martes, 24 de mayo de 2011

El último viaje del general Quiroga, José Pablo Feinmann

El último viaje del general Quiroga, José Pablo Feinmann

a Dodi Scheuer
a Nicolás Sorquis
En agosto de 1985 me llamó Nicolás Sarquis: quería — me dijo— escribir conmigo un guión sobre el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga. En la Argentina es así: quien llama al guionista es — casi siempre— el director.  El director, que ya ha conseguido un productor y ahora busca un guionista. A veces lo llama sereno, tranquilo. A veces, ansioso o desesperado. Depende del tiempo que resta hasta la fecha del rodaje o de las experiencias frustrantes que ha tenido con otros guionistas. A veces viene escaldado, el director. Viene como diciendo: “sálvame”.
A veces no, viene con su sola propuesta: “hagamos esto”. Con lo que nunca viene es con tiempo. Nunca hay tiempo en el cine argentino. El tiempo es muy caro y no hay producción que pueda esperar. Entonces, se ahorra tiempo. A veces, al tiempo lo ahorra el talento. A veces el oficio. Y — con lamentable frecuencia— la mediocridad, la improvisación, la torpeza. David Lean y todo su equipo esperaron durante cinco meses la tormenta de La hija de Rijan. Aquí, a los dos días de espera, el director de producción hubiera ordenado: “Va sin tormenta”. Claro, detrás de la decisión de Lean y sus productores, no sólo estaba el deseo de hacer las cosas bien; detrás de esos cinco meses de espera... había muchos, muchísimos dólares.
Sea como sea, ya que no hay dólares en nuestro camino, es siempre aconsejable optar por la imaginación
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y no por la simplificación torpe, mediocre. Y si hay que esperar una tormenta, esperarla. Al menos, todo lo que se pueda. Porque el buen cine no sólo se hace con talento, imaginación, fanatismo, dolor de espalda o ríñones.
Se hace con tiempo.
Tomamos — con Sarquis tomamos— un café en la confitería La Opera. Y me habló del proyecto. Era un viejo proyecto suyo y del gobierno de La Rioja. Había, incluso, un guión escrito: lo habían escrito Daniel Moyano y Jorge Goldenberg. Con Sarquis, claro. Pero ahora Sarquis quería hacer otro. Conmigo.
Me halagó la propuesta porque conocía la filmografía de Sarquis y sabía de su preferencia por trabajar con
escritores antes que con guionistas profesionales. Me comentó, incluso, algo que ya le había comentado a
Ricardo Piglia: los “guionistas profesionales” tienen una peligrosa tendencia a las resoluciones estereotipadas del cine. El - insistió- prefería confiar en el manejo que los escritores tienen del relato. Está opción, claro, se puede discutir, pero a Sarquis le ha dado buenos resultados: trabajó bien con Juan José Saer (Polo y hueso), con Haroldo Conti (La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro), con Ricardo Piglia (un dilatado guión no filmado sobre la inmigración árabe en la Argentina), con Beatriz Guido (El hombre del subsuelo) y con Antonio Di Benedetto (Zeuma).
Pero nada pasó en 1985. Tomamos ese café en La Opera, nos hablamos un par de veces por teléfono y no nos volvimos a ver hasta 1987. Aquí, reapareció Sarquis con nuevas energías. Se trataba — ahora— de hacer Facundo para la televisión. Una miniserie en cinco capítulos que financiarían el gobierno de La Rioja y ATC. Nos pusimos a trabajar. En el proyecto estaba Dodi Scheuer, un guionista “profesional”. Tan talentoso que hasta aprendió a eludir las “resoluciones estereotipadas”.
Nos dividimos el trabajo. Sarquis me dijo: “Vos, José, escribí los diálogos en la galera”. Tenía, pues, mi labor. Y la más absoluta libertad para realizarla. Debía inventar los diálogos que allí, en esa galera en viaje hacia la muer-172te, hacia Barranca Yaco, habían urdido Juan Facundo Quiroga y su secretario, el doctor Santos Ortiz.  Tuvimos — Nicolás, Dodi y yo— algunos acuerdos inmediatos: Quiroga no hablaría como había hablado siempre. Es decir: como un “gaucho malo”, levantisco, carajeador y bravucón. Este Quiroga — sobre todo el que había quedado en mis manos: el que iba al muere en la galera— hablaría sin declamar, sin exaltaciones, sin vehemencias de efemérides. Hablaría con calma, casi reflexivamente. Hablaría como lo que era: un hombre enfermo, quebrado por el reuma y la lejanía de las batallas.  Cada uno escribía en su casa. Yo siempre estaba en la galera, con Facundo y Santos Ortiz. Dodi se metía en las turbulencias de Oncativo y La Tablada. Después, nos juntábamos y analizábamos el material. Nicolás me decía: “escribíte algo sobre civilización y barbarie. Dale, que Facundo hable un poco de eso”. Yo volvía a casa, escribía y regresaba con el material. Y algo más. Un día, dije: “Lo voy a hacer hablar de filosofía a Facundo”. Sarquis se divertía: “Métele nomás”, decía.
Un día nos peleamos. Por lo que casi siempre se pelean los guionistas y los productores o los directores que asumen la producción: por un puñado de australes. Nicolás se enojó y lo llamó a Piglia. Ricardo acababa de volver dé los Estados Unidos. Buen colega, le dijo a Sarquis: “Ahora no puedo, Nicolás. Mejor arréglate con Feinmann y sigan adelante”. Nos arreglamos y seguimos adelante.  Alguna vez se filmará este Facundo. Por ahora, aquí están los diálogos que seguramente nunca se dijeron en la galera que marchaba hacia Barranca Yaco. Dodi tomó -en la Biblioteca Nacional- los textos de la novela El viaje de Anacarsis y me los pasó. Yo los seleccioné en función dramática, expresiva e ideológica. Nicolás me dio unos apuntes sobre la leyenda de Quiroga y el tigre. Yo pensaba en Ulises Dumont siempre que ponía palabras en la boca de Santos Ortiz. Y también cuando ponía comida.
El avisado lector notará los anacronismos del texto.
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Notará, también, la intertextualidad. Facundo pregunta quién invocará su sombra y al hacerlo invoca a Sarmiento.  Santos Ortiz describe las argucias guerreras del general Paz recurriendo también a las metáforas del texto sarmientino. Y en el final, cuando los asesinos se agitan en el horizonte, el aterrorizado Ortiz menta un célebre poema de Borges.
J.P.F.
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1. INTERIOR - GALERA EN MARCHA - DÍA
SANTOS ORTIZ
Deberíamos llevar escolta. Muchos jinetes, hombres armados y ñeles. Hombres decididos a protegernos.  A Jugarse la vida por nosotros.
(Con pesadumbre.) Ahora marchamos al acaso.
Abiertos y expuestos...
No se puede vivir siempre así, general. Insolentándose con la muerte.
FACUNDO
(irónico.) Pero... qué lindo que habla, doctor. A, ver, vamos, repita esa frase. Me gustó de veras. Repítala.
SANTOS ORTIZ
Ya me escuchó, general. No se burle de mí.
FACUNDO
No me burlo. Me gustó esa frase: “insolentándose con la muerte”. Suena bien.
Y dígame, secretario, ¿se puede vivir de otra manera? Yo no, eh. Yo siempre viví así: insolentándome con la muerte... Si uno le agarra respeto a esa vieja y despiadada señora, se le mete el miedo en el alma. Y entonces si: está perdido.
SANTOS ORTIZ
Yo estoy perdido, general. Siempre lo estuve. Siem-
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pre tuve miedo a morir. Y contra eso de nada me sirvieron mis estudios, mis títulos... O la sabiduría de los griegos.
FACUNDO
¿Y qué decían esos señores?
SANTOS  SANTOS ORTIZ
¿Los griegos?
FACUNDO
Los griegos.
SANTOS ORTIZ
Hay que prepararse para la muerte, decían. A esto le llamaban “filosofía”. La Ciencia de prepararse para morir.
FACUNDO
¡Pero claro! Siempre se me olvida. Usted es un filósofo.
SANTOS  SANTOS ORTIZ
Doctor en Filosofía. Sólo eso, general.
FACUNDO
No se desmerezca, vamos. Con tanto decirle “doctor”, uno olvida qué clase de “doctor” es usted. No es un matasanos ni un picapleitos. Usted, Santos Ortiz, jes un doctor en Filosofía! Un filósofo...
SANTOS ORTIZ
Apenas un hombre que estudió esa ciencia. “Filósofos” eran Sócrates, Platón, Aristóteles...
FACUNDO
Y ellos... ¿aprendieron a morir?
SANTOS ORTIZ
Sócrates murió con honor.
FACUNDO
Aja. Conozco esa historia. Y dígame, ¿qué es — para usted, eh, para usted. Ortiz- qué es la... filosofía?
SANTOS ORTIZ
¿De veras quiere que hablemos de eso? (Facundo
asiente con entusiasmo. Ortiz vacua. Luego:) Bien,
176 la filosofía se ocupa del principio y origen de todas las cosas...
FACUNDO
De eso se ocupa la religión, doctor. No mezclemos lo que no debe mezclarse.
SANTOS ORTIZ
¿Quiere otra definición?
FACUNDO
Otra.
SANTOS ORTIZ
La Filosofía estudia las leyes de la Razón. Busca el ordenamiento racional de la sociedad.
FACUNDO
¡De eso ya se ha ocupado Rivadavla... y mire los desatinos que ha hecho!
Vamos, doctor... ¿Qué es la filosofía?
SANTOS ORTIZ
Entonces... lo que declan los griegos. Prepararse para morir. Eso es la filosofía.
FACUNDO
Eso es el miedo. (Cosí abandonando la conversación, desilusionado.) Creo que los filósofos son unos cobardes. Debería haber estudiado otra cosa, doctor.
2. EXTERIOR - UN LUGAR DEL CAMINO - NOCHE
Facundo y Santos Ortiz descienden de la galera. El caudillo lo hace ayudado por el secretario. Dificultosamente.
FACUNDO
Toda enfermedad es indigna. ¿Por qué este castigo, Ortiz? ¿Qué hice yo para merecer esto?
SANTOS ORTIZ
(Derivando.) La noche está clara, general. Mire el cielo. Nunca vi tantas estrellas...
FACUNDO
Sujéteme todavía. Espere... Ahora suélteme. Ya está. ¿Las estrellas, decía? (Mira el cielo.) Sí... son
muchas. Venga, acompáñeme. Vamos a mear un poco. Las estrellas... Vamos a mear contra las
estrellas, ¿eh, secretarlo? Caminan hacía la vera del camino. Orinan.
SANTOS  SANTOS ORTIZ
Un filósofo... Un filósofo alemán decía que no había espectáculo más hermoso que éste: el de las estrellas y la noche... Vivió y murió en la misma ciudad.  Nunca hizo un viaje. Siempre miró el .cielo desde el mismo lugar. Siempre miró el mismo cielo.
FACUNDO
Pobre infeliz, ¿no? Morirse sin ver una noche riojana...
SANTOS ORTIZ
Se conformó con lo que tuvo. Hay hombres asi, general. Aceptan su destino.
FACUNDO
Yo no soy de ésos. No acepto esta enfermedad. No acepto esta humillación. Quebrarse así, yo, Facundo...
Maldigo a todos los dioses y demonios que oculta ese cielo... maldigo mi suerte.
¿Por qué a mi? Este reuma debió ser el destino de un tendero, de un mercachifle, de un sacamuelas...  Pero no el mío... Vamos, regresemos. Ayúdeme.
Se dirigen hacia la galera. Antes de subir — siempre ayudado por Santo:
Ortiz— Facundo vuelve a mirar el cielo.
FACUNDO (Cont.)
Dígame, doctor, de todas esas estrellas, ¿cuál es la mía?
SANTOS ORTIZ
La más brillante, general.
FACUNDO
No me mienta. No me mienta y cuídese. Si descubro alguna piedad en usted... lo mato.
Suben a la galera. Facundo siempre ayudado por Ortiz. Una orden y la galera parte en medio de la noche.
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3. INT. - GALERA EN MARCHA - DÍA
FACUNDO
(Casi como para sí. Reflexivo.) De cara al sol. Nunca imaginé morir de otra forma.
SANTOS ORTIZ
Yo nunca imaginé que usted —precisamente usted—había pensado alguna vez en la muerte.
FACUNDO
Un guerrero siempre piensa en la muerte. Si no, ¿cómo habría de sentir el orgullo de enfrentarla?...  Antes de cada batalla, un guerrero vela sus armas y sabe que el nuevo día puede ser también el último.
4. INT. - GALERA EN MARCHA - ATARDECER
FACUNDO
(Para sL Monologando.) De cara al sol. A caballo y embistiendo. Metido en el estruendo de la batalla.  Siempre me lo dije: ésa será mi muerte... Ahora todo cambió. El cuerpo se me volvió extraño, amenazante.
(A Ortiz:) Mi cuerpo, doctor, es un carro
quejumbroso y vencido... Sufro.
SANTOS ORTIZ
Usted, el general Quiroga... ¿sufre?
FACUNDO
No invoque mi leyenda, doctor. Tiene frente a usted a un hombre de carne y hueso. Tardé mucho en descubrirlo pero ahora sé que no soy otra cosa: un hombre de carne y hueso. Y mis huesos se astillan.  Me los quiebra el reuma. ¿Sabe cuál es mi miedo?  Morirme en una cama, en penumbras, encogido por el dolor, dando lástima... Lejos del sol y de la guerra.
5. INT. - GALERA EN MARCHA - NOCHE
Monólogo de Facundo. Santos Ortiz duerme. Plano fijo del general Quiroga.
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FACUNDO
Ahora, este cuerpo es mi enemigo. Siempre fue mío. Mi aliado. Mi servidor. Mi instrumento. Con las piernas me aferraba al moro. Con mi mano aferraba el sable. Con mi pecho enfrentaba las balas de los unitarios. Del enemigo.  Ahora, el enemigo es él. Este cuerpo que se corrompe y que me hiere es mi enemigo. Durante la noche, entre el silencio, no sólo escucho mi respiración. También escucho los ruidos profundos de mi  enfermedad. La espalda que se dobla. Los dedos que se encogen. El pecho que se astilla.
Este cuerpo putrefacto me arrastra hacia mi fin más temido. Hacia mi muerte lenta, oscura, sin cañones, sin estruendo, sin sol... Sin gloria.
6. INT. - POSADA - NOCHE
Facundo y Santos Ortiz comiendo. El secretario come y bebe ostensiblemente.
Facundo se ha detenido y lo observa.
SANTOS ORTIZ
(Registrando ía actitud dé Facundo pero sin detenerse.)
¿Qué pasa, general? ¿No tiene hambre?
FACUNDO
Por lo que veo, menos que usted... Hay un perro flaco afuera. Tiene más costillas que carne. ¿No le piensa dejar nada, secretario?
SANTOS ORTIZ
(Sin- dejar de comer aparatosamente.) No tengo piedad cuando como. Sólo un hambre me importa saciar: la mía. También vi a ese perro al entrar. Se muere esta noche. No llega a mañana. No me voy a arruinar una comida por un animal moribundo.  Tampoco tengo pudor. Cuando como, digo. No tengo pudor, general. La comida es mi más grande placer... y también es mi condena. Lo sé.
(Sigue comiendo mientras habla.) Miro mi cuerpo. No soy ciego. Me veo engordar. Cada día más, cada día un” poco más. Secretamente, no lo ignoro, me dicen el “Gordo”. El “Gordo Santos Ortiz”. O “el 18º Gordo”, solamente. Así, a secas, casi con desprecio...  el “Gordo”. A usted le dicen “el Tigre”. A mí “el Gordo”. Nos separa ese abismo, general. Esa infinita diferencia. Usted se apeó del caballo. Yo nunca pude subir. Y cuando subí, fue para descubrir mi humillación en los ojos de los otros.
Pero eso ya pasó. Ya no me importa. Ahora, sigo comiendo. Usted me mira... y yo sigo comiendo.
(Hace un amplio gesto, casi una grotesca reverencia.)
General, le ofrezco el espectáculo de mi indignidad...
7. INT. - POSADA - NOCHE
Facundo y Santos Orüz han terminado la comida. Todavía apuran algún vino. Se lo ve satisfecho al doctor.
SANTOS ORTIZ
(Algo vacilante al comienzo.) Siempre quiero preguntarle
algo... y nunca lo hago. Raro, ¿no? Porque la curiosidad - la curiosidad, general- es el vicio de todos los filósofos...
FACUNDO
Usted dijo que no era un filósofo, ¿recuerda? Sino solamente un doctor en filosofía.
SANTOS ORTIZ
Es verdad. Pero le oculté una parte de esta verdad.  Los doctores en filosofía compartimos algo con los filósofos: sus vicios. No sus virtudes, sus vicios. La curiosidad, entonces, agita tanto a unos como a otros.
FACUNDO
Bien, secretario. Diga entonces: ¿cuál es su intriga?
SANTOS ORTIZ
El tigre.
FACUNDO
El “Tigre” soy yo.
SANTOS ORTIZ
NO el otro tigre. El tigre que dicen que usted enfrentó.
¿Como es esa historia?
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FACUNDO
(Sonríe divertido.) Esa ya no es una historia, es una leyenda.
SANTOS ORTIZ

Las historias se transforman en leyendas, y las leyendas en mitos, general.
FACUNDO
(Ríe. Luego:) Y los mitos son mentiras, secretarlo.  Porque esa historia no es como la cuentan. Ocurrió, si. Pero ocurrió al revés. Al revés, doctor. Escuche: yo no me subi al árbol. El tigre no se quedó ahí, abajo, dando vueltas y esperando por su presa.  No llegaron mis hombres y lo enlazaron. Y yo, Facundo, no me arrojé del árbol para acuchillarlo.  Nada de eso ocurrió.
 SANTOS ORTIZ
¿Qué ocurrió, entonces?
FACUNDO
El que subió al árbol fue el tigre. El que se quedó abajo, esperando, ful yo. Yo, que le rugía con toda la furia con que puede rugir un hombre. Y el tigre...  el tigre temblaba, secretario.
 SANTOS ORTIZ
¿Temblaba de miedo?
FACUNDO
¿Y de qué iba a temblar, hombre? ¿De frió? Temblaba de miedo, claro. Y tanto temblaba que también hacia temblar el árbol. Por fin, me cansé. Me harté de tanta cobardía y me retiré ofendido. (Pausa.
Transición.)
Aún no terminó su vino, doctor.
SANTOS ORTIZ
Tomé demasiado. Se me enturbia la visión.
FACUNDO
Vamos, termine esa copa. Quiero mostrarle algo. (Santos Ortíz termina de beber. Un hilo violáceo y espeso se desliza desde la comisura de su boca. Facundo se descubre su brazo. Dice:) Años después, volví a encontrarme con un tigre. Apareció por entre unos cardales y me atacó. Este sí, creo, es el tigre de la leyenda y el mito. Consiguió herirme.  Vea.
Facundo exhibe la desnudez de su brazo ante Ortíz. No se ve ninguna herida.
SANTOS ORTÍZ
Pero... no hay ninguna marca en ese brazo.
Ninguna cicatriz.
FACUNDO
¿Está seguro?
SANTOS ORTÍZ
Lo estoy, general. Estoy seguro.
FACUNDO
Tiene razón. Pero no en esto, sino en algo que dijo , antes: tomó demasiado, doctor. Se le ha enturbiado la visión.
SANTOS ORTÍZ’
Disculpe, general. Pero mi vista se ha aclarado y no hay - insisto- ninguna cicatriz en ese brazo.
FACUNDO
Si me permite, voy a decirle que las cicatrices de los mitos no necesitan ser ciertas. Las inventan los hombres. Tanto, tan desesperadamente necesitan de los mitos que les inventan las marcas del heroismo.
Es asi, señor filósofo. El hombre es un extraño animal. (Transición. Se pone de pie.)
Vamos, es tarde.

8. INT. - GALERA EN MARCHA - DÍA
Facundo y Santos Ortíz. El general Quiroga lee atentamente un libro: £1 viaje de Anacarsis del Abate Jean Jacques Barthelemy.
SANTOS ORTÍZ
Ese libro que usted lee, general... Esa novela...
FACUNDO
(Abandonando levemente su lectura.)
¿Sí?
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SANTOS ORTIZ
Yo también la leí.
FACUNDO
¿Hay algo que usted no haya leído, secretario?
SANTOS ORTIZ
Son infinitos los libros que no leí. Pero no ése. Ese lo leí. (Pausa. Señala el libro que sostiene Facundo.)
Ese, ¿no? El viaje de Anacarsis del Abate Jean Jacques Barthelemy.
FACUNDO
Un franchute. Pero hombre de Dios, al menos...
SANTOS ORTIZ
¿Le gusta?
FACUNDO
¿El libro?
SANTOS ORTIZ
Aja...
FACUNDO
No es mala compañía para un viaje... Pero hable usted, secretario. Usted, que ya lo leyó. A ver, déme su opinión.
SANTOS ORTIZ
Bueno, si es su deseo... Creo que la novela, ese libro (señala), tiene una gran idea... La del joven
Anacarsis. Quiero decir: pienso que es una gran muestra de ingenio por parte del autor basarse en
la visión que ese joven bárbaro, Anacarsis, tiene sobre el ocaso, sobre la decrepitud del mundo
griego... Ocaso y decrepitud que sobrevienen como causas de las luchas civiles. Interesante advertencia
para nosotros, ¿no general? (Se entusiasma.)
Y hay algo más... Otra advertencia. Las guerras del Peloponeso, las luchas civiles, conducen a la dictadura de Filipo de Macedonia, aceptada por todos los griegos como la única salvación... ¿A qué dictadura conducirán nuestras luchas civiles, general?
FACUNDO
No a la mía, secretario. .
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SANTOS ORTIZ
¿A cuál, entonces?

9. INT. - GALERA EN MARCHA - DÍA
FACUNDO
(Sostiene la novela entre sus manos.) Escuche, doctor. Escuche esto: “Al comienzo de la guerra del Peloponeso, los atenienses se sorprendieron al encontrarse tan diferentes de sus antepasados. Todo aquello que por la conservación de las costumbres se había acumulado en los siglos precedentes, leyes, instituciones, máximas y ejemplos, la autoridad de los mismos habla quedado destruida en pocos años”. Y atención aquí, doctor. Preste atención:
“Jamás se probó de manera más terrible que los grandes sucesos son tan peligrosos para los vencedores como para los vencidos”.
SANTOS ORTIZ
Ni que lo hubieran escrito pensando en nosotros...  Y no es casualidad. La guerra es una. Su horror es el mismo para todos los pueblos. Arrasa las vidas y las almas... Quebranta la moral. Creo que algo dice Anacarsis sobre el tema...
(Ortíz extiende su mano hacia el libro, pero Quiroga lo aparta.)
FACUNDO
Sí, aquí lo dice. Relaciona la decadencia de la moral con el desaforado amor por el dinero. Escuche,
doctor, escuche: “Pronto el mérito fue desestimado y la consideración se reservó para el
dinero... Todas las pasiones se dirigieron al interés personal y todas las fuentes de corrupción se
extendieron con profusión por el Estado. Las cortesanas se multiplicaron en el Ática y en toda la
Grecia”. (A Ortiz.) ¿Cortesanas?
SANTOS ORTIZ
Prostitutas, general.
FACUNDO
(Algo jocoso.) Bueno, no hay mal que por bien no venga, ¿eh? Porque putas, en fin, coincidirá conmigo, doctor, que son necesarias. (Silencio de Ortiz.  Facundo insiste.) Algunas, digo. Para que la vida, sobre todo cuando no hay “guerra, no sea tan aburrida...
(Pausa. Luego:) ¿Qué pasa, doctor? ¿No le gustan las mujeres?
SANTOS ORTIZ
Tengo esposa, general. Le debo respeto, fidelidad.
FACUNDO
Yo también le debo respeto a mi sangre riojana, que es espesa y caliente. ¿Qué puedo hacer, doctor?  Me hierven las entrañas cuando veo una hembra generosa. ¿No le pasa lo mismo?
SANTOS ORTIZ
Aprendí a controlar esos tumultos del alma, general.
También para eso sirve la razón.
FACUNDO
lAh, los filósofos! Son muy aburridos los filósofos, doctor...
SANTOS ORTIZ
Antes dijo que eran cobardes...
FACUNDO
Pues bien... No me rectifico. Mantengo ese juicio y añado: aburridos también. Cobardes y aburridos.  Vamos, doctor: entre la razón y una buena hembra, aparte la razón y quédese con la hembra.
Déjese llevar un poco por lo que le pide el cuerpo.
SANTOS ORTIZ
¿Y qué le pide su cuerpo ahora?
FACUNDO
(Sombrío.) Ahora... nada. Ahora me somete, me castiga, me lastima. Es un cuerpo injusto y malagradecido éste que cargo, doctor. Mire cómo viene a pagarme. A mi, que tantos placeres le he dado en noches de vino dulce y furor. Tantos, tantos placeres...

10. INT. - GALERA EN MARCHA - DÍA
Santos Ortiz recorre las páginas de la novela. Facundo, pacientemente, lo observa.
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SANTOS ORTIZ
Era por aquí... No se Impaciente. Habla de ciertas costumbres de los generales griegos. De lo que hacían después de las batallas... Le va a interesar mucho, general. Creo...
FACUNDO
Cuídese de adelantarme los sucesos de la historia, secretario. Quiero que sea el autor quien me sorprenda, no usted.
SANTOS ORTIZ
(Sigue buscando entre las paginas del libro.) No  tema. Sé que lo inesperado es atributo del arte de una novela. No le quitaré ese placer. El novelista es una especie de mago, ¿no? Finge mostrarnos todos los naipes, pero finalmente siempre extrae el que no habíamos visto.
{Aquí está! Escuche, general... ¿Leo?
FACUNDO
Lo escucho.
SANTOS ORTIZ
(Leyendo.) “Más de una vez los generales hicieron sufrir horribles tormentos a los prisioneros que calan entre sus manos. Ya no recordaban una antigua costumbre siguiendo la cual los griegos celebraban con cantos de alegría las victorias conquistadas contra los bárbaros, pero con llantos y lamentaciones las victorias obtenidas sobre otros griegos.”
(Larga pausa. Santos Ortlz observa a Facundo. Luego:) Una civilización se destruye cuando sus guerreros confunden los tormentos con la justicia...  Nada escapa a la mirada implacable del joven Anacarsis. Dice: “Nunca fue más elevado el espíritu griego que cuando los guerreros respetaron y lloraron a sus vencidos. Nunca fue más deleznable que cuando los torturaron”.
FACUNDO
Es así, doctor. No se equivoca el joven Anacarsis. Los tormentos no forman parte de la guerra.
Recuerdo la batalla de Rodeo de Chacón. La recuerdo absolutamente, recuerdo cada una de sus
acciones. La guerra, secretario, es el más imborrable de mis recuerdos. (Pausa.) Hubo muchos muertos ese día. Muchos. Demasiados quizás. ¿No era éste ya el verdadero tormento? Ordené entonces honras generales para las víctimas de uno y otro bando. La guerra no es piadosa, lo sé. Pero no debe volvernos inhumanos.

11. INT. - GALERA EN MARCHA - DÍA
FACUNDO
¿Y qué vería el Joven Anacarsis sí recorriera nuestra patria? Nos vería desunidos, beligerantes. ¿Qué más doctor? ¿Qué más verla?
SANTOS ORTIZ
Nos vería sin una ley verdadera, real, con fuerza para unirnos.
FACUNDO
Nos vería sin una ley escrita. Sin Constitución.
SANTOS ORTIZ
Nos vería desatando guerras, matándonos por palabras que ya no entendemos... Unidad, Federación...  los cadáveres de mil batallas se apilan sobre esas palabras enturbiándoles el sentido.
FACUNDO
Unidad... Federación... Maté tantos enemigos en defensa de la Federación y ahora dicen que soy unitario porque me compré un fraque.
SANTOS ORTIZ
(Deteniéndose en un pasaje de la novela. Lo lee con voz clara y Jírme, algo doliente.) “En el curso de esta guerra fatal hubo un tal cambio en las ideas y principios que las palabras más comunes cambiaron de acepción: se llamó doblez a la buena fe, cobardía a la prudencia y la moderación; mientras que los rasgos de una violencia audaz pasaron por los impulsos de un alma fuerte y de una preocupación por la causa común. Tal confusión...”
FACUNDO
“Tal confusión en el lenguaje es quizás uno de los síntomas más temibles de la depravación de un pueblo.” (Santos Ortíz lo mira asombrado. Facundo, sereno, dice:) Leí anoche esa reflexión. Anoche, mientras usted dormía. Tanto me gustó, tanto me la repetí, que ahora puedo decirla así, de memoria, como se la he dicho.

12. INT. - GALERA EN MARCHA - ATARDECER
FACUNDO
(Un poco divagante.) Ese manco... Ese general a la europea... Un artillero, doctor. Porque, sabe, ha
sido un artillero el manco Paz. Y por eso estaba de a caballo cuando lo encontró la desgracia. Le bolearon
el caballo. El caballo, doctor, que no era su arma.
SANTOS ORTIZ
Sé que lo tratan con respeto en la prisión. Lo sé porque me interesé por su suerte. Para qué negarlo, lo admiro. Casi tanto como usted, general.
FACUNDO
Dos buenas palizas me dio en Oncativo y La Tablada, eh. ¡Cómo no lo voy a admirar! Dos buenas
palizas... y sin salir de su tienda. Daba las órdenes con sus edecanes,
SANTOS ORTIZ
Muy simple: para él, una batalla era un problema por ecuaciones. Desde su tienda, entonces, resolvía las ecuaciones hasta revelar la incógnita... La incógnita era la victoria.
Una larga pausa. Facundo medita. Luego:
FACUNDO
¿Quién escribirá sobre nosotros, doctor? ¿Quién escribirá sobre Paz, sobre mí, sobre Oncativo y La Tablada? (Pausa.) Cuando yo sea una sombra, ¿quién me invocará?
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13. INT. - GALERA EN MARCHA - NOCHE
FACUNDO
Cada uno traza su destino, doctor. Trabajosamente, vamos en busca de nuestra perdición...
El manco Paz, el artillero, se perdió por subirse a un caballo. Yo, Facundo, hombre de a caballo, me perdí por apearme. Un guerrero que descabalga, doctor, ya no es un guerrero.
Elegí y elegí mal. Me aquieté. Me olvidé de los llanos. De mi origen. Me volví porteño. .Abandoné mi moro frente a una sastrería. Quise vestirme a la europea. Allí, donde me compré esta levita... En lo de Dudig...
SANTOS ORTO
Dudignac y Lacombe.
FACUNDO
No se moleste. Si hasta aprendí a -decirlo bien:
“Dudignac y Lacombe”. ¿Qué tal? ¿No parezco un oñcial de Napoleón?
SANTOS ORTIZ
Usted es el general Juan Facundo Quiroga. Y es también su leyenda... El Tigre de los Llanos.
Si lo matan, será por eso. Porque usted todavía es eso. Su leyenda, general...
FACUNDO
Y dígame, Ortiz, ¿forman parte de esa leyenda mis partidas de naipes, mis negocios con Braulio “Costa o mis coqueteos en las tertulias de Encarnación Ezcurra? ¿Tarnbién me matarán por eso?
SANTOS ORTIZ
No, no lo matarán por eso. Ni tampoco alcanzará para que lo perdonen.

14. INT. - GALERA EN MARCHA – DÍA

FACUNDO
La primera vez que entré en lo de Dudig... Dudig.
19º

SANTOS ORTIZ
Dudignac y Lacom...
FACUNDO
Dudignac y Lacombe... La primera vez, le decía. Cuando entré allí, ¿no? En esa casa tan... fina, elegante,
barí, europea. Entré allí y me sentí otro. Yo era otro, doctor, ¿me entiende? Entrar allí fue transformarme. Ya no era el Tigre de los Llanos, el vencedor de La Ciudadela ni el derrotado de Oncativo.  Era otro... Ahora era un hombre de la Civilización.  Pertenecía a ese mundo, a esa estatura espiritual que nuestros doctores llaman la “Civilización”. ¡Y todo porque había ido a comprarme un traje!
SANTOS ORTIZ
No, general, no sólo por eso. Al contrario de lo que el vulgo cree, las apariencias no engañan. La apariencia hace al hombre. Si usted me permite expresarlo con el lenguaje oscuro de los filósofos, le diré: la apariencia es el ser. Si usted se viste en lo de Dudignac y Lacombe. Si usted sale de esa casa con un traje a la europea... usted pertenece a la Civilización.
No hay más que eso: la verdad es asi de simple.
FACUNDO
Qué fácil es, ¿no? Alcanza con ponerse un traje.  Uno se pone un traje y se pone encima siglos de cultura. Se pone encima la Civilización. ¿Tan fácil es, doctor?
SANTOS ORTIZ
No. No es nada fácil comprarse un traje en Dudignac y Lacombe. Entonces, quien lo consigue, ¿cómo habría de lograr un premio menor, cómo no habría de ingresar a la Civilización?
FACUNDO
Hay otra cosa, sin embargo. Algo que lo complica todo. Algo que no le dije.
SANTOS ORTIZ
Qué.
FACUNDO
Le dije, le conté que cuando entré allí, en lo de Dudlgnac y Lacombe, me sentí otro.
SANTOS ORTIZ
Un hombre de la Civilización.
FACUNDO
Un traidor. Dejé muchas cosas atrás cuando atravesé el umbral de esa sastrería. Dejé atrás mi chiripá...  Dejé atrás las ropas con que se viste mi gente.  Dejé atrás a mi gente. Un traidor, doctor. Cuando Facundo se calzó el frac europeo... traicionó a su gente.
SANTOS ORTIZ
Se juzga usted con mucha dureza.
FACUNDO
Dígame, doctor, ¿por qué somos los bárbaros?
¿Qué hemos hecho? ¿No respetamos a Dios acaso?  Lo respetamos más que el señor Rtvadavia, usted lo sabe. ¿Somos los bárbaros entonces? ¿Es el temor de Dios la barbarie?
SANTOS ORTIZ
Para ellos... sí. Nuestras tradiciones, nuestras ropas, nuestras creencias... son para ellos la barbarie.  Para ellos...
FACUNDO
 Para los porteños y para sus amigos... los ingleses.  Para ellos, general, somos el pasado. Somos los condenados de la historia. Somos el lastre del cual se va a librar la historia para su progreso infinito.  Somos lo que debe morir. El pasado. La barbarie.
FACUNDO
¿Eso es la barbarie entonces? ¿Lo que debe morir?
SANTOS ORTIZ
Lo que inexorablemente... morirá. Facundo se reclina pesadamentre contra su asiento. Lo invade una tristeza profunda. Santos Ortiz lo observa en silencio.

15. INT. - GALERA EN MARCHA – DÍA

La galera se acerca hacia el final del viaje. Hacia Barranca Yaco. El diálogo entre Facundo y Santos Ortiz tiene el peso de la inminencia del atentado.
SANTOS ORTIZ
De cara al sol. Usted lo dijo: de cara al sol. Por eso no le teme a esta muerte. Morir allí, en Barranca Yaco, donde lo esperan, lo van a salvar de la otra muerte: de la lenta y oscura muerte de los enfermos.  De la muerte que lo aterra, general.
FACUNDO
(Como sí no ío escuchara. Casi reflexivo.) ¿Habrá sol? ¿Habrá sol allí, donde nos esperan? ¿Habrá sol en Barranca Yaco?
SANTOS ORTIZ
Una orden suya puede salvarnos, general. Ordene el regreso. Ordene que esta galera se desvíe. Que se aleje, que deje de precipitarse hacia Barranca Yaco. Hacia nuestro final insensato. Una orden, general. Por Dios se lo pido. Una orden.
FACUNDO
Tendrá esa orden, secretarlo. Confíe en mí. Cuando aparezca esa partida, el general Quiroga va a dar una orden. Otra más... Una orden y esa partida se pondrá bajo mi mando. Créame.
SANTOS ORTIZ
¿Y si no es así?
FACUNDO
No le miento, doctor. Voy a dar esa orden.
SANTOS ORTIZ
No me refiero a eso.
FACUNDO
¿A qué entonces?
SANTOS ORTIZ
¿Y si no lo obedecen? ¿Y si usted da la orden y no le hacen caso?
FACUNDO
Nunca me pasó eso. Siempre que di una orden fui obedecido. Siempre.
SANTOS ORTIZ
Insisto, general: ¿y si no es así? Si esa partida, allí, en Barranca Yaco, lo desobedece, ¿qué pasará entonces?
FACUNDO
Nos matarán, claro. ¿Qué otra cosa podría pasar?  Un general que da órdenes y ya no es obedecido debe morir. (Serenamente.) Entonces... moriremos, doctor.
SANTOS ORTIZ
Un general es obedecido por sus tropas, pero no por sus enemigos. Y esa partida, esos hombres que nos esperan allí, en Barranca Yaco, son sus enemigos.  Han sido también impulsados y pagados por sus enemigos. Y ellos, ellos lo odian. No se pondrán bajo su mando. No se engañe. Ningún general es obedecido por sus enemigos. Ni siquiera usted.
FACUNDO
¿Qué pasa, doctor? ¿Ya no confía en mí? ¿Ya no soy el general Quiroga, el Tigre de los Llanos?  Escuche, yo no mando sobre aliados o enemigos.
Yo mando sobre los hombres de esta tierra.
Sobre los paisanos, los gauchos. Y si ya no es asi, si esa partida no se paraliza por el pavor de mi nombre, por mi historia y mi leyenda... entonces será mejor que me maten, doctor. Que me maten, sin más, como a un perro. Porque si el general Quiroga no puede dominar a una partida de gauchos...  ya no es el general Quiroga.
No voy a demorar en averiguarlo. Cuando enfrentemos la partida, me voy a asomar por esa ventanilla y voy a preguntar quién está a su mando.  Si escucho una respuesta sumisa, temerosa hasta la humillación, sabré que todavía soy el general Quiroga. Si escucho un pistoletazo, sabré que ya no lo soy... y que la historia reclama mi muerte.
SANTOS ORTIZ
¡Qué enorme consuelo ha de ser ése para usted, general! Saber que la historia reclama su muerte.
Usted se tutea con la historia. Yo no. Yo no tengo un destino. Soy un hombre pequeño, atravesado por incontables terrores. Un hombre pequeño, general, no un héroe como usted. La historia no reclama mi muerte. Nada reclama mi muerte.  ¿Comprende, general? Mi muerte no tiene un sentido, no significa nada. Yo voy a morir por nada.
Porque para mi, general, la más dulce muerte es Justamente la que a usted lo aterra. Yo quiero morirme enfermo, de viejo, agotado por los años y la decrepitud, en una cama amplia, dormido o leyendo un libro. Lejos de la guerra, lejos del sol.  Sereno, sin conciencia, desllzándome.
FACUNDO
Vamos, secretario. Recompóngase, hombre. Rescate su orgullo. Tenga valor.
SANTOS ORTIZ
No tengo orgullo. No tengo valor. Tengo miedo, general. Se lo he dicho: no soy un héroe. Usted lo es. Esta muerte cerrará su destino. Lo cerrará con la belleza terrible de las grandes tragedias. Se conmoverá el país. Alguien lo vengará. Los grandes poetas escribirán sobre usted. Sobre su destino y su muerte. Esta muerte a la que usted va en coche.  Esta muerte que cerrará la epopeya de su vida. De la suya, no de la mía. Mi vida no merece tan ominoso final. Nunca me entreveré con la historia.
Nadie, ningún poeta escribirá nunca sobre mí, general.  ¿A quién podría importarle la muerte insensata de un hombre pequeño, gordo, lleno de miedo y sensatez?
Su muerte será una tragedla. La mía... sólo una muerte, una muerte más, una nota a pie de página en los libros que narrarán su historia. Huyamos, general. Aún es tiempo. Por favor, sálveme.
FACUNDO
¿Salvarlo?... ¿de qué? A ver, doctor, vamos, sea sincero, hombre. ¿A qué le tiene tanto miedo? ¿A morir? Todos morimos alguna vez. Usted lo sabe.  ¿No era eso la filosofía? Prepararse para morir.  Usted lo dijo. Exactamente eso: prepararse para morir. ¿Tan mal aprendió filosofía, doctor? ¿Tan mal se ha preparado para morir?
SANTOS ORTIZ
No quiero esta muerte. Morir así, como un perro. Nadie puede estar preparado para esto.
FACUNDO
¿Esta muerte? ¿Qué tiene de especial esta muerte? Es una muerte como cualquier otra. (Un poco irónico.) O quizás no. Quizás ésta es una muerte especial. Distinta. ¿A qué le teme, secretario? ¿Al dolor? Es cierto: sufrirá. Para qué negarlo... sufrirá.  Una bala destrozará su corazón. Esto, si tiene suerte. Si no, lo desfiguraran, le tajearán la cara trabajosamente, como si tallaran un cristal. O lo destriparán. De un solo tajo. Con una eficiencia brutal, admirable, le abrirán el vientre de un solo tajo. Y sus tripas brotarán como enormes gusanos.  Tal como le digo, doctor, como enormes gusanos agonizantes, ensangrentados y malolientes. Qué espectáculo, secretario. Cuánto horror. A ver, ¿a qué más le tiene miedo?
Santos Ortlz comienza a perder sangre por su nariz. Busca un pañuelo.
FACUNDO (Cont.)
¿Lo han herido, secretario? Está sangrando. ¿Ya lo han herido?
SANTOS ORTIZ
Cuando... cuando me altero me pasa esto... Me sangra la nariz.
Quiroga toma en una de sus manos la sangre de Santos Ortlz.
FACUNDO
Su sangre, doctor. Mírela. Esta es la sangre que su cuerpo derramará en Barranca Yaco.
Es una sangre como cualquier otra. Es sangre, secretario. Solamente, nada más que sangre.  Este país, el nuestro, está cubierto de sangre.  Todos la hemos derramado. Todos hemos confundido la vida con la guerra.
Su sangre, secretario, mírela. Apenas un poco más de sangre en un país ensangrentado.
Tranquilícese. Quizá solamente lo degüellen. No es más digno ni menos doloroso pero encaja más
con nuestras tradiciones. Sí, lo degollarán. Pondrán su cabeza sobre un tronco y con un cuchillo mellado le abrirán lentamente el pezcuezo. Usted gritará, claro. Pero no mucho, eh, no mucho.  Porque la sangre se le agolpará en la boca y lo ahogará.  No, decididamente no podrá gritar. Pero eso si: sentirá la penetración tenaz de la cuchilla.  Luego se le nublará la vista. Y luego... nada más.  Cálmese, secretario. No durará mucho. Siempre se muere rápido. Pensar en la muerte lleva mucho tiempo. Algunos se gastan la vida en eso. Pero morir no. Morir es como una exhalación. Siempre se muere rápido. Cálmese, secretario. Esa cuchilla atravesará su cuello tan velozmente que no le dará tiempo a sufrir. Quizás, durante un instante, alcanzará a pensar: “me están matando, me están matando”. Pero sólo eso. Sólo eso... o ni siquiera eso.
SANTOS ORTIZ
Deje de torturarme. Me va a enloquecer, general. Por favor, no hable más.
FACUNDO
(Señalando la sangre que cae de la nariz de Ortíz.)
Detenga esa sangre, hombre. Ha manchado sus ropas. ¿Así saldrá a escena en su acto final?
SANTOS ORTIZ
General, por Dios. Retrocedamos. Aún es tiempo. Retrocedamos. Salve nuestras vidas.
FACUNDO
(Asomándose a la ventanilla.) Ya es tarde, secretario. Ahí, en el monte, hay una agitación. Es la partida.
Nos esperan.
SANTOS ORTIZ
¡Huyamos, general! Nos matarán a todos. Por Dios, ¡salve nuestras vidas!
FACUNDO
Contrólese, doctor. El momento llega. Voy a asomarme por esta ventanilla... Quiero... Quiero...
SANTOS ORTIZ
Nos detenemos. ¿Por qué nos hemos detenido?
FACUNDO
Quiero saber si todavía soy el Tigre de los Llanos. (Se asoma a través de la ventanilla.) ¿Quién comanda esta partida?
Se oye un pistoletazo.

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