas que rompían la oscuridad, o que tal vez la hacían más espesa.
—Sandra ya lo sabe. Lo puedo sentir. Ella huele a revelación. Pero este hijo amado, que se me cayó a la vida, sabe leer todavía mucho mejor en los metales destruidos que en el alma de los que quiere. Es que tiene demasiado miedo de que el tiempo le rompa su mundo de hechizos y de carburadores y de frenos y de historias del pasado y de panzas que crecen al mañana, y tanto temor puede ser malo porque uno termina no disfrutando de lo que puede perder, pero todavía no perdió. Sandra sabe y ha comprendido
también que es la hora de la partida. Será porque toda ella es ahora un enorme comienzo que se ha hecho tan sabia en finales. Ahora pónete cómodo, Nueve, y escuchame bien, porque voy a empezar a contarte cómo va a ser tu vida sin mí.

Bardo se asustó cuando llegó a la carpintería casi sobre el mediodía y la encontró cerrada. Se imaginó a Hugo en otro charco de sangre, tirado en la cama, con otra borrachera gigante que le permitiera tolerar el dolor. Pero se equivocaba.  El carpintero estaba en su cuarto, mirando un banquito que ya debía haber tenido reparado y que sin embargo seguía allí, con su pata descolada y su travesaño partido, recibiendo, en lugar de los golpes y los clavos del potencial arreglador, sus miradas distraídas. El banquito no lo sabía, pero tal vez la inacción de Hugo le había prolongado la vida mucho más que sus torpes reparaciones.  Bardo lo saludó como al descuido, pero recibió a cambio la mirada vacía de su amigo, que regresó a su pasatiempo favorito de esa mañana: no sacar los ojos del banquito roto.  Bardo se le sentó enfrente y simplemente acompañó como pudo el diálogo silencioso entre Hugo y la madera, que quién sabe qué cosas se estarían diciendo en ese día cálido sobre la Villa. La primavera era ya una certeza establecida en el aire y Bardo empezó a disfrutar de ese encuentro de tres que estaba ocurriendo en los fondos de la carpintería.
Él, Elizabeth, en su traje de día, y el banquito. Bardo tenía decidido no preguntar nada, dejar que el hombre decidiera adueñarse de las palabras cuando él quisiera. Mucho tiempo pasó antes de que eso sucediera. Era bien de noche y era por lo tanto la hora en que Hugo debía comenzar con su transformación, cuando, en lugar de empezar a preparar las cosas para el baño, habló:
—Yo ya no esperaba nada, Bardón. Yo pasaba todos los días repitiéndome eso de que no hay buenas y así se me iban las horas y los meses y la vida, y lo más lindo que me pasaba eran tus visitas para contarme tu proyecto del mensaje ese que querés dejar. Que me sigue pareciendo un error, pero un error lindo, porque estás pensando mucho más allá del robo chiquito de una video o una bicicleta.  Porque estás buscando, chiquito, y eso te está limpiando del peligro que empezaba a verte en la cara. Pero ese es tu plan, Bardo, tu historia, tu futuro. Yo te puedo acompañar a mi manera, pero nada más. Hasta te puedo aconsejar, si me dejas. Pero va a ser siempre tu deseo, no el mío. Así que ya no esperaba nada. En lugar de manejar mi avión, estaba viendo cómo despegaban los otros.
—¿Qué te pasa, Hugo? Nunca hablaste así.
—¿Así cómo?
—No sé. Así, yo qué sé. Tan mal de vos. Estás como lleno de bronca con vos mismo.
—Sí, puede ser. Algo así me anda dando vueltas.
—Perdóname, Hugo. Yo no tengo problemas en seguir hablando. Podemos quedarnos todo el tiempo que quieras.  Pero me parece que se te está haciendo tarde para empezar a prepararte.
—No, Bardo. Hoy no voy a salir. Hoy me quedo en casa. Tengo que pensar. Puede que alguna puerta tenga todavía por abrir.
—No te entiendo.
—Yo sí. Ayer me paró un auto. Era un hombre. Me subí.
¿Me entendés? Era un hombre. Pero también era una puerta.
Bardo bajó la mirada hacia el banquito que no dijo nada, el muy cobarde, y empezó a sentir en ese exacto segundo que su plan de intercambio se le estaba colmando de demasiadas importancias. Iba a ser tío, Hugo encontraba una puerta posible a otra cosa que no fuera la derrota.  ¿No me estará queriendo decir algo el destino, banquito?
Pero la madera, ay, siguió callando.
Nueve miraba a Eleazar y la sensación de temor que había sentido minutos antes se le estaba volviendo pánico.
—Estamos hechos de tiempo, Nueve. Ese es nuestro principal componente. Y lo vamos gastando como podemos o como, buenamente, nos va saliendo. Hasta que un día descubrimos que ya nos gastamos casi todo, que apenas nos quedan las horas justas para preparar las valijas y para intentar algunas despedidas. Yo no quise ser tan descuidado. Por eso te trasladé todo lo que sé y ya no tengo nada más que enseñarte. Te conté hasta la última historia de los grandes vencedores sobre el olvido, porque desde que me puse los pantalones largos pensé que eso debíamos hacer los hombres siempre. Pelear del lado de la memoria. Vos sos lo que sos, pero también lo que fuiste y lo que fue tu gente. Esa tiene que ser tu gran riqueza.
No le des nunca el gusto a los que se la pasan diciendo que “hay que mirar solo para adelante”. Vos mañana vas  a poder seguir arreglando autos solamente porque ayer hubo un viejo que te enseñó que para un solenoide inservible no hay nada mejor que los cantos a la fertilidad de Costa de Marfil, acompañados por una danza con el cuerpo untado en aceite de lino aromatizado con jengibre.
En realidad, Nueve ya no quería seguir escuchando. Quería tomar a Sandra de un brazo y salir corriendo ha
cia su cuarto para que al día siguiente todo volviera a ser como siempre y estuviera el mate sobre la mesa de la cocina y el viejo preparándolo y él esperando para saber qué había que hacer ese día. Pero también estaba seguro de que, si hacía eso, no habría mate ni cocina ni órdenes y, sobre todo, no habría viejo. Eleazar seguía hablando y Nueve tuvo que volver a la oscuridad del taller y al murmullo que de allí nacía:
—La parte, digamos, “legal” ya la dejé toda arreglada.
El taller va a ser tuyo en cuanto seas mayor de edad o en cuanto te cases, que me parece que es lo que va a pasar antes. Mientras tanto, vas a hacerte cargo de los arreglos que van a seguir cayendo porque todos ya saben que el aprendiz es tan bueno como el maestro, y no te van a tener desconfianza.
Lo demás, las respuestas a todas las preguntas que te haces ahora, las vas a tener que ir descubriendo vos mismo de a poco. Solo, o con Sandra, o con otros. Yo ya hice todo lo que debía hacer. Estoy tranquilo, hijo. Sé que vos también vas a saber exactamente qué hacer. Te amo. Que eso no se te olvide nunca.
Nueve no aguantó más. Con infinito cuidado, sin ningún movimiento brusco, como le había enseñado Eleazar a moverse en los ritos reparadores, el chico se acercó hacia su padre-amigo y se dejó envolver por los brazos que lo esperaban. Y se quedaron así abrazados hasta pasada la medianoche, con algún pequeño llanto ahogado de Nueve de tanto en vez, con algún suspiro de Sandra, con alguna caricia del viejo sobre el pelo de su muchacho. En un momento, el hombre apartó a Nueve de su cuerpo, lo miró hondo, para que se diera cuenta de cuan llenos de comienzos están ciertos finales, y apenas dijo:
—Ya. Es tiempo de partir. Y simplemente se recostó sobre el piso frío del taller.
 A quedarse dormido. Nueve no lo contradijo. Lo acompañó un largo rato. Después fue hasta su cuarto, mientras  Sandra se quedaba con el hombre, llorando despacito para no sobresaltarlo. Al tiempo, el muchacho regresó con el cuerpo desnudo, untado en aceites ceremoniales, que el maestro reservaba solo para las reparaciones que rozaban lo imposible, la cara pintada con tinturas de frutas tropicales y la piel cruzada con líneas trazadas con carbón de  ébano. Y bailó para el anciano que le había enseñado de caminos y reposos, para que el viaje le fuera venturoso.
Bailó como el hombre había bailado hacía pocos meses, para que el hijo que vivía ahora en Sandra fuera una buena persona. Danzó y cantó toda la noche con las lágrimas corriéndole la pintura de la cara y llenándole el cuerpo como un baño cálido que lo acercaba a la paz. El amanecer lo encontró exhausto, abrazado a su niña-mujer que lo mojaba también con sus propias lágrimas, y sabiendo que había hecho lo que Eleazar esperaba de él. Una multitud fue al otro día al sepelio. Pero ellos no.
Las mejores traiciones son aquellas en las que el traidor cree que está haciendo lo mejor para el traicionado. Con el paso de los días, Muchomeo se había convencido de que el posible cambio que él iba a ocasionarle al plan de Bardo sería bueno para el chico. Bardo, por su parte, pensó que era el momento de incluir a Sandra. Hablar con su frente más cercano y a la vez más lejano. Eligió un domingo, cuando la madre estaba más ausente que de costumbre porque era el día que se reservaba para ir a visitar a su hijo preso. Sandra terminaba de levantar la mesa del almuerzo y había empezado a lavar los pocos platos, cuando escuchó la voz de su hermano y la reconoció calma, sin sedimentos de odio, como dándose novedosos permisos para la ternura. Sonrió despacito, mientras quitaba la grasa más rebelde de las ollas que habían contenido la salsa.
—¿Cómo anda esa panza? —preguntó él.
Por un momento estuvo tentada de no hacérsela fácil con alguna respuesta clásica, tipo: “¿Y a vos qué te importa?”, pero también ella estaba necesitada de la ternura de él y, además, estaban los dos solos, y la madre camino a la cárcel, y el hermano preso, y los más chicos quién sabe dónde. Así que se dio vuelta y lo enfrentó para que se la viera bien, para que se diera cuenta, por fin y para siempre, de que ahora ella tenía algo absolutamente propio, algo que nadie le quitaría jamás y que, además, ya era grande, notorio, saliente, prepotente, y le dijo:
—Hermosa, muy hermosa. ¿No querés tocarla?
Era una propuesta que Bardo no se esperaba. Su pregunta inicial había sido apenas una estrategia para romper el hielo, pero la recién adquirida sabiduría de su hermana la había convertido en todo un pedido de tregua y, tal vez, hasta de reencuentro. Ahora la pelota estaba de su lado y la siguiente jugada le correspondía. ¿Qué iba a hacer? La rabia contra Nueve por el ataque a Elizabeth todavía le duraba, pero las cosas algo habían cambiado con el embarazo de Sandra y, además, sentía cada vez con más fuerza que estaba recorriendo senderos terriblemente solitarios. No quiso agregarle más leña a ese fueguito de único observador de las estrellas, en la noche de alguna isla. No vendría mal una mirada querida a su lado. Se levantó y caminó hacia su hermana con la palma derecha hacia abajo y la puso con cuidado sobre la parte más alta de la panza. Ella no dejaba de sonreír mientras lo miraba, como cuando los dos eran mucho más chicos, hacía varios años. Cuando no había en sus horizontes ni videocaseteras ajenas, ni puertas abiertas con barretas, ni armas,  ni embarazos, ni amigos heridos, ni odios callados, sino apenas una nena chiquita que tenía miedo en la noche de la casilla y que se levantaba en la oscuridad de la tierra para pasarse a la cama del hermano mayor, para oírle decir una vez más que no fuera tonta, que solamente las nenas tontas le tenían miedo a la ausencia de la luz y que no se moviera tanto porque lo destapaba todo y después se le venía todo el frío de golpe y eso no le gustaba.
Cuando terminaron de sellar su acuerdo silencioso, él la abrazó rodeándole el cuello y ella pudo, entonces, contarle de su tristeza de esos días por la muerte del viejo y él de la suya, por el presentimiento de que Hugo estaba empezando a dejar de ser un hombre de carne y hueso para pasar a ser un hombre de recuerdo.
Estaba terminando octubre y el tiempo —materia de la cual, según Eleazar, estamos hechos los hombres— seguía con su tozuda costumbre de transcurrir.
Nueve estaba descubriendo cómo era eso de que la soledad lo estuviera esperando a la mañana para despertarlo. Era el momento en que más extrañaba al viejo.
Sandra no se quedaba casi nunca porque tenía que llevar a los hermanos más chicos a la escuela. En general,
a media mañana, se daba una vuelta por el taller, pero las primeras horas del día eran duras para él. Se había acostumbrado a que cuando aparecía por la cocina ya estaba el mate listo y alguna cosa para masticar. Ahora, esas pe quenas ceremonias cotidianas tenían que encontrarlo a él como planificador, antes que como ejecutor. Eso le moles taba porque le indicaba a fuego que Eleazar ya se había ido, que no iba a volver, que él estaba solo de nuevo y que el mundo volvía a estar lleno de enemigos. Además, el negó ció tenía que estar abierto más o menos a la misma hora de siempre. Los clientes no habían resentido mucho la ausencia del maestro porque, tal como el viejo había previsto, la habilidad del aprendiz los había convencido de que el taller les garantizaba la misma calidad y rapidez de antes en las reparaciones. Pero había que levantar la cortina, atender a los dueños de autos más madrugadores o más necesitados, iniciar los primeros diagnósticos para determinar los ritos más adecuados a los efectos recupératorios, llevar las cosas del mate al taller y empezar las tareas propiamente dichas. Todo costaba el doble o el triple que antes, pero la panza de su mujer empezaba a servirle para poder arrancar. En eso andaba, cuando sonó el timbre.  Era la panza.
—Hola, amor —dijo Sandra.
—Hola, Sandri —respondió Nueve. Y enseguida se dio cuenta de que su panza amada de esos días venía con palabras para decir:
—Hablé con Bardo —. Y luego de una pausa, terminó:
—Tengo miedo.


9


Diciembre era ya un mes maduro en días, Sandra empezaba a vislumbrar el final de su proyecto de tener algo propio y el plan de Bardo esperaba solo el guiño final.  Muchomeo se encontró en un bar del centro, lejos, bien lejos de la Villa, con el hombre del traje. Cuando llegó a la cita, el hombre ya estaba. Apenas se saludaron. Las cosas estaban todas dichas entre ellos y no se requerían amabilidades que, ambos sabían, rozaban la hipocresía. Apenas Muchomeo se ubicó frente al hombre, recibió un sobre que guardó sin abrir. No necesitaba manosearlo para saber qué contenía y no necesitaba contarlo para saber que estaría todo. El de “bien arriba” no engañaba a su gente.  Esa era una de las claves de su éxito. El hombre prolongó el sobre en algunas palabras:
—Ya está resuelta la fecha. Desde mediados de mes tiene que estar todo listo. Nosotros te vamos a avisar un par de días antes. ¿Tenes el tema aceitado?
—Sí, no va a haber problemas.
—Bueno, si el pendejo ese que me contabas es tan genial, en una de esas, después de que pase todo, podemos decirle que se venga a trabajar con nosotros.
—No sé, no sé si va a querer, después de lo que le hacemos.
—Cálmate, ya sé que no te gusta cagarle la historia al pibe, pero allí tenes en el sobre un buen remedio para calmarte el malestar.
—No te preocupes. Va a salir todo bien.
Muchomeo se levantó y se fue, sin saludar. Afuera, ya en el tren, pensó que el traje tenía razón, que se sentía una porquería y que el sobre lo ayudaría a sentirse distinto.  Mientras Muchomeo salía del bar, Bardo terminaba de dar las últimas puntadas a su mensaje de “Dios y las tortillas” con su comando de operaciones. El Pelado hacía de miembro informante:
—Ya está todo listo. Esa mañana bien temprano nos venimos para acá con los gorilas que conseguimos y el camión de Muchomeo. De acá nos vamos para la Casa Grande. Metemos el camión en el patio para trabajar tranquilos.  Cuando terminamos, nos venimos para la Villa y bajamos todo en el galpón de la vieja de la Jennifer.  Después no sé cómo sigue.
—Después todo sigue averiguando qué necesitan los más jodidos del barrio. Así hasta que no quede nada.  Nosotros no nos vamos a quedar ni con un alfiler.
—¿Te parece tan importante esta historia, Bardo? —quiso saber el Pelado—. ¿Tanto quilombo para decirles a unos cuantos tipos que vivir en una casilla de chapa es más feo que vivir en una casa con pileta? ¿Estás seguro de lo que haces?
—No, Pelado. No estoy seguro. Ni sé muy bien por qué lo hago. Pero ya no me banco más afanar boludeces, venderlas por dos mangos y salir a comprar zapatillas.
Ya estoy podrido de hacer eso todos los días. El Hugo tiene razón. Esto termina con un cuetazo en la cabeza. En la nuestra o en la de otro, y yo no quiero ninguna de las dos.  Pero esta es mi vida, viejo, ustedes hagan la suya. Yo veré después qué mierda hago.
Por ese día el hacer de Bardo se redujo a lo de siempre.  Ir hasta la casa de Hugo, que ya había cerrado la carpintería y empezaba su transformación cotidiana en Elizabeth.
—Hola, Bardón —dijo ella—. ¿Cómo pinta todo?
—¿Qué tal, Eli?, ¿cómo pinta? ¿Yo qué sé? Estos días lo veo todo negro, así que si pinta de algún color, será negro nomás.
—¿Y el plan?
—Eso parece que marcha bien. Todo lo que planeamos está saliendo como habíamos pensado. Y sin embargo no sé. Tengo como un presentimiento de que algo está fallando en algún lugar. Ya revisé todo punto por punto varias veces y no la veo. Aunque la piense y la repiense, no la veo.
—¿Y por qué no paras la cosa hasta que estés seguro?
Bardo miró a Elizabeth como pidiéndole que se quedara, pero no se animó a decirle nada. Ya estaba grande para eso de los mimos y, si había sido capaz de organizar el desvalijamiento de la Casa Grande, no se iba a rebajar ahora a esas debilidades. Se quedaría con sus fortalezas de silencio, a las que tanto se había acostumbrado. Elizabeth lo entendió y no quiso violentarlo con una caricia inoportuna.
Luego de su pregunta, se siguió arreglando, poniéndose las medias caladas de siempre. Después le tocaría el maquillaje, tema al que le dedicaba bastante cuidado y tiempo. Bardo se acercó a la ventana y preguntó, con la mirada perdida en la casi noche que era ya la Villa.
—¿Y cómo va lo tuyo?
Elizabeth se sonrió por lo impersonal de la pregunta y no tuvo ganas de pasar por alto el detalle.
—¿Y qué vendría a ser lo mío, si se puede saber?
—Lo tuyo, tu historia. Digo, el tipo ese que te está parando.
El del auto.
—Ah, ese tipo es lo mío. Bien. Bah, me parece que muy bien. Te diría que es un hombre extraordinario.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de extraordinario?
—Yo me preguntaba lo mismo. Y estuve dale que dale pensando para encontrar una respuesta. Hasta que la encontré. ¿Sabes por qué es un hombre extraordinario?  Porque se atreve. Para abrirme la puerta de su auto, la de su casa, hay que atreverse. Y él se atrevió. Y entonces todo cambió para mí. Cuando ya no esperaba nada, encontré lo que casi nadie encuentra nunca: otro que se atreve.  Bardo comprendió allí que ese pequeño refugio en la carpintería inútil, que lo había cuidado desde que era bien chiquito, empezaba a alejarse y que su porvenir inmediato le preparaba otra puerta cerrada. Esa noche decidió seguir a su amiga. Vio cómo se detenía el auto de vidrios polarizados, cómo se abría la puerta y cómo Elizabeth entraba para que el misterio se la tragara. Y entonces supo.  Supo que ahora sí estaba solo, supo que mañana tendría que empezar a preparar la puesta en acto de su plan, que esa locura de mensaje planetario era lo único genuino que le quedaba y que llevarlo hasta el final era ahora algo más que un proyecto de grito justiciero. Supo que era la única apuesta que le quedaba y se dio cuenta de hasta dónde era definitiva. Supo que tenía una última ficha y que la estaba jugando a un solo número en una movida desesperada.
Supo que él mismo estaba desesperado y que ya no sabía para dónde correr. Pero, sobre todo, supo, como si Dios se lo estuviera susurrando al oído, que ya no volvería a ver a Hugo.
—¿Cuál es tu miedo, amor? —quiso saber Nueve, la soledad de Nueve, el Nueve padre inminente, dueño del taller de golpe, el triste Nueve sin Eleazar, ya sin historias de pasados heroicos porque el tiempo no sabe de “Nueves” que necesitan de viejos que sean inmortales. Su panza lo miraba a través de una tenue lámina de lluvia.
—Bardo. Siempre es Bardo. Hasta ahora tenía miedo de que te hiciera algo malo por lo que había pasado con la Elizabeth y porque te metiste conmigo, pero ahora ya sé que eso no va a pasar. Ahora me da miedo él. Me contó una locura que está armando y me di cuenta de que está decidido a todo, a lo que sea, y yo no sé qué puede pasar.
No sabe Sandra de los futuros posibles y está en lo cierto porque, salvo ciertos mortales con poderes adivinatorios, los humanos son más bien torpes en eso de prevenir porvenires.
Sin ir más lejos, de no ser así, al tipo que se va a morir ese día porque le pasará por encima un auto enloquecido le bastaría quedarse en la cama para evitar su infausto adiós del mundo. Y sin embargo no. Tozudamente se levanta, se pone su corbata de siempre, sus pantalones ya algo gastados, su mejor camisa y sale al encuentro de esa esquina, en la que no debería estar, pero está, en el segundo en que no debería estar. Está. Algo similar debe temer Sandra con Bardo, pero como ella no es una de esas mortales especiales, no tendrá más remedio que hacer lo que hace la mayoría. Esperar. Esperar a que mañana se haga hoy, cuando ya es tarde para dejar la corbata en el corbatero, la camisa en el estante, el pantalón en la percha y meterse de nuevo en la cama, porque maldita sea el maldito tiempo y el maldito destino que me hizo ponerme todo eso para estar en esta maldita esquina en este maldito segundo y ese auto se ha vuelto loco porque viene derecho hacia donde estoy yo con mi corbata pantalón camisa y mi cara de imbécil que debería estar durmiendo y estoy aquí muriéndome.
Tres días seguidos volvió Bardo a la carpintería y la encontró siempre cerrada y sin su propietario adentro, lo que terminó de confirmar sus certezas. “Ya está —se dijo—, esta soledad que se me vino encima es la señal que necesitaba. Mañana damos el golpe.”
Averiguó los detalles finales. Todo parecía indicar que Muchomeo había hecho la parte que le tocaba con solvencia.
Bardo reunió a su estado mayor en su casa, aprovechando que la madre había viajado al interior con los hijos más chicos y que Sandra estaba en el taller, ahora que tenía un descanso en su papel de madre sustituía, disfrutando de la panza a punto de estallar. No faltó nadie, claro.
Bardo los miraba con cierto orgullo, como siempre. Ninguno arrugaba.
—Ya está todo listo, Bardo. La Jennifer me confirmó que la yuta no sabe nada. Sospechan que se está armando algo, pero no tienen ni idea de lo que va a ser ni cuándo.
Y Muchomeo tiene a la gente preparada. No sé qué pensarás vos, pero yo creo que, si va a ser, tiene que ser ya.
El Pelado terminó de dar el informe de situación y se sentó a esperar la voz de su jefe. Que siguió mirando el piso unos segundos más, como si de pronto se le hubiera venido encima todo el cansancio del mundo. Cuando levantó la cabeza y los miró, tenía la mirada de un hombre agotado.
—Yo tengo mis límites y no quiero pasarlos. No quiero muertes en mi historia. A otros no les interesa. A mí, sí. No quiero ponerle la máquina a ninguna piba de ocho años para decirle a la madre “dame las llaves del auto o te la quemo”. A otros no les interesa. A mí, sí. Es hora de nacer otra vez.
Nacer. Ah, nacer. Qué increíble milagro es ese del nacimiento, con una vida adentro de otra. Porque en el exacto momento en que Bardo dice esas cosas, Sandra despierta a Nueve en el taller y le dice que está teniendo una contracción y que ahora tienen que controlar las frecuencias y que parece que se viene nomás este Alexis, que así se llamará, porque la tecnología les informó que es un machito.
Sandra está en camino de dejar de ser madre sustituía para convertirse en madre de verdad, verdad.
Y en el mismo instante, Bardo levanta la vista y se dice lo que ya se dijo que se dice y en voz alta dice otra cosa:
—Mañana lo hacemos.
Y a veces el destino es cursi, o es idiota, o se hace. Porque en ese segundo, cuando Bardo dice eso, y mientras Sandra despierta a Nueve para que sepa que Alexis está en camino, suena el teléfono en casa de Muchomeo y una voz le confirma desde el otro lado de la línea:
—Mañana es la cosa.
Muchas cosas pasarán mañana. Son las once y cincuenta y ocho de la noche. Ahora son las once y cincuenta y ocho con treinta segundos. Ahora son las once y cincuenta y nueve. Ahora son las once y cincuenta y nueve con treinta segundos. Y ahora, listo. Son las doce de la noche. Ahora ya es mañana.
Son las cuatro de la mañana cuando el Laureano, el Almanaque, el Negro, el Diego y todos los que van a ayudar en la limpieza de la Casa Grande se levantan y empiezan a cambiarse. Toman un café bien cargado porque afuera es todavía de noche y el día será largo, de modo que conviene que los encuentre bien despiertos desde el mismo inicio. A las cuatro y media, los dieciocho salen de sus respectivas casas con diferencia de minutos. Cinco minutos después se encuentran. Tras cambiar unas pocas palabras, empiezan a caminar todos juntos hacia la casa de Muchomeo, que los está esperando en la puerta.  Se meten todos en el camión y se van, quién sabe adonde, sin esperar al Pelado. Es decir, hacen algo que no estaba en los planes iniciales. Algo ha de haber pasado. Algo.
Una hora de espera más tarde, el Pelado se ha convencido de que tiene que ir a avisarle a su jefe que las cosas no están saliendo como las habían planeado. Pero antes pasa por lo de la Jennifer, que demuestra tener canales propios de información.
—Fue Muchomeo. Ayer a última hora cambió todo y empezó a usar a toda la gente que teníamos organizada para un asunto que ya tenía preparado. Yo me enteré esta madrugada. No se va a hacer lo de la Casa Grande.
—Pero ¿y lo nuestro?
—¿No entendiste lo que te dije, pendejo? Lo nuestro se fue al carajo.
Poco más o menos a esa hora de la todavía recién estrenada mañana, golpean en la casa de Bardo. Él ya está levantado porque está esperando noticias del Pelado y piensa que puede ser él, pero se equivoca. Es Nueve. Bardo se alarma pensando en Sandra.
—¿Qué pasa? —pregunta con una inquietud que se le dibuja en la mirada.
—Nada, no te asustes. Te venía a avisar solamente.
Acabo de internarla a la Sandra. Está todo bien. Los médicos calculan que en unas horas va a parir. Yo la dejé un ratito para venir a avisarte. ¿Qué vas a hacer?  Bardo lo mira antes de responder y piensa que ya el rencor se le murió adentro y que ahora Nueve es apenas el hombre que eligió su hermana, o tal vez empiece a ser, nada menos, el hombre que eligió su hermana. Todavía no lo sabe, pero no tiene urgencia por encontrar la verdad.  Ya tendrá tiempo para averiguarlo cuando acabe el día que está apenas empezando. Ah, tiene que hablarle a ese muchacho tan parecido a él que se quedó esperando una respuesta:
—Ahora no sé. Ahora no puedo ir. En cuanto termine con todo lo de hoy, voy a ir a verla.
Entonces es Nueve quien lo mira y siente que ya no le duele el puntazo de atrás; él sabe que así son a veces las cosas. Algo tiene que decir porque está seguro de que su panza amada, jadeando en ese momento en una cama de hospital, se lo diría:
—Haceme un favor.
—¿Cuál? —pregunta Bardo.
—Cuídate —contesta Nueve.
Bardo sonríe como si ya hubiera sabido y le dice que  seguro, y Nueve se da media vuelta y empieza a alejarse hasta que Bardo le grita de lejos: “Nueve”, y Nueve se da
vuelta solamente para que Bardo le diga: “cuídala” y Nueve le dice: “seguro”.
Cuando unos minutos más tarde golpean de nuevo, sí es el Pelado que viene con una noticia seca, contundente, definitiva.
—Nos cagó Muchomeo. Está mandando a toda la gente que teníamos preparada a no sé dónde y se llevó el camión...  Bardo sale a la calle, a la ya evidente mañana que es afuera. Uno por uno, los pibes de su banda se han ido enterando de lo que pasa y, uno por uno, empiezan a caer allí, donde Bardo y el Pelado ven pasar el tiempo sin saber bien qué hacer. “Esta era mi última carta —se dice Bardo—y me la robaron. Qué gracioso. Tanto afanar y vengo a darme cuenta recién ahora de lo que se siente. ¿Y si a partir de ahora me dedico a robar ideas y sentimientos? Flaco, dame tu proyecto o te quemo. Pendeja, lárgame tus ganas de vivir o sos boleta.”
—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta una voz salida de no sabe dónde. Cuando Bardo busca su origen, encuentra la figura radiante, impecable, de Elizabeth. Es la primera vez que la ve a la mañana, a plena luz del día.
—¿Qué haces acá? —dice con una sonrisa poderosa en la mirada. Una sonrisa de gracias.
—¿Cómo qué hago? Vine para tu mensaje. No te iba a dejar solo justo hoy. Pero vuelvo a preguntarte: ¿qué vas a hacer ahora?
Bardo los mira y piensa que allí están casi todos los que ama, su mensaje inmediato. Los siete miembros de su banda, Elizabeth y él mismo. Nueve apóstoles de la soledad, con una palabra para decir que ahora nadie escucha.
Y se decide. Empieza a cantar. Despacio. Para ellos:
"Cuándo querrá el Dios del cielo/ que la tortilla se vuelva...". Y después de la sorpresa inicial, los demás lo siguen con alguna timidez: "Cuándo querrá el Dios del cielo/que la tortilla se vuelva/ que la tortilla se vuelva...". Y se suman, ahora sí, cantando a todo pulmón en la soledad de la media mañana, pero en un momento Bardo les dice que lo esperen en esa esquina, porque antes de seguir cantando tiene algo que hacer, y se vuelve porque la cosa ya no es con la Casa Grande.
Ahora parece...

Ahora parece que Bardo decidió que ese era su plan y que nadie se lo iba a robar y que cuando vio a los que más amaba, supo que ellos estaban allí por él y no era justo.  Entonces era mejor perderlos y armar ese pequeño show de la canción para que se quedaran contentos, para meterlos en el desconcierto y así poder escaparse. Porque lo que tiene que hacer es solo de él, de su decisión de ir hasta el final. Porque a él, a Bardo, nadie le va a robar nada, y menos un viejo que ni aguantarse el pis puede. Ya se dijo que matar a alguien es su límite y que ni siquiera ahora lo va a pasar, pero igual no va a dejar que le quiten nada, así nomás. Que se quede Muchomeo con el camión.  Bardo igual va a entregar la carta con el mensaje que tenía pensado escribir. Empieza a caminar lentamente, en ese ya casi mediodía, hacia un destacamento de policía cercano y se toca la cintura. Sí, la máquina está en su lugar, revisadita y limpita y cargadita, como corresponde. Pero hace un calor de locos.
"Ah, ah, ah, ah, ah, dale nena, dale, como te enseñaron en el curso, puja, puja un poco más para terminar de acomodarlo, después va a salir como escupida de músico." I "Ah, ah, ah, ah, ah, ¿estás aquí, mi amor?" "Sí, acá estoy, Sandra, no te asustes, que va todo bien eso." "Habíale a tu marido, reinita, pero no dejes de pujar y no tengas miedo porque a las primerizas siempre les cuesta." "Ah, ah, ah, ah, ah." "Eso es, chiquita, eso es, ya casi lo terminaste de acomodar, te estás portando como una diosa, pucha que elegiste un día para parir, ¿eh?"
Hace un calor de locos. Sí, la máquina está en su lugar.  Pronto llegará a la puerta del destacamento para decirles lo que tiene que decirles. ¿Cómo era? Sí, ya se acuerda:
“Cuándo querrá el Dios del cielo/que la tortilla se vuelva...”
je, van a pensar que vengo de una casa de comidas, pero nada de morfi, no señor, nada de morfi. Vengo a gritarles que está mal, que está todo mal, pero mal en serio, y que tengo un límite que no voy a pasar nunca, nunca.”
Porque es un hombre-niño de palabra, no como Muchomeo, que le quiso robar su idea.
“Pero minga, y pendeja dame tus ganas de vivir o sos boleta.”



“Y qué calor de locos que hace. Así chiquita, así, así, que vas bárbaro, ya casi saca la cabecita.” “Nueve, dame la mano.” “Toma, amor.” “Ah, ah, ah, ah, ay, me duele.” “Sí, al principio duele y después, cuando termina de salir, también, pero qué le vas a hacer, es lo que nos tocó a las mujeres; si este hombre-niño tuyo tuviera que pasar por lo mismo, se nos desmaya a los dos minutos, y descansa un poquito, que hace un calor de locos.”



No hay otro día, es hoy o nunca; y quisieron que nunca, pero sí va a ser hoy. Sí va a ser, porque él es Bardo y en la Villa lo conocen todos porque va al frente siempre.  Como ahora, que está ya al frente del destacamento, pero del otro lado de la avenida que lo limita.  “Sí, la máquina sigue en su lugar. ¿Para qué la traje si matar ya dije que no? Ah, sí, cierto, ya me acuerdo, para usarla de lapicera, para que escriba mi mensaje. Pero qué calor de locos que hace.”


“Ah, ah, ah, ah. Dale nena, que ya viene, dale más fuerte, I más fuerte, agárrate de tu hombre-niño, y dale más fuerte que ya viene. Ah, ah, ah, ah...”



Y dale nena que ya viene, ah, ah, ah, ah; qué bien te estás portando.



De pronto no viene ningún auto por la avenida y enfrente está la casilla de seguridad con mucha más gente de la que esperaba.
Mejor, más claro va a ser lo que diga. Y cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva... Y ábranme carajo ááááábbbbrrrraaaannnnmmmmmeeee que traigo una carta.
Y tengan, mierda, tengan estas palabras con mi lapicera allí justo al costado de la casilla, justo al costado, que yo tengo mis límites, como el mundo los suyos.




Ah, ah, ah, ah. Ya viene, hija. Ya viene, dale amor, dale Sandra que ya viene Alexis. Qué calor que hace.




   ¿Qué haces, pibe? ¿Te volviste loco? Deja ese chumbo. No es un chumbo, es una lapicera.
Y allí, al lado de la casilla de vigilancia, donde no hay peligro de pasar el límite y donde los hombres de azul se refugian y sacan también ellos sus lapiceras, y gritan por última vez "pendejo larga el fierro o te quemamos".
  No largo nada, y bánquense mis palabras... Áááábbbrrraaannnmmmee.





Ah, ah, ah; ah. Dale que ya está, nena, ya lo tengo aquí, lo tengo. Aaaahhhhhhh. Salió, ya salió amor, ya salió amor, ya salió amor.




Y entonces, los policías escribieron con sus lapiceras. Y puta que hace calor, y... y...




Y tan ancho que es el mundo. Y tan ajeno.




3 comentarios:

  1. que feo final para Bardo. me queda la idea que los chicos de las villas terminan mal.que triste destino.

    ResponderEliminar
  2. Ya había leído este texto antes, precisamente lo busqué y encontré acá, para volver a leerlo. Me encanta. No por el final (ese sí, como dijeron en otro comentario es muy feo porque realmente deja una imagen triste) sino por el reflejo tan genuino de la realidad de esos chicos, realmente te transporta a ese ambiente y uno lo conoce, no desde el prejuicio o el miedo sino desde la realidad, valga la redundancia, bien real, sincera, con sus fortalezas y debilidades.

    ResponderEliminar